FE Y RAZON

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino) 


El núcleo del problema del hombre

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Las reuniones eclesiales de planificación pastoral muy a menudo comienzan con un análisis de la realidad. Aunque este análisis asume formas diversas, podría decirse que, en definitiva, siempre se intenta responder esta pregunta: "¿Cuál es la situación que vive nuestro pueblo?" Naturalmente, esta pregunta admite innumerables respuestas, formulables desde muchas perspectivas diferentes. Es un hecho significativo que en esos encuentros eclesiales (sobre todo en los años ochenta) con mucha frecuencia la reflexión se haya centrado en los aspectos políticos, económicos y sociales de la realidad nacional, a veces casi dejando de lado los demás aspectos. Sin embargo, desde una perspectiva cristiana es evidente que los problemas principales del hombre, tanto en el nivel individual como en el nivel social, son en última instancia los problemas morales y espirituales; más aún, podríamos decir que "el problema" del hombre es "el problema religioso", porque el fin último del hombre es, según la sabia y santa voluntad de Dios, la vida eterna de comunión de amor con Él.

Dado que la fe cristiana tiene relación con todos los aspectos de la vida, es legítimo y hasta necesario para las comunidades cristianas analizar todos los aspectos relevantes de la realidad, aunque muchas veces la falta de conocimiento especializado dé lugar a análisis defectuosos. No obstante, al constatar que muchos cristianos olvidan prestar suficiente atención a la dimensión espiritual y religiosa de la realidad, es preciso que nos preguntemos si no estará penetrando en nosotros (de forma lenta, insidiosa y casi inconsciente) una concepción del hombre que no es cristiana; una concepción materialista, que niega las realidades espirituales.

En nuestra época muchos, siguiendo en este punto la doctrina de Marx, creen que la "infraestructura económica" es el elemento determinante de todos los demás elementos de la vida social ("la superestructura cultural"). De ahí que ellos pongan sus esperanzas, principal o exclusivamente, en el tan mentado "cambio de estructuras", que haría realidad la utopía humana. También los cristianos nos vemos afectados por esta mentalidad bastante corriente. ¿No es acaso un "signo (negativo) de los tiempos" que los cristianos hablemos poco, hoy en día, del alma, la vida eterna, el cielo, el purgatorio y el infierno...? Muchos cristianos han perdido el justo equilibrio entre el amor al mundo y la espera apasionada del encuentro definitivo con Cristo resucitado. Habiéndose entregado por entero a la construcción de la ciudad terrestre, han terminado por olvidar el carácter trascendente del Reino de Dios. Por este camino el cristianismo se disuelve y se transforma en humanismo secular.

Muchos cristianos sostienen que no es justo "hablar de Dios a quien tiene hambre". Quizás olvidan que Jesús dijo (a Satanás) que "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mateo 4, 4) y que describió su misión diciendo que había sido enviado para "anunciar la Buena Noticia a los pobres" (Lucas 4, 18).

Varias tentaciones mortales acechan al cristianismo en su necesario diálogo con el mundo contemporáneo. Una de ellas es la de secularizar su esperanza. La teología de la liberación de impronta marxista sucumbió a esta tentación. Acentuando sobre todo la importancia de la liberación de las esclavitudes económicas, para lo cual recomendaban las recetas del socialismo, los cristianos de esa corriente subestimaron la importancia del mal moral presente en cada hombre, incluso en el pobre. Tal vez muchos de ellos en el fondo habían desechado la doctrina católica sobre el pecado original y caído en una especie de maniqueísmo moderno: El desorden del mundo se debería a la acción de una clase explotadora minoritaria enfrentada a un "pueblo" mitológico, infalible y santo. El hombre sería bueno por naturaleza y bastaría el triunfo de la Revolución para que pudiera liberarse y construir por su propio esfuerzo el Paraíso en la tierra (esto es pelagianismo, otra antigua herejía).

Contra estas concepciones, el Magisterio de la Iglesia nos recuerda insistentemente que Cristo murió en la cruz por nuestros pecados (por los míos y por los tuyos, amigo lector) y que sólo Él es el Salvador del mundo. El hombre no puede salvarse a sí mismo. La salvación es un don gratuito que Dios ofrece a cada ser humano y que éste puede rechazar o aceptar libremente, bajo el influjo de la gracia.


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