FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


1

"Hombre de poca fe" (Mt14,30)

Diác Jorge Novoa

 

22 Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. 23 Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.

24 La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. 25 Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. 26 Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. 27 Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Ánimo!, que soy yo; no temáis.» 28 Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.» 29 «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. 30 Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!» 31 Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»

La escena bíblica, sobre la que meditamos, tiene dos partes claramente distinguibles; la primera  esta ubicada en los vv 22-23 y está vinculada a la multiplicación de los panes. Jesús aparece allí, como el  gran anfitrión del banquete mesiánico. Luego de saciar a los invitados, que participan del banquete, los va despidiendo; en primer lugar aparecen los discípulos, quienes son enviados hacia la otra orilla. El motivo de este adelantamiento de los discípulos, no aparece expresado en este texto, pero, siguiendo las indicaciones de Jesús, ellos  se embarcaron para adelantarse y tal vez, preparar algo antes de la llegada del Maestro. Recordemos que  al entrar en Jerusalén, los discípulos van delante de Él, para preparar el lugar en el cual celebrarán la Pascua.  Finalmente, y con un gesto  de amor, Jesús despide a la "gente". Al concluir esto, el evangelista Mateo nos describe a Jesús orando a solas, y especialmente, nos destaca la hora del acontecimiento; fue al atardecer. En esta escena de la vida de Jesús que se nos describe, se respira claramente una gran calma, desarrollándose todo en perfecta armonía.

 

Este relato, contrasta claramente con lo relatado en los versículos que siguen y que van desde el 24-31. La barca en la que van los discípulos está siendo fuertemente azotada por el viento. Esta breve presentación inicial la podríamos sintetizar diciendo: donde se encuentra Jesús hay calma y armonía, mientras que su ausencia es motivo de temor, desorientación, dudas y poca fe.

 

Calma y armonía (vv. 22-23)

En esta parte del relato, se nos manifiestan claramente dos actitudes de Jesús: la hospitalidad y la oración. Jesús se muestra como servidor de su Pueblo, con una actitud que de ninguna manera invierte los términos; Jesús es el Señor y nosotros sus servidores. En la última cena, Jesús esclarece con sus palabras estas acciones:

" «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13 Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. 14 Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. 15 Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. 16 «En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. 17 «Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. ""  (Jn 13,12-17). 

 

El Señor como Buen Pastor, acompaña a su Pueblo por el Camino; cuidándolo, sanándolo, consolándolo y protegiéndolo. Su Corazón compasivo se conmueve al ver la desorientación de algunos hombres que van como "ovejas sin pastor" (Mc 6,34). Con su amor generoso y misericordioso, Él va en busca de ellos para incorporarlos a su Pueblo por la "fiesta del perdón" (Lc 15). Fortaleciéndolos con el alimento sólido de la Eucaristía y la Palabra, los revitaliza para poder dar testimonio de la Verdad. Este camino, que todos realizamos, nos permite experimentar el amor de nuestro Dios, que aguarda pacientemente nuestra respuesta "como el centinela la aurora". 

 

Jesús finalmente, con un  gesto propio de la delicadeza de su amor, que despierta en nosotros admiración, despide al Pueblo  que se ha congregado junto a Él. El Verbo Eterno los alimenta, y luego los despide,  acompañándolos desde el comienzo hasta el final, con actitudes que develan claramente el sentido de su nombre propio; "Emmanuel" (Is 7,14), es decir, Dios con nosotros.

 

Él también nos acompaña a nosotros, con su presencia de Buen Pastor, a lo largo de toda nuestra vida. Y aunque a veces nos encontremos un tanto desorientados y afligidos, al escuchar su voz y reconocer su presencia cercana(Jn 10,3), como María delante del sepulcro (Jn 20,11) recibimos su consuelo.  Él está con nosotros todos los días de nuestra vida (Mt 28), incluso nos despide en nuestro último día en éste mundo, al tiempo que nos recibe en la eternidad. Vela, según su oración sacerdotal, por cada uno de los suyos:

"Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí … (Jn 17,12.20)

 

El texto que concluye este cuadro, nos presenta a Jesús retirándose a un lugar solitario para orar. Es un gran misterio la oración del Verbo Encarnado. "El Hijo de Dios hecho hombre también aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. Él aprende de su madre las fórmulas de oración; de ella, que conservaba las "maravillas " del Todopoderoso y las meditaba en su corazón (cf Lc 1, 49; 2, 19; 2, 51). Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo.

 

Pero su oración brota de una fuente secreta, distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: "Yo debía estar en las cosas de mi Padre" (Lc 2, 49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la oración en la plenitud de los tiempos: la oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con y para los hombres. "La oración al Padre se inserta en la misión misteriosa del Hijo y del Espíritu" (CIC.2766). La oración está permanentemente presente en la vida y enseñanzas de Jesús, se la encuentra precediendo los momentos medulares de su vida pública: está  en el Bautismo (Lc 3,21), luego de la multiplicación de los panes (Lc 9,18), en la Transfiguración  y en el Huerto de los Olivos. Jesús acude a ella y exhorta a sus discípulos  a ser hombre y mujeres de oración. También el texto nos"Jesús, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el Modelo de nuestra oración" (CIC.2765).

Santa Teresa de Lisieux responde al interrogante sobre la oración diciendo:  "Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría"[1].

Temor, desorientación, dudas y poca fe (24-31)

Los detalles precedentes, que encontramos en este relato, utilizan el recurso cronológico comparativo, Jesús al atardecer, según nos relata el evangelista, se queda sólo, mientras que la barca es zarandeada en la cuarta vigilia de la noche[2]. Se trata de expresar claramente, que ha transcurrido un período de tiempo considerable, que permite reconocer una distancia importante entre Jesús y los discípulos que se encuentran en la barca. La cuarta vigilia de la noche se ubica entre las 3 y las 6 de la mañana culminando en el momento en que amanece. Algunos padres de la Iglesia, a imitación de Jesús, dedicaban a la oración el tiempo que iba desde el atardecer hasta la cuarta vigilia de la noche. Para remarcar este aspecto, el evangelista Juan expresa que los discípulos han remado 25 o 30 estadios[3]. Ambas narraciones, apuntan en la misma dirección;  entre Jesús y los discípulos que van en la barca existe una distancia considerable, ciertamente que es una distancia aparente, pues Jesús sabe y está pendiente de la suerte que corren los suyos.  

 

La barca ha sido, y siempre será imagen de la Iglesia, a lo largo de la historia  ha sido azotada por distintas tempestades. Ella aparece sacudida por un viento contrario, que le quiere impedir  que cumpla con el encargo del  Señor. Él le ha encomendado que cruce la historia  hacia la otra orilla y ella debe apoyándose en la Palabra del maestro, "navegar mar adentro". Ésta imagen que nos muestra a Jesús dirigiéndose hacia la barca, es una de las tantas manifestaciones de su promesa;  "yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo".

 

Reflexionemos nosotros sobre esta realidad a la luz de nuestra vida cristiana, dado que hay una analogía posible, entre lo que ocurrió a los apóstoles, lo que ocurre a la Iglesia de todos los tiempos y lo que vivimos nosotros  en nuestra historia personal como miembros del cuerpo de Cristo. 

Nuestra vida cristiana, expresada en la barca que es agitada por el mar embravecido, tiene una resonancia particular. Los cristianos bajo la tentación, experimentamos que nuestra vida es zarandeada. Jesús le advierte a Pedro sobre este aspecto de la tentación: 

 

«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» (Lc 23,31-32)

 

Según el apóstol Pedro nuestra fe en la tentación es acrisolada:

 

"Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas,  a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo. A quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no le veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa;  y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas"(I Pe 1,7-9).

 

Jesús no permanece lejos de los sufrimientos y tribulaciones que estamos viviendo. No permanece en las orillas tranquilas y solitarias en que se encontraba (Mt 14,23), Él se dirige  hacia nosotros, (Mt 14,25) para combatir con nosotros a la tempestad. Se encuentra a nuestro lado en la tentación para sostenernos y fortalecernos. Es sugestivo reconocer como los discípulos, ante Jesús que viene sobre las aguas, sienten miedo e incluso gritan porque lo confunden con un fantasma. Dios viene hacia nosotros y muchas veces no lo reconocemos, e incluso dudamos de su presencia a nuestro lado en los momentos de sufrimiento.  

 

Jesús, nos dice el libro del Apocalipsis, que está a la puerta y llama. No debemos limitar ni restringir la acción de Dios a lo que nosotros conocemos. A veces nos atemoriza el modo en que viene, se presenta ante nosotros imprevistamente en una enfermedad o en un gran sufrimiento. Algunas veces sumidos en el dolor lo rechazamos, pero Él nunca nos abandona permanece con su mirada compasiva, fija en nosotros aguardándonos pacientemente. Todo dolor humano está destinado a ser consolado por Jesús, solamente recostando nuestra cabeza sobre su pecho descansaremos del agotamiento que nos produce el sufrimiento. Solamente Jesús, toca verdaderamente el sufrimiento humano transfigurándolo. Los "profetas de este mundo" únicamente proponen la evasión. Entrégale a Jesús  tus sufrimientos y contradicciones, acepta la invitación que te realiza: "vengan a mí los que se encuentran fatigados y yo los aliviaré".  

 

Jesús nos ha donado con el Padre, al Espíritu Santo como consolador. Él conoce el espíritu humano y lo sondea, su presencia cura dulcemente nuestras heridas. La amistad con Dios, que se expresa en la vida de la gracia, nos da al Espíritu Santo como dulce huesped del alma. 

 

El Diablo puede sugerirnos, pues sabe de la importancia de esta decisión, que estamos ante otra promesa demagógica. Quiere disponernos en forma negativa a recibir la Palabra de Dios. Quiere sumir la Palabra de Jesús en el valor común de todas las palabras que se pronuncian en este mundo. Sutilmente nos dice: "es una palabra más entre tantas". Frente a ello, Jesús nos enseña  que todo lo que nos parece en este mundo sólido e inconmovible, pasará, frente a su Palabra  que no pasará. Ella no vuelve a Él vacía, porque es una palabra de "vida eterna" que se posa sobre la realidad, alcanzándola en su núcleo más íntimo. Y ya sea, con nuestro trabajo o descanso, ella sigue su obra incansablemente. El temor que sienten los discípulos en la barca, es sosegado por la voz del Señor, su Palabra pone en calma los corazones que se sienten inseguros. Ante las preguntas que surgen  ¿Qué nos ocurrirá? ¿Qué será de nosotros? Él les habla invitándoles a confiar en Él: ¡Ánimo!, que soy yo; no temáis.

 

Ánimo… Su presencia llena nuestro corazón de valor. Nuestra peregrinación está sostenida por su compañía cercana y por la experiencia de su amor en nuestras vidas. Su amor fortalece nuestra debilidad. Su compañía y  enseñanzas producen en nuestro corazón un ardor tal, que nos hace exclamar con los discípulos camino de Emaús: "Quédate con nosotros" Señor Jesús, porque el día ya se acaba; sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra esperanza; así, nosotros, junto con nuestros hermanos, podremos reconocerte en las Escrituras y en la fracción del pan.Su Palabra nos invita amablemente a no desfallecer, a no bajar los brazos, la suerte última del hombre está crucificada en Cristo y Resucitada con Él. El pesimismo contemporáneo es propio de hijos de padres abandonados. En nuestro corazón de hijos muy amados del Padre habita el gozo y la acción de gracias.  

 

No temas… Debemos pedirle al Señor que aleje de nuestro camino todas las sombras que producen  temor. La cultura imperante se parece a una gran fábrica productora de temores.

 

Pedro camina

Dentro de la segunda parte del texto (vv 24-31) se encuentra la escena y el diálogo que mantienenJesús y Pedro (vv 28-31). Esta escena, únicamente la encontramos en el evangelio según San Mateo, no aparece en los textos paralelos de los otros evangelistas (Mc 6,45-52;Jn 6,16-21).

Pedro ha experimentado en sí mismo el poder de la Palabra del Señor, sabe que ella pueda cambiar la realidad, y por ello, en medio de su propio desconcierto le suplica diciendo; "mándame ir a ti sobre las aguas".Comenta San Agustín este pasaje diciendo; "Si eres tú, mándame (Mt 14,28): porque no puedo hacerlo por mí, sino por ti. Reconoció lo que era de por sí y lo que era por aquel por cuya voluntad creía poder lo que no podría ninguna debilidad humana. Por eso, si eres tú, mándame, pues nada más mandarlo, se hará; lo que no puedo yo presumiendo, lo puedes tú mandando"[4].

Nosotros dudamos y nuestro corazón se turba manifestándose inquieto, cuanto nos cuesta reconocerlo en medio de las tempestades, incluso abrumados por el  temor lo confundimos con un fantasma. Equivocadamente, partimos de la medida humana y rechazamos todo aquello que nos pone en el ámbito de la acción de Dios. La acción del Señor, inexplicablemente, la encuadramos como una acción humana y olvidamos su condición actual de Resucitado.  Jesús, según la visión que nos trasmite el diácono Esteban en la Sagrada Escritura, estaba en el cielo de "pie a la diestra de Dios" (Hch 7,55). Esta ubicación, nos manifiesta el poder que Jesucristo ha recibido del Padre, y así se lo declara a sus discípulos antes de la Ascensión, "me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28,18).

Comentando este pasaje, nos dice  Agustín: "Y el Señor le dijo: Ven…Pudo lo mismo que el Señor, no por sí, sino por el Señor.  Lo que nadie puede hacer en Pablo o en Pedro, o en cualquier otro de los apóstoles, puede hacerlo en el Señor.  Pedro caminó sobre las aguas por mandato del Señor, sabiendo que por sí mismo no podía hacerlo. Por la fe pudo lo que la debilidad humana no hubiera podido… A muchos les impide ser firmes su presunción de firmeza" [5]. 

Jesús invita a Pedro a ir a su encuentro apoyándose únicamente en su  Palabra, que como invitación a la fe exige la libertad, una invitación que nunca es imposición. La fe se manifiesta en este texto como respuesta a la Palabra que le dirige el Señor. Recordemos, en esta misma dirección, la respuesta del Centurión en el encuentro que tuvo con Jesús (Mt 8,5-13):  "Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano"(Mt 8,3).  

Pedro se hunde

Pedro sintiendo un viento fuerte, temió, y al hundirse  exclamó: Señor, líbrame, que perezco! (Mc 14,30). La reprensión de Jesús, por la duda que albergó en su corazón Pedro, expresa que las tempestades que lo amenazan son consideradas más fuertes que la palabra de Jesús que lo sostiene. Pedro avanza impulsado por la palabra de Jesús, que lo ha invitado a caminar hacia Él. La falta de fe viene cuando considera al que lo amenaza, presentado bajo la imagen del encrespamiento del mar y el viento impetuoso, como más fuerte que el que lo sostiene, es decir, Jesús.

Cuando dejó de poner toda su confianza en Dios, evaluando el poder del viento fuerte y del mar encrespado comenzó a perecer. Su mirada se fue lentamente desviando, al comienzo la había puesto en Jesús pero lentamente la había desviado en dirección del mar embravecido.

Cuántas cosas en nuestras vidas las emprendemos con la mirada puesta en el Señor, incluso, aunque se nos manifiestan, con ciertos riesgos. Emprendemos el camino confiando en la acción que Dios realiza con y por nosotros. También es cierto, que a veces la fatiga y el desconcierto nos debilitan. El pecado  nos hace perder el punto de apoyo. Y en esas situaciones comprendemos este relato del Evangelio. Nuestras acciones dubitativas nos hacen vacilar de su presencia.  

¿Acaso el Señor abandonó al que titubeaba, desoyendo su  llamada? ¿Dónde queda aquello: Quién invocó al Señor, y fue abandonado por él? Y aquello: Todo el que invocare el nombre del Señor será salvo (JI 2,32). Concediendo al momento el auxilio de su diestra, alzó al que se hundía y reprendió al que desconfiaba: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? (Mt 14;31). Presumiste de mí y dudaste de mí[6].

"La fe en Cristo y la esperanza de la que él es maestro permiten al hombre alcanzar la victoria sobre sí mismo, sobre todo lo que hay en él de débil y pecaminoso, y al mismo tiempo esta fe y esta esperanza lo llevan a la victoria sobre el mal y sobre los efectos del pecado en el mundo que lo rodea. Cristo libró a Pedro del miedo que se había apoderado de él ante el mar en tempestad. Cristo también nos ayuda a nosotros a superar los momentos difíciles de la vida, si nos dirigimos a él con, fe y esperanza para pedirle ayuda. «¡Animo!, soy yo; no temáis» (Mt 14, 27). Una fe fuerte, de la que brota una esperanza ilimitada, virtud tan necesaria hoy, libra al hombre del miedo y le da la fuerza espiritual para resistir a todas las tempestades de la vida. ¡No tengáis miedo de Cristo! Fiaos de él hasta el fondo. Sólo él «tiene palabras de vida eterna». Cristo no defrauda jamás"[7]


[1] Santa Teresa del Niño Jesús, ms autob. C 25r.

[2] La guardia romana realizaba 4 vigilias, cada una de ellas duraba tres horas. Los romanos vigilaban desde el ocaso hasta el alba. La primera  vigilia era la de la tarde, la segunda vigilia era la de la noche, la tercera vigilia era la del canto del gallo y la cuarta vigilia era la que llegaba hasta el amanecer. La cuarta vigilia iba de las tres a las seis de la mañana.

[3] El estadio es una medida de longitud griega. Como era habitual en la antigüedad no hay una sola medida para el estadio, hay varias. Por ejemplo, el estadio de Eratóstenes, el que utilizó el científico de ese nombre para medir el diámetro de la tierra, medía: 158 metros. La barca habría recorrido, tomando este valor, entre 3950 y 4740 mts.

[4] SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO Sermón 76,5-9

[5] SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO Sermón 76,5-9

[6] SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO Sermón 76,5-9

[7] Juan Pablo II, Homilía  en la Liturgia de la Palabra celebrada con los jóvenes en Poznan, Polonia., 3 de junio de 1997.