FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)

La pureza del corazón es el preámbulo de la visión

Diác. Jorge Novoa

La Cuaresma es un tiempo de gracia que podemos sintetizarlo  maravillosamente con la palabra conversión. Dios  tomando la iniciativa sale al encuentro del hombre y lo invita a penetrar en el recinto sagrado de su propio corazón. Esta invitación amable que Dios dirige al hombre,  lo dispone a recibir la luz de su presencia que quiere  sanarlo y consolarlo. Aquella invitación que Dios dirigió a Moisés se expresa nuevamente en cada corazón que Dios visita: quítate las sandalias, pues la tierra que pisas es santa. Este tiempo de gracia, queda invadido por la acción del Espíritu Santo que nos conduce al desierto de nuestro corazón para vivir un encuentro con Dios. Un encuentro de intimidad amorosa en el que Dios purifica nuestro corazón cumpliendo lo anunciado por el profeta Oseas: "La atraeré y la llevaré al desierto, y allí le hablaré a su corazón" (Os 2,14). 

Dejémonos conducir por el Espíritu de Señor «al desierto», para experimentar la fragilidad de la criatura, pero también la cercanía del Dios que nos salva. Recorramos el itinerario que va desde el corazón humano hasta el Corazón de Cristo, y hagamos nuestro, el deseo de S.Agustín: "para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen"[1]. San Agustín presenta la obediencia de la fe como luz para la vida creyente, por esta acción Dios va  purificando la comprensión de lo que se cree. En este sentido la fe purifica el corazón. <<Por lo tanto el primer principio de la purificación del corazón es la fe por la que se purifica la impureza del error, fe que, si se perfecciona por la caridad formada, causa la purificación perfecta>>[2] Porque la pureza del corazón es el preámbulo de la visión[3]. 

Desierto y corazón[4]

“En el desierto, el Señor tu Dios te llevaba como un padre lleva a su hijo, a lo largo de todo el camino que han recorrido hasta llegar a este lugar” (Dt 1,31).  "En efecto, el desierto es un lugar de aridez y de muerte, sinónimo de soledad, pero también de dependencia de Dios, de recogimiento y retorno a lo esencial. La experiencia de desierto significa para el cristiano sentir en primera persona la propia pequeñez ante Dios"[5].

En la Sagrada Escritura cuando se habla del corazón, se va revelando un rico  y profundo significado, y en este sentido, la puerta de acceso a la comprensión de este valioso contenido se encuentra en el libro de los salmos. La afirmación de que el hombre de corazón puro será admitido a la visón de Dios se consolida a lo largo de toda la Antigua Alianza, alcanzando con Jesús su cumbre en el llamado "sermón del monte"[6]  . Dios responde al interrogante que expresa el salmista: ¿Quién puede entrar en la visión de Dios? El hombre de manos inocentes y puro corazón. De allí que brote la exclamación; "dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación" (Sl 83).

La cuaresma es conciencia de nuestra condición de peregrinos, con su consiguiente experiencia de finitud  y fragilidad. El hombre debe  preparar el corazón para la peregrinación y para ello, debe apoyarse totalmente en Dios. Esto le exige vivir una actitud de humildad, para  reconocerse frágil e implorar de Dios el auxilio para no tomar equivocadamente otro  camino, ni dejarse vencer por el abatimiento que trae el desaliento; " enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre" (Sl 85). "¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme;"(Sl 50).

La obstinación del corazón

La actitud obstinada del Pueblo que abandona a Dios y permanece en el pecado, ha sido descrita como dureza del corazón (cardioesclerosis). Ella se consolida en el hombre, cuando éste, no escucha la voz de Dios. "Pero mi pueblo no escucho mi voz, Israel no quiso obedecer: los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos" (Sl 80). La dureza del corazón, produce una ceguera tan cruel que impide reconocer  la presencia de Dios y su acción. Esta ceguera para el bien que Dios obra, va sumiendo el alma en una acidez[7] letal.

Dios por  medio del salmista indica a su pueblo el camino que debe recorrer: "pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón, que Dios es nuestro refugio" (Sl 61).

Jesús[8] en los relatos evangélicos, aparece juzgando severamente la situación en que se encuentra la mayoría de los miembros de su pueblo, duramente increpado con las palabras del bautista, llamándolos "sepulcros blanqueados". Reconoce que este pueblo lo honra con sus labios pero su corazón se encuentra muy lejos de él. La parábola de los viñadores homicidas, refleja claramente la incapacidad para reconocer la obra de Dios, expresada en esa respuesta negativa que se convierte en una interminable cadena de mal, que se va formando  y trasmitiendo de generación.

Los frutos del corazón que se aleja de Dios son:  "las intenciones malas, asesinatos, adulterios (y) fornicaciones" (Mt 15,19). Quien no percibe la presencia y acción de Dios, esta imposibilitado de conocer la verdad sobre el hombre en el plan  del Creador. La ceguera para con Dios se convierte en ceguera con el hermano, y el corazón endurecido se convierte en amo de su hermano en lugar de ser su servidor. El faraón[9] en las Escrituras Santas es un ejemplo arquetípico del “endurecimiento del corazón”. Una y otra vez, el Señor nos dirige  esta Palabra "ojalá escuchéis hoy mi voz no endurezcáis el corazón" (Sl 94).

La pureza de corazón es el preámbulo de la visión

 El Maestro divino proclama "bienaventurados" los limpios de corazón,  canonizando a quienes tienen una gran rectitud interior, libre de prejuicios y condicionamientos y, por tanto, están dispuestos a cumplir en todo la voluntad divina. Cristo proclama bienaventurados a los que no se contentan con la pureza exterior o ritual, sino que buscan la absoluta rectitud interior que excluye la mentira y la doble intención. “Muy insensatos son los que buscan a Dios con los ojos del cuerpo, sabiendo que sólo se le puede ver con el corazón . Así está escrito en otro lugar: Buscad al señor con sencillez de corazón. Porque corazón limpio es lo mismo que corazón sencillo, y como es necesario tener sanos los ojos para ver la luz natural, así no puede verse a Dios si no está purificado aquello con que podemos percibirle>>[10]

"A los "limpios de corazón" se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a él (cf 1 Co 13,12; 1 Jn 3,2).. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir a otro como un "prójimo"; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina"[11]. Dios bendice a los "sinceros de corazón "( Sl 124) revelándoles su rostro en medio de las situaciones de la vida, manifestándose como luz que testifica la Verdad. "Amanece la luz pare el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre" (Sl 96)

<<Aquel cuyo oído del corazón es ya puro, más agudo y sensible, percibe el sonido (de la voz del Señor). Me refiero a la contemplación del universo por la cual alcanzamos a conocer el poder de Dios. Guiado por esto, el alma penetra allí donde Dios mora. La escritura lo llama tiniebla. Significa como queda dicho, lo incognoscible, lo invisible. Una vez allí, contempla el tabernáculo, no hecho por mano del hombre...”[12] La comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da (cf. Rm 5,5), para hacer de todos nosotros « un solo corazón y una sola alma » (Hch 4,32)[13].

 

 

 

 



[1] S. Agustín, fid. et symb. 10,25.

[2] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica IIa IIe c VII a.2.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica n 2519.

[4] Gr. Kardia, heb. leb. En el NT, el término designa a veces la sede de las fuerzas vitales; tiene generalmente un sentido metafórico. No significa exclusivamente la sede afectiva, sino que se refiere a la fuente de diversas manifestaciones del hombre:  el lugar escondido, por oposición al rostro o a los labios, la fuente de los pensamientos intelectuales, de la fe, de la comprensión, del endurecimiento; es el centro de las opciones decisivas, de la conciencia moral, de la ley no escrita y del encuentro Dios, que es el único que puede llegar hasta el fondo.

El corazón se anima a la voz de Cristo (Lc 24,32); el Espíritu del Hijo que habita en él  (II Cor 1,22; Ef 3,17) revela al hombre el amor de Dios (Rom 5,5; Gál 4,6) y le hace gritar:<<Abba, Padre>>.El corazón del creyente no teme está purificado por la sangre de Cristo, por la que se hace un corazón puro, fuerte y en paz. X. Léon Dufour, Diccionario del Nuevo Testamento, Cristiandad, Madrid 1977,p.153-154.

[5] Juan Pablo II, Mensaje de cuaresma 1988.

[6] El Sermón del Monte presenta una síntesis acabada del esbozo iniciado en los Salmos (ver Catecismo Nros  2518-2519.

[7] Para penetrar en un diagnóstico espiritual claro y preciso, ver los dos libros del P. Horacio Bojorge sobre la acedia. Se lo puede encontrar en www.multimedios.org.

[8] Jesús reconoce la presencia de esta enfermedad espiritual en la historia de Israel: :"... Se le acercaron unos fariseos con propósito de tentarle y le preguntaron:' ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier causa?' El respondió: '¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra?' Y dijo: 'Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre'. Ellos le replicaron: 'Entonces, ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar?' Díjoles El: 'Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así'"(Mt. 19, 3 ss; cf. Mc 10, 2 ss).

[9] “También está escrito que <<Dios endureció el corazón del faraón>> (Ex 9,12) y ¿ cómo le podríamos condenar, si es por fuerza divina como se obstinó y endureció su corazón? Por lo demás, el apóstol se expresa casi en los mismos términos cuando dice:<<Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, los entregó Dios a su mente réproba>> (Rom 1,28)... Pero si es cierto lo que dice la escritura, y que Dios abandona a sus pasiones ala que libremente se esclaviza en ellas, no se endureció el Faraón porque Dios así lo quisiera, ni la vida indecente s producto de la virtud. San Gregorio de Nisa, Vida de Moisés,p.82.

[10] San Agustín, Obras de San agustín XII, BAC Nª 121.

[11] CIC n 2519.

[12] San Gregorio de Nisa, Vida de Moisés, Sígueme, Salamanca,1993, p. 106

[13] NMI, 42.

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