FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

                                      Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo(Santo Tomás de Aquino)

El Ascensor divino

Una meditación a partir de Teresa de Lisieux

Diác. Jorge Novoa

"Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente".

Teresita constataba, como también nosotros lo hacemos hoy, los distintos avances tecnológicos y se detiene en uno en particular, el ascensor. Inmediatamente nos preguntamos ¿qué tiene que ver esto con la fe? Las realidades del mundo material pueden, sin son adecuadamente aplicadas, enseñarnos sobre las realidades del orden espiritual. Este principio de relación tiene su origen en el Verbo Encarnado. 

"Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección".

Teresa ha expresado el deseo que alberga su corazón, y que tiene su origen en la moción que Dios mismo pone en su alma, quiere elevarse hasta Jesús. Quiere, con todas las fuerzas de su corazón, ponerlo todo en dirección de Jesús. Pero percibe la desproporción que hay entre su pequeñez y la grandeza de su Señor. Y la absoluta impotencia, para alcanzar la realización  de este deseo con sus solas fuerzas.

Toda su Teología queda imbuida por el conocimiento de su pequeñez. En su alma frágil y pequeña ama profundamente al Señor y quiere alcanzarlo uniéndose con Él para siempre. Este conocimiento de su pequeñez no la sume en el pesimismo, sino que la ubica en  el orden de la gratuidad. Ella comprende progresivamente que el deseo de unión es propio del orden de la gratuidad, y a pesar de la desproporción existente, se manifiesta posible, porque este es el deseo de Jesús. Él desea ardientemente la unión y la busca a pesar de nuestras resistencias.

"Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mí. Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba".

Teresa busca como saciar ese deseo divino que anida en su corazón humano ¿Quién puede responder con certeza a la pregunta por el camino que conduce hacia Dios? Teresita encuentra la respuesta en la Palabra de Dios, ella siempre es una invitación novedosa y deslumbrante, como una saeta parte siempre raudamente del Arquero Divino e impacta en nuestro corazón. La Palabra de Dios queda prendida en nosotros por el flechazo de Amor que dirige el Espíritu Santo. El Espíritu Santo como maestro interior, interioriza  la llamada exterior de Jesús. Hay una palabra exterior y una interior,  tanto la palabra de Cristo como la actividad del Espíritu, necesitan de la fe de Teresita.  La palabra de Dios, es recibida por la fe en los corazones y en ellos permanece activa, gracias a la acción del Espíritu. Siendo esto así, nunca podrán oponerse enseñanza exterior y enseñanza interior: la enseñanza exterior misma, la palabra de Jesús, es la que ha sido interiorizada en la fe. 

¿Qué puede elevar a un alma tan pequeña hacia su amado Esposo? Los deseos que Dios pone le permiten gustar imperfectamente de los majares prometidos. El deseo de la unión con Cristo anticipa el gozo, al tiempo que mueve en la esperanza de verse realizado. En esta búsqueda, el cielo se le abre repentinamente por medio de una palabra vivificadora: "El que sea pequeñito que venga a mí".

La compresión y vivencia de la pequeñez, la conducen a la insondable misericordia de Dios. Cada vez que se reconoce pequeña y frágil, oye la voz del Padre que la invita a confiar abandonándose totalmente en Él. El "abismo insondable de su misericordia" se posa especialmente sobre los que se entregan confiadamente en su Amor.

"Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré".

Teresita al animarse a ir por este camino, descubre las promesas que Dios realiza a las almas que se abandonan en Él. Esto lo expresa con la imagen del niño que se abandona totalmente en los brazos de su padre, sintiéndose seguro. No puede haber una imagen más elocuente para expresar el enorme amor que Dios nos tiene, que la de una madre acariciando y meciendo sobre sus rodillas a su hijo. Este rostro de Dios lleno de ternura, es el que Teresa descubre. Los que se anime a transitar por estos caminos gozarán de esta experiencia maravillosa, que Teresita comunica y vive en el corazón de la Iglesia.

Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más".

Teresita se deja llevar por Jesús, en sus brazos desaparecen las distancias, su amor misericordioso penetra su alma llenándola de gozo. El camino de la infancia espiritual es un camino de dependencia absoluta, de Aquel que  nos concede la mayor libertad. Para ello, hay que ser pequeño, humilde, sencillo y totalmente dependiente de Dios.

¿Cuántos falsos caminos se abren ante nuestra mirada? El éxito, la fama, la popularidad, la notoriedad y "los primeros lugares" son algunos de los tantos falsos caminos que el enemigo nos propone, son la "puerta ancha" y espaciosa llena de buenos comentarios en los "medios". La "puerta angosta" y el camino estrecho es el que nos lleva a la salvación. El Señor quiere que recibamos como niños esta invitación sin obstaculizar en nuestro corazón su intención de ser nuestro Ascensor.

Texto completo

"Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente". "Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección".

"Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mí. Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba". "Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré".

Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más".

 

 

 

 

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