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FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


"Bendito el que viene en el nombre del Señor"

Diác. Jorge Novoa

 

"Bendito el que viene en el nombre del Señor"; esta invocación propia de la tradición judeo-cristiana, es  apropiada para el  tiempo litúrgico que llamamos Adviento, y puede ayudarnos a penetrar en su sentido. Quiera el Espíritu Santo fecundar estas palabras y  abrir en nuestro corazón la capacidad de discernir la voz del Señor que viene en medio del barullo imperante. El Señor viene  a llamarnos a la puerta  de nuestras vidas, se aproxima buscándonos en los sitios que frecuentamos. Llega para  sacudirnos  de la modorra que nos paraliza, ofreciéndonos su amistad.

 

1-Algunos presupuestos

 

La palabra ADVIENTO, aparece desconocida en su sentido, no solamente fuera de la Iglesia también se encuentran algunas vagas definiciones sobre lo que ella significa dentro de la Iglesia. En parte, ello se debe a que la catequesis ha descuidado el sentido de iniciación a los tiempos litúrgicos. Si  preguntáramos, a muchos de nuestros catequistas, ¿qué es el Adviento? nos sorprenderíamos de sus respuestas. 

 

El ADVIENTO es un tiempo litúrgico en el que la Iglesia  celebra su fe.  Toda su realidad queda impregnada por la presencia fascinante de Dios que visita a su Pueblo. Por ser un tiempo litúrgico, hunde sus raíces  en los misterios de la vida de Cristo y con su savia, penetra la vida cristiana nutriendo las convicciones y actitudes de los fieles. El cristiano vive en su existencia esta realidad del ADVIENTO de modo permanente, al esperar a su Señor con fortaleza y paciencia,  la fe asume la forma de una existencia abierta a la acción de Dios en el  mundo.

 

¿Qué es la liturgia?

 

La Liturgia es la acción-contemplación del Cristo total; es decir, Cabeza y Cuerpo. Es una única acción, en  la cual  la vida de Cristo, lo que el Catecismo llama los misterios de la vida de Cristo, y que tienen su centro en la Pascua, se despliegan a lo largo de todo el año. “El que celebra la Liturgia de la Iglesia a lo largo del año, experimenta cómo se transforma su concepto del tiempo. El año, la semana, el día adquieren un nuevo sentido; “ya no pasan”, se tornan más ricos, más densos , más llenos de vida”[1].

 

Dice el CEC 1163: (Catecismo de la Iglesia Católica)

"La santa Madre Iglesia considera que es su deber celebrar la obra de la salvación de su divino Esposo con un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año…. En el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo".

 

Esto, es posible porque el Señor ha Resucitado y desde su Ascención a los cielos hasta su vuelta gloriosa, su presencia entre nosotros, se realiza por los signos sacramentales. El Señor se hace presente en la Liturgia que es la fiesta de la Resurrección[2]. Celebrar la fiesta de la Resurrección significa sumergirse en la adoración. “La liturgia es primero obra de Dios por los hombres, antes de ser culto de acción de gracias y suplicante que nosotros a modo de respuesta tributamos a Dios”[3]. Ella es, por lo tanto, lugar del ejercicio del sacerdocio de Cristo y del Pueblo sacerdotal que es la Iglesia. “No somos nosotros los que organizamos en primera línea la liturgia, sino que Cristo es el liturgo, el celebrante principal de nuestro culto a Dios”[4]. Toda Liturgia es bendición y posee un doble movimiento; es don de Dios que viene de lo alto (descendente) y respuesta del hombre  a su Dador(ascendente)[5].La Liturgia nos conduce al ámbito de lo gratuito de lo dado.

 

Celebrar nunca es meramente recordar, implica un ahora. Es el Hoy de la Salvación. “Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este Hoy, para que ninguno de vosotros se endurezca seducido por el pecado. Pues hemos venido a ser partícipes de Cristo, a condición de que mantengamos firmes hasta el fin la segura confianza del principio” (Hb 3,13-14).

 

Este Hoy de la salvación, tiene su consistencia en las propias palabras del Señor; “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20).Este Hoy, que resonó en la Sinagoga de Nazaret anunciando el cumplimiento de la promesa, “es un tiempo que ya no pasa, que no desemboca sin más en la muerte, sino que está lleno del yo estoy con vosotros”[6].Vivir en el Hoy de la salvación es la aventura apasionante de la santificación como camino del Amor .

 

Teresa de Lisieux expresará magistralmente la tensión (1ª y última estrofas) del Hoy de la salvación en su poesía Nº 12- Mi canto de Hoy:

 

Mi vida es un instante, una efímera hora,

Momento que evade y que huye veloz.

Para amarte, Dios mío, en esta pobre tierra

No tengo más que un día:

¡solo el día de Hoy!

 

Yo volaré muy pronto para ensalzar sus glorias,

Cuando el día sin noche se abra a mi corazón.

Entonces, con la lira de los ángeles puros

¡yo cantaré el ETERNO, INTERMINABLE HOY!

 

En él, Dios es glorificado y los hombres santificados, se actúa el misterio de nuestra salvación. La Liturgia nos invita a deponer todo pensamiento  para recibir al Rey Creador y Salvador. El hombre es un liturgo[7], porque ha recibido el Espíritu Santo como  sello divino. En verdad; somos sanados, reconciliados, fortalecidos, bendecidos e iluminados. Nosotros participando activa y conscientemente, le agradecemos a Dios, le rogamos por nuestras necesidades ( y las del mundo), y le cantamos alabándolo. Él nos dirige el pan  de su Palabra y nosotros lo escuchamos, luego, se nos da como alimento en la Eucaristía y nosotros lo comemos. Esta libre y graciosa iniciativa de Dios siempre nos deja admirados, como todas las cosas de Dios apasionan  por su sobriedad, sencillez y simplicidad. Así es el milagro llamado Liturgia.

 

La Iglesia en el Concilio Vaticano II nos ha recordado que toda su actividad tiende hacia la Liturgia como a su cumbre, al tiempo que saca de ella, como de su fuente, la fuerza necesaria para seguir fielmente al Señor. Nacida al pie de la Cruz, aquella germinal comunidad, escucha a su Señor crucificado en el memorial de su amor.

 

2- Tiempo de preparación

 

El año litúrgico se estructura a partir de los dos grandes misterios de nuestra fe;  Encarnación y Redención, ellos son celebrados en las fiestas litúrgicas llamadas Navidad y Pascua.  Estos dos grandes acontecimientos son precedidos por dos períodos preparatorios; llamados  ADVIENTO y  Cuaresma.

 

Ya podemos precisar que por ser tiempos preparatorios, están determinados por aquello hacia lo cual tienden, están orientados hacia un fin, el tiempo de ADVIENTO es una preparación para la fiesta y el tiempo de la Navidad. 

En el, Dios viene a nosotros con un mensaje de salvación, sobrepasando nuestras expectativa y llevando a cumplimiento su promesa. Ya no de un  modo fragmentario o provisorio, sino con una acción definitiva, con la llegada de Jesús a nosotros ha llegado lo definitivo. Ese tiempo de gracia y liberación, ha puesto su "tienda entre nosotros" esperando que llegue el día en que se manifestará definitivamente. La expresión de júbilo  de la Iglesia se apoya en el conocimiento íntimo y profundo de esta verdad, depositada en el corazón del mundo a partir de la Encarnación del Verbo. Lo definitivo ha comenzado un camino irreversible que conduce a la humanidad hacia Dios.

 

3- Adviento

 

Etimológicamente la palabra "ADVIENTO", ADVENTUS, "significa llegada, es la traducción latina de la palabra griega parousía. Hablar de ADVIENTO implica que alguien o algo viene o vendrá". Parusía es una palabra griega que significa presencia e índica la venida o visita solemne o presentación inusitada de un personaje importante. Este término, apareció en el cristianismo primitivo para designar la gloriosa venida de Cristo al fin de los tiempos. La Parusía de Cristo es el comienzo  y el epílogo, la inauguración y la conclusión, la fe y la bienaventurada esperanza como dice S. Pablo:

“aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Tit 2,13).

 

La iniciativa de Dios de visitar a su pueblo y de establecer su morada entre nosotros exige al discípulo tener un corazón preparado para vigilar. El ADVIENTO, no es solamente la espera de un acontecimiento, es fundamentalmente la espera que prepara el corazón y todas las realidades de nuestra vida, para la visita de  una persona. El acontecimiento esperado, es esa intervención de Dios en la  historia, que coincide  con la venida de una persona, el Hijo de Dios. Toda la realidad  litúrgica se mueve en la tensión (ya, pero todavía no) que llamamos esjatológica. La celebración de la Navidad como hecho histórico central de la fe, nos recuerda  la venida del Hijo de Dios a los hombres, y con ella, el comienzo de lo definitivo.

 

Dos formas de reducción

 

La reducción asume la forma de la herejía, supone la acentuación de un aspecto presentándolo absolutamente, por ello debemos evitar perder la totalidad del acontecimiento. La venida histórica (pasado),o su visita a nuestra vida (presente) con su vuelta escatológica (futuro), permanecen íntimamente e indisolublemente unidas en la realidad denominada el Hoy de la salvación.

 

Si en Navidad se trata solamente de  recordar un acontecimiento histórico que tuvo lugar en Palestina hace más de 2000 años, resultaría que el Adviento que celebramos este año,  sería una preparación para lo que se realizó hace más de 2000 años, y habría que confesar que estamos un tanto atrasados.

 

Dice el P.Bouyer: " pensar que el objeto formal de la celebración del ciclo de Navidad y Epifanía sea el nacimiento temporal de Cristo, es una concepción bastante reciente y no se apoya ni en la historia de la Liturgia, ni en los textos litúrgicos, ni en la teología bíblica. Podemos ver que esta nueva interpretación encierra un error cuando observamos en que se transforma la Liturgia del Adviento por el hecho de aceptar esta interpretación. En efecto si aceptamos ese punto de vista debemos confesar francamente que toda la Liturgia del Adviento  pierde su sentido puesto que desde el comienzo al fin la Liturgia del Adviento implora la venida de Cristo, el cumplimiento y la realización de nuestra esperanza. Pero si pensamos que la venida que imploramos es del nacimiento de Cristo, es de preguntar cómo podemos pedirlo y desearlo aún Hoy. Que sentido puede tener tal esperanza cuando su objeto se realizó plenamente en el pasado"[8].

 

Entonces en Navidad y por tanto en Adviento, ¿celebraríamos la venida,o el nacimiento de Cristo en nuestras almas (corazón)?. "Si Cristo nace mil veces en Belén y no en ti, estás perdido eternamente ¡Ay!, si tu corazón pudiera ser sólo un pesebre, Dios se haría de nuevo niño en esta tierra" se dice en el "Peregrino Querubínico".

 

Algo de cierto hay en estas afirmaciones, pero, no podemos circunscribir la significación de este gran Misterio a un punto totalmente fragmentario. Como si fuera únicamente recordar un hecho pasado, o como si el cristianismo se redujera en su totalidad a una relación individual entre Dios y cada alma, dejando escapar toda la proyección histórica, social y cósmica de este gran acontecimiento.

 

4- Conclusión

 

"El Adviento inaugura un período litúrgico que abarca cuatro semanas (casi nunca completas) y que tiene como finalidad celebrar la venida del Señor, tanto en su aspecto histórico como en el escatológico". Estos dos aspectos se entremezclan permanentemente, acentuándose más  en los primeros días su Venida escatológica para ir recayendo hacia el final de este período en su nacimiento humano.

 

Nosotros cristianos del siglo XXI podemos apropiarnos de estas expresiones de espera que aparecen en los patriarcas y en los profetas, porque el nacimiento de Cristo no era el único objeto de la esperanza de estos santos de la Antigua Alianza. ¿Qué esperaban entonces?. El advenimiento del Reino de Dios, la destrucción visible de las potencias del mal, la abolición del pecado y de la muerte y la manifestación final de Dios a su Pueblo:

 

¡Oh si pudieras rasgar el cielo y bajar!. Esta misma espera y esta misma esperanza, es la que nosotros  cristianos tenemos Hoy. La primera venida, el nacimiento de Cristo, colmó las expectativas  del hombre pero, despertó en él, el hambre y la sed de que lo definitivo se manifieste en su totalidad. Nuestras esperanzas han sido nutridas por el Pan del cielo, nuestro corazón arde en deseo de ver cumplida la profecía del Señor; no volveré a beber el fruto de la vid hasta que me siente en el banquete eterno.

 

"Que tal sea el sentido del Adviento y en consecuencia su perpetua actualidad se manifiesta claramente en los textos de la Liturgia de Navidad. Entonces se comprende que el ciclo de Navidad-Epifanía  se introdujera en el año litúrgico al final del siglo IV, cuando la Iglesia de Constantino, bien instalada en este mundo, corría el peligro de perder el fervor de su espera y de su esperanza en el mundo venidero. El Adviento tiene por objeto, reanimar incansablemente en nosotros esa esperanza. Lo que la Iglesia ve en la Navidad no es un cuadro sentimental, comprensible incluso para los no creyentes. En la bajada de Dios al hombre, la iglesia celebra una realidad que no puede ser percibida sino por la fe y que es el comienzo de la acción que va a conducir al hombre hacia Dios"[9].

 

La Iglesia celebra en el Adviento la irrupción de lo definitivo, para ello hace memoria de la Encarnación de Verbo, pero, levanta su corazón implorando a Dios el cumplimiento definitivo de su plan salvífico.

 

“En la Liturgia se puede reconocer, una triple llegada de Cristo: una ya ocurrida, el venir histórico de Jesús, en el que se ha cumplido la espera de los tiempos anteriores, lo que habían previsto los profetas; luego hay un “todavía por venir” que se está acercando constantemente, en la esperanza; finalmente un venir presente, un venir espiritual y gracioso, que a la espera fundamenta e impulsa” [10].

 

5- PD: Algunos puntos de reflexión para el Adviento

 

Al comienzo le pedíamos al Espíritu Santo la gracia de poder ver y oír al Señor que viene en medio del barullo imperante. Vaya si hay barullo en este comienzo de siglo. Nos hemos consolidado como dueños de todo, el mundo científico-técnico nos ha entronizado en ese lugar, pero, lo que nos resulta cada día más complejo, es ser dueños de nosotros mismos, de nuestra vida y nuestro tiempo. Por otra parte, cada vez más, sentimos que nuestro tiempo se escapa, como el agua entre los dedos, volatilizándose en una infinita gama de actividades, que para lo único que no dejan tiempo es para Dios. “La sabiduría consiste en saber el tiempo de cada cosa. Muchos hombres no lo aprenden nunca y otros lo aprenden sólo en la vejez. De modo perfecto casi nadie lo aprende, por una simple razón: el hombre vive en continuo estado de desorden que nace de la impaciencia”[11]. Nuestra reflexión tendrá como telón de fondo dos realidades: la Esperanza teologal y el tiempo.

 

La Liturgia del Adviento bebe incesantemente de la virtud teologal de la Esperanza[12]. Dios al comunicar al hombre  la Esperanza lo orienta firmemente hacia el bien. “Esta firmeza en la dirección hacia el bien le sobreviene a la Esperanza, esto es claro, sólo cuando es obra de Dios y se dirige hacia Él, es decir, cuando es virtud teologal”[13].La esperanza  hace referencia en el hombre, a su ser “status viatoris”, a la dimensión de caminante . “Este estado expresa más bien la constitución más íntima del ser de la criatura. Es el intrínseco y entitativo “aún no” de la criatura”[14].

 

El Adviento nos llama la atención sobre la utilización de nuestro tiempo, sobre las opciones que hemos hecho y que consumen nuestros días y horas. En especial, debemos preguntarnos por el domingo, el " día del Señor".  El primer día de la semana, el día de la Resurrección de Cristo, es la “fiesta primordial de los cristianos”.La “cultura del fin de semana” es anti-litúrgica, propicia el ocio y el entretenimiento, la celebración dominical no queda colocada como centro de la jornada. “En nuestra vida cronometrada al minuto, la belleza de la Eucaristía sólo puede  brillar en el estuche de la moderación del ritmo. La Eucaristía trasciende el tiempo. Ello supone que nos preparamos para la misma por medio de un dominio real del tiempo”[15].

 

Las lecturas de este tiempo

 

Las lecturas nos hablan tan naturalmente de la llegada de Dios a nuestras vidas, que a veces no sabemos como comprenderla. Podemos decir que el tiempo de Dios, a partir de la Encarnación, se acerca al tiempo del hombre, o siguiendo nuestras precisiones, que el tiempo de Dios se manifiesta, llevando a plenitud el tiempo del hombre. "La eternidad ha entrado en la historia del hombre" (TM 9). 

Sigamos esta presentación magnífica del P. Balthasar; “el Adviento es una puerta grandiosa por la que el cristiano pasa para entrar en un santuario. Pero esta puerta está custodiada por dos guardianes que la vigilan y que nos preguntan, en caso de que seamos cristianos, por qué y con qué espíritu queremos entrar aquí.

Son dos figuras muy distintas, que repetidamente vemos representadas en las pinturas antiguas a la izquierda y a la derecha del que es esperado y, en definitiva, el que ha venido.

La primera figura, sumamente estilizada, macilenta, un ángel vestido con pieles de camello, que no quiere ser más que una voz que grita en el desierto del mundo y del tiempo “Preparad los caminos del Señor”. La otra  figura, cubierta con un velo ensimismada, solo su cuerpo habla visiblemente del que ella espera, y repite con suave voz: “He aquí la esclava del Señor”. Los dos saben a quién esperan; son de momento las únicas que conocen la hora con toda exactitud y saben que es inminente: esperan nada menos que a Dios. No a un líder o a un gran héroe, no un tiempo mejor, una vaga utopía, no a Godot, sino realmente a Dios. A Emmanuel, Dios con nosotros”[16].

 

Vamos a destacar ciertos aspecto que están presentes en la Palabra de Dios y que establecen como una pequeña estructura: "la certeza  de su venida, el carácter misterioso de su venida, lo vibrante de la espera, el gozo del encuentro ". Lo hacemos siguiendo la propuesta de Pieper. El hombre  por la Esperanza teologal esta orientado hacia Dios, “primero; tiene su origen en el propio ser divino del hombre, en la gracia . Segundo: tiene como objeto, de un modo inmediato, la felicidad sobrenatural de Dios, conocida en forma sobrenatural. Y, finalmente, solo sabemos de la existencia, del origen y del objeto de esa virtud teologal por la revelación divina .

 

5.1- La certeza de su venida

 

Esta certeza que se da por la gracia en el hombre, se funda en la verdad divina, que no puede mentir, que no puede ser impedida; en la bondad, que es tanta, que el Padre entregó a su Hijo por nosotros, y fundamentalmente en la fidelidad de Dios que ha prometido no abandonar a los que esperan en Él[17].

 

"El Señor vendrá"…la Iglesia al afirmar esta verdad se apoya en la fidelidad de Dios. Él es fiel a su plan, a su proyecto, el salmo 32 nos dice que "el plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón de edad en edad".

Jesús se presenta en el libro del Apocalipsis, como "el Testigo fiel" (Ap.1,5),el Amén (Ap. 3,14),y el veraz(Ap 3,14) su vida es manifestación del cumplimiento de la promesa de Dios. Sus enseñanzas permanentemente nos hablan de la solicitud de Dios para con sus hijos, "aunque una madre se olvide de ti yo nunca me olvidaré", sus cuidados sobre nosotros no dependen del número, "deja las noventa y nueve que están en el redil y van en busca de la perdida".El amor que Dios muestra a sus criaturas y a sus hijos, es un amor vivo y tierno. Un amor presente en su desarrollo, en sus preocupaciones personales y acciones. Un Amor fiel.

Dios es fiel a este modo de amar misericordiosamente, ama benevolentemente. De este amor derramado sobre nosotros hasta el extremo es testigo Jesús. De este amor que según S. Pablo, "todo lo espera".

El Pueblo de Dios tiene conciencia firme de la presencia del Señor en la historia, sabe que no camina solo en medio de las tempestades históricas. El Señor no abandona su barca. "Las puertas del infierno" no pueden con la modesta barca de Pedro que navega por la historia con la certeza de que su Señor vendrá.

 

5.2- El carácter misterioso de la misma

 

El ADVIENTO también nos impulsa  hacia esa otra venida del Señor, en la que volverá para "juzgar a los vivos y a los muertos". Ir, venir, volver; son categorías espacio-temporales, que aportan una cierta noción de lugar, en este caso concreto, desde el cual vendría Cristo. Algunos filósofos dicen "Dios creó el mundo y luego se retiró". Estos antropomorfismos aplicados a Dios son inadecuados y crean problemas. De allí que tendamos a  pensar erróneamente  que Dios está ausente de la existencia cotidiana y que se asoma cada tanto, como por una ventana para ver como van las cosas.

 

La enseñanza de la Iglesia difiere bastante de esta concepción naturalista. Estas categorías (ir, venir, volver) son realmente comprensibles para nosotros,  pero, debemos precisar sus dificultades. Resulta más adecuado a la  realidad, hablar de la manifestación del Señor, no olvidemos como nos dice San Pablo, que en Él vivimos, nos movemos y existimos.

Los discípulos, ante la partida del maestro, le preguntan "es ahora que vas ha instaurar el Reino de los cielos", es decir, esta acción potente de Dios que todo lo someterá definitivamente, ¿cuándo se va a realizar?. Jesús aclara que no les corresponde a ellos saber el día ni la hora. Ya había advertido a sus discípulos, sobre la  inesperada y repentina forma  de su llegada, "como el ladrón por la noche". Vaya si resulta sugestiva esa advertencia del Señor. La Palabra de Dios que abunda en ejemplos viene en nuestra ayuda.

 

Así ocurrió en los días del Diluvio (Gn 6,5-7,24) avisados los hombres de la irrupción de Dios con su acción purificadora, no dieron crédito a este aviso. En la manifestación de la zarza ardiendo, Moisés es primero atraído por algo que a lo lejos se quema  sin consumirse(Ex.3,1-6), y que lo encuentra en un país lejano, intentando apartarse de la suerte del Pueblo de Dios. Huye de aquel Pueblo y se encuentra con su Dios.  Elías es sorprendido por el Señor en el susurro de una  brisa suave (1 Re 19,13) .

 

 En los hechos narrado por los Evangelios, sobre la llegada de Jesús, vemos como todo lo que rodea su nacimiento se mueve en  circunstancias que nos resultan desconcertantes. Si el Hijo de Dios se va a Encarnar, uno podría pensar, que la creación entera estará esperando realizar el más grande cortejo de reconocimiento. Pero los hechos  de la salvación van por otro lado, siendo que su familia no vive en Belén nace allí  por razón de un censo que se decretó (Lc 2,3); su Encarnación se realiza por la acción potente de Dios en una joven Virgen (Lc 1,26-38); su custodio, san José es un hombre justo que acepta el designio de Dios (Mt 1,19-25), el pesebre es el lugar elegido por Dios desde la eternidad  porque no hay lugar para ellos en la posada(Lc 2,7).El profeta Isaías anunciaba que los caminos de Dios no son nuestros caminos,  Dios viene a nuestro encuentro, y su llegada a nuestra vida se realiza por caminos que solo Él conoce.

 

5.3- Lo vibrante de la espera

 

 Israel recibió de Dios su proyecto con el nombre de ALIANZA, ella estaba sustentada sobre una Promesa de Amor. Abraham fue el primero en recibir esta Promesa y en haber creído en ella:

"Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre, que servirá de bendición."(Gen 12,1). En el escrito a los hebreos, se alaba su fe: "Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba" (Heb 11,8)

Lo propio de la fe no es fundarse en la experiencia, siempre limitada, sino fundarse en la Promesa, es decir, creer en cosas cuya experiencia aún no se tiene, la fe es una  aptitud para salir de sí. La Promesa hecha a Abraham es renovada a los profetas, ellos advierten que Dios ha hablado en el pasado, y anuncian que vamos hacia otra Tierra prometida respecto a la cual la primera tierra no era sino apariencia.

 

A lo largo de la historia sagrada, somos invitados a vigilar, ello significa velar, estar despiertos para evitar ser sorprendidos. Como el pastor que cuida de su rebaño en el Evangelio, o como aquellos que estando despiertos recibieron la gran noticia de ir a Belén para adorar al niño en el pesebre (Lc 2,8-10).

Vigilar es seguir a Jesús, elegir lo que él eligió, amar lo que amó. Significa atender con amor a alguien, guardar cuidadosamente algo que vale mucho. Vigilar exige estar atentos, estar despiertos para entender lo que acontece, ser agudos para intuir la dirección de los acontecimientos y estar preparados para hacer frente a la emergencia. Supone tener la percepción del tiempo en el horizonte del amor con el que Dios nos ama. El Señor conoce la ambigüedad que se oculta en el tiempo del hombre, el día luminoso de nuestra salvación se acerca, pero, todavía no ha alcanzado su pleno esplendor. Desde nuestro Bautismo, la salvación de Dios está en nosotros, pero en el transcurso de nuestras vidas debemos ir tomando más y más conciencia de esta realidad. La Iglesia en el Adviento celebra la primera venida de Cristo en carne, y la que cotidianamente realiza Jesús a través de los sacramentos en la Iglesia y la segunda venida, la Parusía, para completar y coronar la obra iniciada por él mismo y continuada por el Espíritu que conduce a su Esposa la Iglesia, para que aliente en los creyentes y en todos los hombres de buena voluntad la esperanza en el Señor que llega.

 
Dos obstáculos

 

Los obstáculos provienen de que el objeto de la esperanza “es el bien difícil, pero posible de conseguir por sí o por otro”[18].El camino de la desesperación cobra en su inicio dos formas en la Escritura; la de un adormecimiento (decaimiento) o un desaliento (tristeza). El movimiento opuesto a la Esperanza, que es loable y virtuosa, es la desesperación que realiza un juicio falso de Dios[19]. El hombre que desespera, piensa que Dios no perdona al pecador arrepentido. Juzga muchas veces el amor de Dios a luz de su pecado, y piensa que su pecado es mayor que el amor de Dios. El que desespera ve los cielos cerrados y no percibe ninguna salida posible a su situación.

Pensemos en Judas, ha traicionado a Jesús por 30 monedas, en lugar de arrepentirse y pedir perdón, desespera (Mt27,3-10). Hace lugar en su corazón a un pensamiento diabólico, Dios no puede perdonarte. No hay Amor que puede redimir esa ofensa, el Diablo, en su oficio de acusador cierra todos los caminos y sume en la tristeza al pecador.

Pensemos ahora en Pedro, ha traicionado a Jesús (Mt 26,69-75), pero aguarda arrepentido el perdón de Dios. El Espíritu Santo, dinamiza su espera con el consuelo de saber que el Amor de Dios es más grande que su pecado. El Amor vence, los brazos de Cristo en la Cruz trazan un signo indeleble sobre la humanidad, Dios abre y ya nada ni nadie cerrará la misericordia que se derrama sobre el mundo. No hay pecado que Dios no pueda perdonar, si el hombre se arrepiente.La desesperación es un pecado contra una virtud teologal (esperanza) y “teniendo las virtudes teologales por objeto a Dios, los pecados opuestos a ella implican directa y principalmente, el alejamiento de Dios”[20].

 

EL sueño (decaimiento)

La actitud del cristiano no es la de evadirse del tiempo para encontrar la eternidad (así ocurre con el budismo[21]), su misión consiste en comprometerse con el proyecto amoroso de Dios, y así, poner todas las cosas a los pies de Cristo, para que  éste las ofrezca al Padre. El hombre es el único que puede todos los días dignificar su obra (trabajo, etc...) elevándolo a la condición de ofrenda.

El sueño es un obstáculo, así ocurrió a los discípulos, estando en un momento tan crucial como la pasión, y siendo que Jesús les pide que velen con él (Mt 26,38), ellos se duermen (Mt 26,40). Cierran sus ojos ante la realidad, y duermen  mientras Jesús padece en la oración la angustia de la llegada de "su hora". Si duermen en "la hora de Jesús"  es porque no han penetrado en la realidad última que encierra este combate.

 

El desaliento (tristeza)

Ciertamente, el enemigo quiere que desesperemos, presentándonos el camino emprendido como demasiado arduo o la meta como imposible de alcanzar. El joven rico del Evangelio ha emprendido el camino, pero la propuesta de Jesús se torna exigente y el joven se marcha entristecido (Mt 19,22).

El desaliento a nivel intraeclesial[22], se viste con una mirada árida y excesivamente superficial, en torno a la repercusión de la predicación del Evangelio en la sociedad. Ya San Pedro nos advertía :

“Sabed ante todo que en los últimos días vendrán hombres llenos de sarcasmo, guiados por suS propias pasiones, que dirán en son de burla. “¿Dónde queda la Promesa de su Venida? Pues desde que murieron los Padres, todo sigue como al principio de la Creación”.

Nada detiene la obra de Dios, este es un anuncio del Adviento. Hay realidades que nos atemorizan o que nos hacen preguntarnos perplejamente,¿cómo saldremos de esta situación? El secularismo que se cierne cruelmente sobre los creyentes, la cultura atea, el hedonismo y tantas otras formas de cerrar el horizonte del hombre, no pueden con el Amor de Dios expresado en Jesucristo. En el trono está Dios y el Cordero (Ap.4-5). “No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la Promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que alguno perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2 Pe 3,9)

 

5.4- La gracia (gozosa) del Encuentro

Uno de los personajes bíblicos  propios de este tiempo, es el anciano llamado Simeón, todos sabemos que subía frecuentemente al Templo de Jerusalén, impulsado por una promesa. Esa promesa había alimentado en Él la esperanza. ¿Cuántas veces se habrá sentido cansado o desalentado?. Cuántas veces habrá sobrevolado sobre su corazón una nube que cubriéndolo le decía: esto que tu persigues es un espejismo.

 

Era obvio, que esa actitud valerosa de subir frecuentemente al templo de Jerusalén lo había fortalecido para resistir a esas voces interiores desalentadoras, lo había hecho hundir sus raíces  en la voz amigable de Dios que lo consolaba con la Promesa. Es un Testigo de la Esperanza. Y a pesar del barullo exterior, él reconocía esa voz y creía en ella, fue así que no abandonó aquella ruta amorosa que día a día recorría. En uno de esos tantos días, llegó al templo de Jerusalén. 

Los que estaban aquel día en el templo de Jerusalén, vieron como una mujer con un niño en sus brazos avanzaba hacia el sacerdote, para todos los allí presentes, ninguna cosa era novedosa. Nada era capaz de suscitar un júbilo extraordinario. Sólo aquel anciano llamado Simeón pudo en medio de esa multitud, abriéndose paso, llegar hasta el niño y tomándolo en sus brazos exclamar: " ahora puedes dejar ir a tu siervo en paz porque mis ojos han visto la salvación". Solo él pudo ver la salvación que Dios les había prometido en aquel niño. ¿Qué lo capacita para ver ésta realidad? . Ha oído en medio del barullo imperante la voz del Señor. Su vida se ha ido nutriendo de Dios. No es un improvisado, no se trata de un enamoramiento primaveral. Su amor a Dios se ha templado bajo sol en el camino de la vida y su vida da testimonio de esta Esperanza.  

 

Marana tha ("Ven, Señor") son las últimas palabras del Apocalipsis, ha sido una de las oraciones más frecuentes de los primeros cristianos, lo que muestra que su  actitud fundamental  era una espera de la vuelta de Cristo, en tanto que enviado de Dios, esperado. Así, el Apocalipsis  termina con esta frase": Dice el que da testimonio de todo esto: "Sí pronto vendré". ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!" (Ap. 22.20).

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Christoph Schönborn, Liturgia y sacramentos en el Catecismo de la Iglesia Católica, Encuentro, Madrid,2000,p.35.

[2] Si con fiesta de Resurrección se define el significado central de la fiesta cristiana, la adoración es el núcleo que la configura: en ella vence a la muerte y se hace posible el amor. La adoración es la verdad. Joseph Ratzinger, La fiesta de la fe, Desclée de Brouwer, Bilbao,1999,pp. 90-91.

[3] Christoph Schönborn, Liturgia y sacramentos en el Catecismo de la Iglesia Católica, Encuentro, Madrid,2000,p.8.

[4] Ibíd,9.

[5] Nuestro culto será siempre respuesta a los dones de Dios. Un doble movimiento caracteriza, por tanto, a todo acontecimiento litúrgico: un movimiento descendente y un movimiento ascendente; el movimiento que tiene su punto de partida en el Padre eterno, fuente y origen de la vida, y el que retorna a él en forma de súplica, acción de gracias y alabanza. Para indicar ambos movimientos, el lenguaje original d ela Biblia, el hebreo, emplea una misma expresión. El término “barak”, “berakah”, significa tanto bendecir, la bendición de Dios, como la respuesta con la que nosotros bendecimos, alabamos a Dios. Christoph Schönborn, Liturgia y sacramentos en el Catecismo de la Iglesia Católica, Encuentro, Madrid,2000,p.10.

[6] Christoph Scönborn, Liturgia y sacramentos en el Catecismo de la Iglesia Católica, Encuentro, Madrid,2000,p.32.

[7] “El hombre nuevo es ante todo un hombre de oración, un ser litúrgico: el hombre del Santus, el que compendia su vida en estas palabras del salmista: “Yo canto al señor mientras vivo”. Recientemente en ambiente de ateísmo del Estado, a falta de una vida litúrgica regular, el episcopado ruso ha exhortado a sus fieles, a convertirse en templos, a prolongar la liturgia en su existencia cotidiana, a hacer de su vida una liturgia, a presentar a los hombres sin fe un rostro y una sonrisa litúrgica, a escuchar en silencio al Verbo a fin de hacerle más poderoso que una palabra. Esta presencia litúrgica santifica las parcelas del mundo y contribuye a la verdadera paz de la que habla el Evangelio”. Paul Evdokimov, El amor loco de Dios, Narcea, Madrid,1990,pp. 68-69

[8]Louis Bouyer, La vie liturgique.

[9] L.Bouyer, La vie liturgique.

[10] Rudolf Schnackenburg, Observad el signo de los tiempos, Sal tearrae, Santander,1977, p.9.

[11]  R. Guardini, El Espíritu de Dios Viviente, Paulinas, Bogotá, 1992, pp.66-67.

[12] “Se ha dicho que la Esperanza tiene razón de virtud, porque llega a la regla suprema de los actos humanos;  a la cual toca, ya  como a causa primera eficiente, en cuanto se apoya en su auxilio, ya como a última causa final en cuanto que espera en el goce de ésta la bienaventuranza. Así es evidente que objeto principal de la Esperanza, en cuanto virtud, es Dios. Luego, consistiendo la razón de la virtud teologal en tener a Dios por objeto, como se ha dicho , es notorio que la esperanza es virtud teologal. Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-IIae,C.17,a.5.

[13]  Josef Pieper; Las virtudes fundamentales Rialp, Madrid, 1980, p.377.

[14] Ibíd.,370.

[15]  “La antemisa es el estuche de la misa. Los monjes se preparan para la eucaristía por medio del oficio de Laudes. Nosotros podemos hacerlo por medio de un estilo de vida más calmado, más propicio a la escucha y a la disponibilidad del corazón, o bien meditando con antelación las lecturas del día.” Godfried Dannels, entre Dios y nosotros, un diálogo de amor: la Eucaristía, Cuaderno Phase,  Nª 77.

[16] Hans Urs von Balthasar, Tú coronas el año con tu gracia, Encuentro ,Madrid,1997, pp.223-224.

[17]  “Debe decirse que la certidumbre puede existir en algunos de dos maneras, a saber, esencial y participadamente. Esencial se halla en la facultad cognoscitiva, y participadamente, en todo lo que es movido infaliblemente a su fin por dicha facultad cognoscitiva. Según este modo, dícese que la  naturaleza obra con certeza, como movida por el entendimiento divino que dirige con certeza cada cosa hacia su fin. Según este modo se dice también, que las virtudes morales obran más ciertamente que el arte, por cuanto que, a la manera de la naturaleza, son movidas por la razón a sus actos, y de este modo también la esperanza tiende con certeza a su fin, como participando la certidumbre de la fe que existe en la facultad cognoscitiva”. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica II-IIae, C.18, a.4.

[18] Ibid II-IIae,C.20,a.4.

[19] “ Mas con respecto a Dios, la apreciación verdadera del entendimiento consiste en que piense que de Él proviene la salvación de los hombres y se otorga el perdón a los pecadores, según estas palabras: No quiero la muerte del pecador  sino que se convierta y viva (Ez 18,32). Pero está en lo falso, si piensa que Dios retira al pecador penitente su perdón o que no convierte a sí a los pecadores por la gracia santificante. II-IIae,C.20,a.1.

[20]II-IIae,C.20,a.3.

 

[21] “El estoicismo es una manera de luchar contra el sufrimiento. Es éste también el razonamiento de los budistas: hay que escapar al sufrimiento; luego la mejor manera de no sufrir es la de suprimir en sí todo deseo. Como decía Gide a Claudel: “Quiero morir perfectamente desesperado”, es decir, habiendo renunciado totalmente al mundo de la esperanza en una serenidad absoluta. Tal actitud se halla en muchos espíritus contemporáneos, que dicen: “no debemos esperar nada, simplemente debemos esforzarnos por existir”.Contrariamente a estas apariencias sabias, el cristiano cree en la felicidad y en el porvenir. Por otra parte, el cristianismo no es una sabiduría, es una fe”  Jean Daniélou, Contemplación, Crecimiento de la Iglesia, Encuentro, Madrid,1982, p.56..

[22] Ya Santo Tomás se pregunta si la desesperación proviene de la Acedia (II-IIae,C.20,a4).  El P. Bojorge en su segunda obra sobre el “hecho de la Acedia” pinta la realidad en la vida creyente.

“Estamos en la hora riesgosa para que, pensando que el Señor tarda, se duermen las vírgenes necias y los administradores infieles. En la hora riesgosa para que descarten la venida del Señor para dedicarse a sus propios asuntos, olvidados de los intereses del Reino. No sólo la cultura y la civilización sino también la teología naturalista ha alejado a Dios, lo ha declarado recluido en su lejanía y ya no lo espera.

Esta es la hora riesgosa para que, como la Magdalena, muchos que aman a Jesús, den por muerto al señor y se entristezcan...El Señor les parece muerto o ausente. Son tiempos de acedia, tiempos de ceguera para el bien presente”. Horacio Bojorge, Mujer ¿por qué lloras? Lumen, Buenos Aires, 1999, p.13.

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