FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)

SARA Y REBECA

La belleza fatal

Horacio Bojorge S.J.

 

1.- Tres cuentos escandalosos

Hay tres relatos en el libro del Génesis sobre los que se suele pasar como sobre ascuas, porque parecen dar más motivo de escándalo que de enseñanza y edificación. Tras leer Génesis 12,10-20; 20,1-18 y 26,7-11, no se entiende bien cómo puede decirse de esos textos, lo que San Pablo afirma de las Sagradas Escrituras: que son todas ellas inspiradas por Dios y útiles para enseñar, corregir y educar en la justicia y así el hombre de Dios se encuentre perfecto y preparado para toda buena obra [1].

El escandaloso argumento de estos relatos es el siguiente: para evitar que el monarca - el Faraón en el primer relato y Abimélek rey de los Filisteos, en los otros dos - tentado por la hermosura de las esposas de los patriarcas, los mate para arrebatárselas y agregarlas a sus harenes, Abraham en los dos primeros relatos e Isaac en el tercero, presentan a sus esposas, Sara y Rebeca respectivamente, como si fueran sus hermanas y no sus esposas.

En el primero de los relatos se da a entender que el Faraón tomó a Sara por mujer y no se acierta a saber si el texto vela o revela pudorosamente que cohabitó con ella. En el segundo relato, Abimélek, rey filisteo en Guerar, es disuadido en sueños de cohabitar con Sara so pena de terribles castigos. En este segundo relato - como veremos - se trata de explicar que Abraham no mintió al presentar a Sara como su hermana, pues era realmente media hermana suya. En la tercera historia, el mismo Abimélek, rey filisteo de Guerar, descubre a tiempo la mentira de Isaac respecto de Rebeca y toma muy a mal el engaño que lo expuso a grandes males.

Tales relatos, - sobre todo el primero, que no ha sido dulcificado -, resultan, con razón, chocantes. Y no sólo porque en ellos los patriarcas aparecen mintiendo, sino, más aún, porque parecen avenirse a entregar a otro sus mujeres para salvar la propia vida. También, o quizás sobre todo, porque, considerándonos los creyentes tan hijos de Sara como de Abraham, nos afrenta, nos atormenta, imaginar a nuestra madre en el lecho del Faraón; o a ella, o a su nuera, en el harem de Abimélek, el rey filisteo.

Hemos dicho que en el segundo relato, el de Génesis 20,1-18 se corrige la impresión de que Abraham mintiese. Allí se nos explica que efectivamente Sara era hermana de Abraham por parte de padre.

La explicación, sin embargo, no sólo deja en pie el principal motivo de escándalo en la narración, sino que enreda aún más lo que quería desenredar, porque si se tienen en cuenta las rigurosas leyes del Levítico 18, el matrimonio de Abraham con una hija de su padre era una de las uniones explícitamente prohibidas como incestuosas (18,9). No acierta uno a saber qué es más inmoral, la tacha de mentira o la de incesto [2].

Llama por otra parte la atención que tanto el Faraón como el rey filisteo parezcan tener más temor de incurrir en adulterio que los patriarcas. Ambos monarcas se horrorizan, por sus terribles consecuencias, del engaño a que se los ha sometido o se los ha querido exponer. Sobre el Faraón se precipitan terribles plagas que parecen preanunciar las del Éxodo. Al rey filisteo se le preanuncian en sueños castigos terribles. Estos monarcas parecen sensibles para creer en la existencia de una némesis moral inmanente y divina, que acarrea maldiciones aún al ignorante que tome mujer ajena.

 

2.- ¿Tres narraciones didácticas?

¿Cuál es la intención de estas narraciones? Es obvio que la intención del autor sagrado no es amenizar con ellas su obra, condimentándolo con algo de sexo, intriga y suspenso; y resolviéndola con un happy end. El hagiógrafo no es ni un libretista de Hollywood ideando un film taquillero, ni un novelista cocinando un best seller. Tampoco intenta meramente entretener con un cuento de fogón.

Por otro lado, las suyas son historias tan verosímiles que no puede dudarse de que carezcan de fundamentos históricos y que sean ficciones fruto de pura imaginación. Reflejan situaciones y episodios no sólo posibles sino comunes en su época y durante muchos siglos en aquellos ambientes, que no era necesario inventar.

Se trata, evidentemente, de 'historias de familia' conservadas por su valor aleccionador y narradas, -no se excluye que alrededor del fogón familiar- con intención didáctica.

2.1.- Foguear el corazón de la mujer israelita y preservar la santidad familiar en medio de las naciones

Podemos tratar de comprenderlas como dirigidas a: a) formar el corazón de las jóvenes israelitas. Pero: b) no con una mera intención moralizante y ética, sino como la precondición necesaria para preservar la cultura familiar del pueblo de la Alianza en medio de culturas de fuerza avasalladora. Los relatos tienden a salvaguardar la santidad familiar del pueblo de la Alianza, para lo cual era necesario un tipo de mujer que pudiese resistir al atractivo de usos culturales extraños a su pueblo. Un tipo de mujer 'matriarcal' para esposa de los patriarcas. Diferente y en oposición a un tipo de mujer sexy más propio de las culturas erotizadas de Egipto y Canáan, donde sexualidad y santidad familiar estaban disociadas, como lo denuncia Levítico 18,3 [3]. El modelo femenino de esas culturas, sin embargo, no carece de seducción para el alma femenina.

En los números siguientes desarrollaremos más diversos aspectos de estas dos intuiciones o tesis.

2.1..1 Las bellas sensatas

a) Los tres relatos ponen en juego una serie de contenidos propios del alma femenina: la belleza, la fidelidad, el halago de ser admirada por reyes y soberanos, la conciencia de que su belleza puede ser una amenaza para la vida de sus esposos, la conveniencia de velar la propia belleza a los ojos ajenos para proteger a los suyos, las desgracias en que precipita la lujuria que su belleza despierta en el varón, las desgracias que puede atraer su belleza sobre ellas mismas, sobre los suyos, e incluso sobre los seducidos por su hermosura. La historia de Dina, en Génesis 34, parece trasmitir un mensaje parecido.

2.1..2 En el mundo pero no del mundo

b) Los tres relatos se presentan en ocasión de 'viajes al extranjero'. En el primero y tercer relato, lo que empuja a Abraham y a su hijo Isaac fuera de su habitat, es el hambre. Ella los obliga a ir, en busca de susbsistencia, a esas tierras donde habitan pueblos de civilizaciones más prósperas: "Hubo hambre en el país" comienzan contando el primero y tercer relato (Gen 12,10; 26,1). Por hambre, pues, baja (yarad) Abraham a Egipto y va (halak) Isaac a Guerar.

El segundo relato nos dice, con un juego de palabras, que Abraham habitó como extranjero (ger, gur) en Gerar, tierra de los filisteos. En este caso no se habla explícitamente de hambre, pero puede suponerse que se trata de una forma semejante de la necesidad: encontrar nuevas tierras de pastoreo para sus ganados.

En este caso, por contraste, no sería el hambre sino la abundancia de los ganados de un Abraham bienandante y rico [4] el que lo empuja a tierras y entre culturas extrañas en busca de pastos para sus ganados. En efecto: esta segunda narración culmina con el ofrecimiento de sus tierras de pastura a Abraham por parte del monarca filisteo: "Ahí tienes mi país por delante, quédate donde se te antoje" (Gn 20,15). Y en el mismo relato, Abraham aparece como propietario de pozos (Gn 21,25).

Todo este relato elohista de Gn 20 y 21, se ocupa de las relaciones de Abraham con los habitantes de Guerar y con Abimelek, el rey filisteo, con el que termina pactando una alianza de amistad.

2..1.3 Cuidado que aquí es distinto

Queda así de manifiesto que el episodio de la esposa que debe pasar por hermana es uno de las situaciones que se suscitan por vivir como extranjero en medio de otra cultura.

Los patriarcas se ven, pues, obligados a cambiar de habitat e ingresar en territorios de culturas que son en todos los aspectos -menos en el religioso y familiar - más refinadas y superiores a las suyas: la egipcia y la filistea. En esas culturas, el erotismo permite separar sexualidad y familia.

Entre el primero y el segundo de nuestros relatos, encontramos abundante material relativo a las relaciones de Abraham y Lot con los pueblos vecinos. Inmediatamente después del relato de la bajada a Egipto, Abraham se separa de Lot y éste va a instalarse en la región de Sodoma y Gomorra. Abraham hace guerra para liberar a su sobrino. La destrucción de Sodoma y Gomorra es ocasión de pintar la corrupción cultural de las ciudades donde había ido a instalarse Lot. Más terrible que la sodomía, considera el autor sagrado la falta contra el derecho sagrado que da la hospitalidad.

 2.1..4 Uno puede terminar siendo como ello

El relato de Génesis 19,30-38, que relata el incesto de las hijas de Lot con su padre, del que nacen los moabitas y los amonitas, expresa por un lado la perversión del criterio de las jóvenes que habitaran Sodoma y Gomorra, y por otro, quizás, el juicio adverso de los israelitas sobre el erotismo incestuoso en Ammon y Moab, que atribuyen a una herencia bebida con la leche materna: de tales madres tales pueblos...

Tanto la bienandanza excesiva como la necesidad pueden poner en situación de tentación y pueden terminar en corrupción. El trato con otros pueblos siempre es peligroso para la propia identidad, y el reblandecimiento cultural puede entrar a través de la mujer.

Para subsistir o para seguir prosperando, los patriarcas tienen que poner en riesgo su santidad familiar, de pueblo de la alianza. Para atender a la necesidad imperiosa de los estómagos deben exponerse - y exponer a sus esposas e hijas - al contacto con culturas que pueden destruir cambiar el corazón de sus mujeres y de sus hijas, destruir su tejido familiar y cultural, absorberlos y asimilarlos. Las mujeres israelitas no sólo corren riesgo individual de violación sino otros riesgos, de peores consecuencias para los suyos: el de la corrupción de sus criterios y costumbres, el de la deformación de su autoimagen de mujer.

De hecho, la situación de extranjeros, peregrinos, necesitados, los pone en condiciones de especial debilidad ante sus huéspedes, fuertes, refinados, prósperos, pero pervertidos. ¿No pone la necesidad en el peligro de vender el alma? ¿No pone la necesidad en peligro de olvidar la identidad y la dignidad propias? ¿No constituyen esas culturas refinadas una atractiva seducción?

 

3..-

Examinaré más de cerca y expondré algunas enseñanzas que me parece que se desprenden de tres estos relatos de los que estoy tratando.

3.1.- La belleza de la esposa pone en peligro la vida del esposo

El relato bíblico pondera la belleza y apostura de Sara y Rebeca. Lo hace con matices distintos. De Sara se dice que era hermosa de aspecto, muy hermosa [5]. De Rebeca que era apuesta, de buen ver, de buen aspecto o apariencia [6]. Queda fuera de duda que eran 'de belleza internacional'; muy atrayentes también para los extranjeros.

En el Antiguo Oriente, donde los israelitas, viviendo como extranjeros y peregrinos estaban solos, desprotegidos y desamparados, estaban a merced de los poderosos.

El Faraón, o el rey de los filisteos, que tienen su harén, los simbolizan. Monarcas en sociedades muy erotizadas, eran arquetipos de la erotización que caracterizaba esas culturas.

El libro del Levítico, al trazar el código de santidad sexual del pueblo elegido, le advierte: "no hagáis como se hace en la tierra de Egipto, donde habéis habitado, ni hagáis como se hace en la tierra de Canaán a donde os llevo, no debéis seguir sus costumbres. Cumplid mis normas y guardad mis preceptos [de santidad familiar] caminando según ellos" (Lev 18,3-4).

¿Quién podría resistir al capricho de un soberano deseoso de agregar una bella a su colección de mujeres? La belleza de las matriarcas ponía pues en real peligro la vida de sus esposos.

3.2.- La belleza de la mujer pone en peligro su propia felicidad

Si bien la mujer israelita podía sentirse halagada por que su belleza fuese admirada por los extranjeros, y más aún, que se fijaran en ellas hombres notables y monarcas poderosos, la perspectiva de ser incorporada a un harem, y perderse en el anonimato en medio de mujeres rivales y extranjeras, para cebo de la lujuria de un soberano, no debía parecerles una alternativa halagüeña, sino, más bien, una posibilidad terrorífica.

Bien puede imaginarse el harem como una especie de pesadilla infernal para el alma femenina: una especie de prostíbulo privado del soberano; un lugar donde, a merced de la pasión del monarca, las concubinas se despedazaban por sus rivalidades y sus celos, condenadas a no poder realizar jamás el más íntimo anhelo del corazón femenino: ser la única. Era bien preferible para la israelita ser la única y la amada de su esposo bajo el precario techo de la tienda, según la usanza de su pueblo.

Hay aquí, quizás, una explicación de por qué no se nos narra ninguna historia semejante acerca de Lía-Raquel. La suerte de ambas hermanas condenadas a rivalizar por el amor del esposo con las armas del encanto y los hijos, tenían, por fuerza, que considerarla trágica y nada envidiable las mujeres israelitas. Los sufrimientos de Ana, la madre de Samuel, mortificada por Feniná [7], la otra esposa de su marido, dan una idea de esas penas infernales que podía sufrir una mujer sobre la tierra.

Por el contrario, la situación de Sara y de Rebeca parece encarnar el ideal femenino israelita. Ellas, mientras vivieron, fueron las únicas para Abraham e Isaac respectivamente.

3.3.- La belleza salvífica de la mujer israelita

Tanto la belleza personal, el encanto femenino, la capacidad de suscitar la admiración y de ser pretendidas por hombres poderosos y de elevada condición, son hechos que pueden halagar naturalmente al corazón femenino. La heroínas israelitas, saben poner su gloria y su belleza al servicio de la salvación de su pueblo, de la misma manera que las matriarcas estaban dispuestas a sacrificar hasta su honor de mujer por salvar la vida de sus esposos. La reina Ester, por ejemplo, será una hija de Israel que usará sus encantos y su capacidad de seducción sobre el corazón del Rey pagano, en favor de su pueblo. La joven viuda Judit usará su belleza como señuelo para seducir al general enemigo y quitarle la vida.

La belleza de la mujer israelita no debe estar al servicio de su gloria propia. No la recibe la hija de Israel para estarse mirando al espejo o para complacerse en rendir a los hombres, en aras de su vanidad o de sus sueños de ambición personal, como hacen las mujeres de las culturas erotizadas.

La belleza femenina es salvífica. Debe desvelarse si es necesario para salvar y debe velarse cuando sea necesario para salvar. La mujer israelita es un miembro de su pueblo y se siente responsable de él tanto como de su esposo.

3.4.- La mujer fatal

En las tres narraciones a que nos referimos se afirma que el adulterio, real o posible, aún cometido por ignorancia, es causa de terribles males para el Faraón o para los filisteos.

Sara y Rebeca no sólo son un peligro por su belleza para la vida de sus maridos, sino que se convierten también, para los que las codicien, en mujeres fatales.

Se lee en el trasfondo de estos relatos la convicción más o menos inconsciente de que hay en la mujer, latente, una posible destructividad. Así como la mujer es causa de intensa dicha y bendición, puede ser causa de desgracia y maldición.

La antigüedad conoce bien la fuerza catastrófica de la belleza femenina. La guerra de Troya, cantada por Homero, tiene su causa en la belleza de Helena. Esta conciencia es capaz de halagar y asustar a la vez al alma femenina.

3.5.- ¿Contra el adulterio y los matrimonios mixtos?

El adulterio aún cometido al margen de la conciencia moral, es una contravención del orden creado que parece acarrear una némesis ineluctable, desencadenada automáticamente por las fuerzas de la naturaleza misma, y al margen de toda culpabilidad moral.

Si la mujer israelita es, en el seno de su pueblo y de su matrimonio, portadora de bendición, fuera de su pueblo y unida a extranjeros se convierten en causa de maldición. Bellezas malditas, hadas malignas, brujas hermosas...

3.6.- ¿Justificación del velo?

Estamos haciendo lo que nuestras historias, sin duda más sabias que nosotros, no hacen: explicitar enseñanzas. Nuestras historias no explican nada. Se limitan a narrar. La intuición femenina, a la que van dirigidas, no sólo no necesitan explicaciones, sino que podría ser contraproducente.

La mujer inteligente comprenderá por sí misma que debe ocultar su belleza a los ojos de los extraños y recatarla sólo para su esposo. Por la seguridad de la vida de su esposo, debe renunciar a exhibir su encanto o su belleza ante extraños. Aunque su coquetería natural pudiera inclinarla a eso, es necesario sacrificar los halagos por amor. Es una manera típicamente femenina de morir a sí misma por amor al esposo. La mujer que ama al esposo sabe renunciar a la exhibición de su encanto y de los atributos de su gloria femenina. Sabe renunciar al halago de ser admirada.

Por eso, la casada se velaba. Y hoy, si bien no se pone un velo, se corta el cabello, que por el contrario cultivan y muestran largo las jóvenes núbiles.

¿Es el hombre el que, en la sociedad islámica, impone a la mujer el uso del velo? ¿O es la mujer islámica misma la que se lo autoimpone por amor a su esposo? Bien puede pensarse que es la mujer islámica la que autocensura la exhibición de sus glorias femeninas, por no exponer la vida de su esposo, en una sociedad donde, hasta hoy, el erotismo ambiente y la lujuria de los poderosos colecciona mujeres en su harén. La existencia del velo persuade de que en el Islam persiste el peligro de vida para el esposo de una mujer hermosa.

3.7.- Del velo al recato

Aunque nuestras condiciones sociales y culturales sean hoy distintas, sigue siendo verdad que la hermosura de la mujer casada, si no se vela con el recato, la modestia en el vestir y en la conducta, pone en peligro, si no ya la vida de su esposo, sí la castidad propia o ajena, la estabilidad del matrimonio, y de esa manera la fidelidad y la felicidad, es decir la vida afectiva de su esposo [8].

En las actuales condiciones de vida, donde la mujer se ve obligada a trabajar ocho horas o más, puede estar en situación de pasar más horas en compañía de sus compañeros de trabajo varones, que en compañía de su esposo en casa.

En estas situaciones, es más peligroso descubrir no sólo los encantos físicos, sino también los encantos espirituales del alma femenina. La mujer fácilmente se siente halagada por la admiración y la atracción que produce en los varones su encanto físico, pero también su encanto y sus atractivos espirituales y humanos. Y una amistad nacida en el lugar del empleo puede crecer hasta rivalizar con la amistad matrimonial.

Las narraciones de familia bíblicas no nos lo dicen, pero la mujer intuitiva entiende su mensaje. Por amor a su esposo, por amor a los suyos, es necesario que sepa velar, ocultar, recatar sus glorias exteriores y aún las interiores. Es necesario que inhiba sus facultades de seducción, mortificando la natural inclinación a desplegarlas; que oculte sus encantos a terceros.

En conclusión: parece que el velo - sea material, o a falta de él, psicológico, espiritual, social o cultural - que vela modestamente las glorias femeninas, no es una imposición ni una ley, es una conclusión que, espontáneamente, ha de sacar la mujer que desea proteger a los que ama ya los que podría dañar su deseo de mostrarse. Y por algo la sabiduría divina no ha querido hacer de esto ley, sino sugerencia discretísima, insinuada apenas a la penetración intuitiva del alma femenina. Ha de ser algo que decida ella misma, por ley de su amor.

 

4.- Sara: la princesa

El nombre Sara, quiere decir princesa. Hay algo misterioso y hermoso en el nombre de la madre de los creyentes y esposa de Abraham. Es un nombre apropiado para la que es la madre de un reino de sacerdotes y una nación santa [9] y en cuyas entrañas estaba ya toda la descendencia mesiánica, José, María y Jesús incluidos. Ella es pues reina, hija de Rey y madre de reyes. Y todas sus hijas lo son: princesas, hijas de Rey y madres de reyes.

Los cuentos de hadas sugieren a la mujer, ya desde niña, que ella es una princesa. Y si a nuestras niñas creyentes les explicáramos los cuentos de hadas a la luz de la historia sagrada, comprenderían que ellas, como Sara, son princesas porque, como mujeres, están destinadas a ser fundadoras de un linaje de creyentes y adoradores que existirá eternamente ante Dios para glorificarlo por los siglos.

Los cuentos de hada dicen también que la mujer es princesa pero que está presa en una torre, en la que están encastillados sus encantos. Es la suya una torre que todos los guerreros quisieran conquistar, pero a la que uno solo, el príncipe, acude por conquistar la princesa.

Pero estos ya son otros cuentos.

NOTAS 

1) 2 Timoteo 3,16

2) Por este y los detalles antes reseñados, muchos intérpretes piensan que hubo una moralización progresiva de estas historias hasta culminar en el relato de Gn 26,7-14. Puede alegarse que la ley del Levítico representa un estadio posterior de la conciencia y de la legislación moral. Es cierto. Pero, aparte de que las relaciones consideradas incestuosas por el levítico parecen reflejar una conciencia antiquísima, también la enmienda de la mentira parecería tardía.

3 "no hagáis como en Egipto de donde venís ni como en Canáan a donde váis

4) Ver Génesis 13,2

5) linda de aspecto: yefat-maréh (Gen 11,11); era muy linda: yafáh hi' me'od (11,14)

6) de buena apariencia: továh mar'éh (Gen 24,16; 26,7). De Raquel se dice de ella que era de linda forma y lindo aspecto: yafat-to'ar weyafat mar'eh (Gen 29,17) mientras que el encanto de Lía estaba en su mirada tierna: weceiney léa'h rakot. La reina Ester y Judit reunirán en sí los atributos de Sara y Rebeca. Ester era hermosa de formas y de buen aspecto yafat-to'ar wetovat mar'eh (Ester 2,7; cfr. Judit 8,7)

7) Feniná: en hebreo significa vuélvete a mí, mírame, atiéndeme y expresa muy bien el deseo natural de la esposa de ser el objeto de la atención de su marido.

8)Algo análogo vale para la mujer consagrada, desposada con Cristo. También sabrán aplicarse las enseñanzas implícitas en estas historias las mujeres consagradas, esposas del Señor.

9) Éxodo 19,6

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