FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
José Luis (Dimas) Antuña Gadea
1894-1968
Vida y obra de un profeta rioplatense
desconocido[1]
Horacio Bojorge S.J.
I.__ Presentación
II.__ Datos Biográficos: 1)
Infancia y juventud en Uruguay (1894-1913); 2) en la Argentina
(1913-1942); 3) Los viajes (1937-1943); 4) En Uruguay (1942, 1943- 1968)
III.__ Obras: 1) Libros; 2) Colaboraciones en
diarios y revistas; 3) Inéditos.
IV.__ Retrato hablado.
I. __ Presentación
José Luis (Dimas) Antuña es conocido
para los lectores de Gladius a través de la publicación de su correspondencia
con Juan Antonio Spotorno y algunos otros amigos[2]
y de varios de sus escritos y conferencias[3].
La
conveniencia de recordar con cierto detenimiento y detalle a este autor y su
obra se funda en dos hechos. El primero es que tanto él como sus escritos son
prácticamente desconocidos y que, aunque es mencionado como integrante del
grupo de intelectuales católicos argentinos conocido como el Convivio, vinculado desde sus orígenes a
los Cursos de Cultura Católica y a la
revista Criterio, no ha sido objeto,
que sepamos, de una presentación monográfica. Roque Raúl Aragón, que lo
considera ‘una personalidad descollante en el grupo de Número,” le dedica un recuerdo en su estudio sobre la Poesía
religiosa argentina y reproduce su ‘Oda de Navidad a Buenos Aires’[4]
y ‘Entréme donde no supe’, en su antología[5].
Isabel De Ruschi Crespo, en su monografía sobre los orígenes de la revista Criterio, lo menciona efectivamente
entre los fundadores del Convivio:
“Así el Convivio, de tan flexible y ágil estructura, centro de expansión
juvenil, y como el más espontáneo, fácil y eficaz instrumento de irradiación
para las ideas, se constituye, a juicio de los que han pasado por los Cursos, en uno de sus elementos más
memorables, acaso su corazón, y que si bien reúne desde el comienzo a figuras
como Jijena Sánchez, Dondo, Bernárdez, Lara, Camino, Ballester Peña, Basaldúa,
Anzoátegui, Antuña, Juan Antonio y
otros, indudablemente se identificará posteriormente con la extraordinaria
personalidad de César E. Pico, en quien todos reconocen un maestro incomparable”[6].
Un segundo
motivo para ocuparnos de Dimas Antuña, es que ilustra un sector poco atendido
de la Geistesgeschichte uruguaya.
Podría considerárselo hasta cierto punto un desterrado.
Primero porque encontró su patria eclesial fuera de su patria terrena, y luego
porque tuvo que dejar su patria eclesial, la de sus amigos del Convivio cuando se volvió a vivir en su
patria terrena.
1º) Que Dimas Antuña y sus obras sea
desconocido en Uruguay, su patria terrena, es un hecho explicable por varios
motivos. Este autor vivió la mayor parte de su vida en la Argentina,
precisamente aquellos años que son más decisivos para la definición y
maduración de su personalidad espiritual y social. Todos sus libros y escritos
se publicaron fuera del Uruguay, a excepción de algunas colaboraciones menores
en la década de 1920 en el diario católico
El Bien Público.
La
obra de Dimas Antuña es de contenido declaradamente religioso, como de creyente
que escribe para creyentes. El núcleo principal y más valioso de sus escritos éditos
pertenece por génesis y estilo al género oral de la conferencia, aunque también
escribió poesía y muy buena. La mayor parte de su vida estuvo absorbida por el
trabajo y las solicitudes cotidianas de la subsistencia y dispuso de escaso
tiempo para escribir y crear. La obra Inter
Convivas que podía haber sido la de mayor aliento y envergadura, quedó por
eso mismo inconclusa y sigue inédita. Los pocos libros suyos que hay impresos
vieron la luz gracias al generoso mecenazgo de algunos amigos, y sólo en ediciones
privadas, es decir no comerciales y de reducido tiraje. Dentro de las
relativamente escasas obras de tema religioso que logran pasar los filtros del
laicismo ambiental uruguayo, las de Antuña, que no calzaban en los moldes
comunes, pasaron incomprendidas: para unos por parecerles demasiado obvias y
poco novedosas; para otros, por parecerles todo lo contrario, fueron materia de
extrañeza y de recelo. Y es realmente difícil, por no ser ni místicas ni
devocionales, ubicarlas dentro de los géneros cultivados en esos años y en
estas regiones. Antuña, por ser un orador
y (o pero) al mismo tiempo orante,
tenía que padecer fatalmente la suerte que a tan rara raza de hombres
les suelen deparar las colectividades humanas obsesionadas –o por lo menos
demasiado distraídas-, como la del Uruguay laicista, por los imperativos de la
acción eficaz e inmediata. Cultor de un género sapiencial (califiquémoslo así
aunque sea provisoriamente) donde el saber
no es divorciable de un determinado sabor,
Antuña no pudo, no quiso, no le supo,
hacer concesiones al gusto del público. Y éste, en su mayoría, preso en una
constelación cultural naturalista, no fue capaz de apreciar la originalidad de
un modo de pensar, de unos contenidos, de una temática y de unas formas de
expresión que se nutrían en aquella perenne novedad de los orígenes, volviendo
hacia lo que –por algo- nuestra cultura llamó fuentes.
A poco de aproximarse a la historia y a
la obra de Antuña se descubre además, con sorpresa, un alma de ermitaño, una
libertad interior que rehusó atarse, una vez vuelto al Uruguay, en la última
mitad de su vida, al do ut des de los
provincianismos intelectuales uruguayos. Antuña no se acogió a ningún grupo
promocional y no fue promovido. No prodigó elogios con el secreto afán de
buscar retribución de alabanza. Su labor de escritor, conferencista o poeta, no
brotó del incentivo de la fama, ni siquiera la que se gana justamente. No
persiguió más ganancia que la de crear libremente, la de contemplar gratuitamente
y abrir la puerta –hospitalario- al banquete de la sabiduría. Tuvo bastante con
su luz interior y no consideró oscuridad el quedar ignorado o incomprendido.
Hubo
sin embargo excepciones. Los espíritus creyentes lo reconocieron. Testimonio de
ello es una tarjeta de puño y letra de la poetisa uruguaya Esther de Cáceres al
libro Vida de San José que dice así:
“Día de la
Festividad de San José 1963 - a Dimas Antuña – Muy estimado en Cristo: Anoche
preparándonos para la fiesta de hoy, leímos con un grupo íntimo de cristianos
su precioso libro sobre San José. A todos conmovió la verdad esplendorosa del
texto; el más profundo y original que hemos conocido sobre el tema! ¡El que más
ahonda en el pan misterio y el que más lo aborda con unos medios estilísticos
adecuados y valiosísimos en sí mismos! Hemos quedado soñando en la reedición, y
desde ya rezamos para poder realizarla. Gracias, querido amigo, por esta
dádiva. Saludos para su esposa y para Ud. Nuestra oración – los acompañará
siempre – Esther de Cáceres (firma también Clotilde Barbé)”. El reconocimiento
de esta alma creyente y fina que fue Esther de Cáceres suena casi a un
desagravio.
2º)
La oscura ley de la ceguera humana, paga (no cobra) una cuota de tiempo a los
autores y obras más originales y clarividentes. Quizás ya estén hoy más maduros
nuestros ánimos para apreciar mejor la significación de Antuña y sus trabajos.
Señalemos –sin pretensión de ser exhaustivos- algunas pistas de interés que nos
ofrecen y justificarían rescatarlos del olvido en que están. En primer lugar,
nuestro autor se formó (y fue actor) como hemos dicho, en el teatro de la
cultura rioplatense, sobre todo argentina, pero también brasileña. Allí tuvo
sus grandes amistades, allí gestó y publicó la mayoría de sus obras. Testigo de
su tiempo, registra el impacto de las corrientes espirituales locales y
europeas. Sin ser dueño, tampoco fue mero inquilino de su ambiente. Fue un
huésped y un anfitrión amable, atento sobre todo a las personas: viajeros
ilustres, exilados de guerra más o menos oscuros, autores y sus libros, pero
también al hombre corriente, para el cual –preferentemente- habló y escribió,
de igual a iguales. En segundo lugar, su condición de huésped de una época no
le impidió expresar diagnósticos, tomar posiciones, emitir apreciaciones
críticas. Muy explícito a veces, otras trasuntando a través del silencio, de la
reticencia, de la alusión velada lo que su delicadeza le aconsejaba dar a
entender sólo al que tuviera oídos. El joven Antuña, por ejemplo, se confronta en
su Israel contra el Angel a los
maestros que se disputaban el liderazgo espiritual de nuestros padres y
abuelos. El mero título de su obra primogénita sugiere al buen entendedor que
en ella se recoge la memoria de una lucha nocturna y decisiva para el destino
espiritual de Antuña. Aunque años después –como suele suceder a tantos autores-
haya mirado su primer libro con una mezcla de rubor y severidad, también lo
dicho en él con el arrebato del ardor juvenil, sirve a la pintura de una época,
de una generación y –no obstante las posibles retractaciones posteriores-
guarda el registro de una historia del espíritu. La suya, la de muchos, y
también parte de la nuestra.
Una tercera veta de la actualidad de
Antuña y su obra reside precisamente en su mirada contemplativa que escruta la
singularidad de lo individual, personas y objetos, en busca de sentidos ocultos
en las cosas elementales. Pero –nótese bien- sin hacer de la naturaleza
simbólica o metafórica un reservado de la sensibilidad poética, accesible sólo a
la exquisitez, y coto donde la sofística modernista edificaba las torres de su
aislamiento. Para Antuña el símbolo no es sólo pretexto de fuga a la poesía. Es
sobre todo vehículo de pensamiento, como lo es en la más pura raíz platónica
del pensamiento occidental, y como lo es también, en forma aún más elevada, en
la raíz judeo-cristiana. Antuña le devuelve al hombre, al hombre común, el
lenguaje del alma. Rescata la imagen y la intuición, del olvido hostil en que
lo habían relegado tiempos más ocupados con la razón y con las ciencias. Por
sus propios caminos, nuestro autor transita en la dirección que la psicología,
desde Freud pero sobre todo desde Jung, señala con insistencia. Antuña
descubrió y proclamó –hieratra o hieragogo- la radical validez humana de los
símbolos litúrgicos, y la grandeza litúrgica de la cotidianidad humana. Lo hizo
sin concesiones a un intimismo individualista. Pero sólo gracias a una acogida
íntima y personal de los símbolos objetivos –cuyas vicisitudes privadas él
quiso mantener secretas y nosotros debemos respetar- pudo señalarlos con firme
convicción, al alma extraviada y olvidada de sí misma, de sus contemporáneos.
Lo que Rodó intentó rescatar en sus parábolas, joyas aisladas en un discurso
racional y por él sometidas a una función instrumental que las humilla y opaca,
eso lo perfecciona Antuña, haciendo de los símbolos ( es decir de la dimensión
simbólica de todas las cosas reales) el objeto final y directo de su
contemplación. Lo que había olvidado hasta la teología; lo que la cura de almas
y la dirección espiritual están redescubriendo trabajosamente; lo que las
costumbres poéticas vigentes habían arrebatado al hombre común; lo que un
vendaval iconoclasta había aventado junto con los excesos del barroco; todo eso
lo recoge amorosamente este hombre desconocido entre nosotros.
Lo mejor de la obra de Antuña lo constituye su presentación interpretativa de la simbología cultual: la liturgia, el templo, los ritos sacramentales, las imágenes. Sin concesiones intimistas.
No hay que sorprenderse de que el
primer encuentro –y encontronazo- con este estilo, que sólo puede parecer
críptico y exótico para los hombres que han derivado lejos de su propia alma,
lo haya tenido Antuña en ocasión de su comentario al Cántico de las Creaturas de San Francisco.
El hombre, cuando oye tratar en público
de un tema psicológico, es decir de su alma, siempre espera otra cosa: “ la
primera de todas, se espera a sí mismo en el tema. Espera sus recuerdos, sus
pasiones, sus ideales, sus amores. Si es posible, algún trazo también –firme y
rápido- de sus odios y rencores del momento. Y todo eso elaborado por el
pensamiento y llevado en el calor, en la nobleza, en la elevación en cierto
modo beatífica del sentimiento religioso, a su más alto grado de interés y de intensidad”[7].
Certero diagnóstico de una reacción a la que su público, aún el de los amigos,
lo confrontó perennemente: “Hombre sincero y generoso, su hidalguía le obligó a
decirme toda la verdad, y así cordial, confuso, apenado y sin rodeos, pasando
con amplitud su mano de caballero antiguo sobre su noble barba rojiza, me dijo
con un profundo suspiro y una gran voz resuelta: Mi amigo, yo esperaba otra
cosa”[8].
3º) La obra escrita de Dimas Antuña ha tenido sólo dos breves ecos en escritores uruguayos.
Carlos
Real De Azúa lo menciona de paso en
la Introducción a la Antología del
Ensayo uruguayo contemporáneo, entre “algunos nombres cuya ausencia (por lo
menos hipotéticamente) pudiera extrañar”
Real de Azúa consigna acerca de Dimas
Antuña los siguientes datos y rasgos: “Dimas Antuña (1894), por fin, que ha
llevado una vida virtualmente errabunda entre el Brasil, el Uruguay en que
nació y la Argentina en la que aparecieron sus dos singulares libros: Israel contra el Angel (1921) y El testimonio (1947) y en donde logró
sobre ciertos núcleos de intensa religiosidad un magisterio (un magisterio en
hondura) que algunos recelaron. Respecto a Falcao Espalter –Real de Azúa acaba
de referirse a él antes que a Antuña-
bien podría representar la otra cara de la Fe: centrada en la intimidad y sus
posibilidades de apertura, humildad y poética emoción ante el misterio y la
maravilla de la vida” [9].
Domingo
Luis Bordoli dedica a Antuña una nota en su Antología de la Poesía Uruguaya Contemporánea y recoge en ella un
poema: La Elegía por la muerte de Wagner Antúnez Dutra. La nota bibliográfica
que la precede es breve y se deja transcribir aquí: “Merced a Real Azúa
conocimos las dos obras Israel contra el
Angel (1921) y El Testimonio
(1947) de este uruguayo casi completamente desconocido en nuestras letras. Ha
vivido en Brasil y Argentina, y ha publicado en esta última”. Aquí Bordoli hace
referencia en una nota a la cita de Real de Azúa en su Antología del Ensayo y prosigue: “Ya desde joven, de una intensa
espiritualidad católica muy pocas veces vista, mostró su fuerza y finura en el
análisis de Rodó, Darío, Nervo, Reyles, de su primer libro. El segundo, reúne
prosa y verso. De su prosa, nos parece altamente descollante su discurso sobre
San Juan de la Cruz.
Según un poeta
brasileño, Schmidt, que él mismo cita, hay gentes que están en las letras por
una fatalidad, pero fuera de la vida literaria. Antuña cuéntase entre ellas y
aclara que esta fatalidad es tener que atestiguar cosas de Dios con
prescindencia de la literatura, es decir, por memoria de la sola justicia.
Visible es esta religiosidad absoluta en el poema que hemos elegido” [10].
A estas dos breves menciones se reduce –que sepamos- lo que se ha publicado en Uruguay sobre Antuña. Si bien le hacen la justicia del recuerdo, son en su brevedad forzosamente incompletas y, para nuestro gusto, injustas por insuficientes. El lector desprevenido, no sospechará a través de su lectura la verdadera magnitud de Antuña y su obra. A remediar en algo esta carencia, completando la semblanza que nuestros antólogos apenas esbozan, aspiraba la presentación que hicimos de él en la Revista de la Biblioteca Nacional en 1978, que retomamos ahora. Y con el mismo fin hemos publicado la correspondencia de Dimas con Juan Antonio y otros amigos del grupo Convivio.
II. ___ Datos
biográficos
1.-Infancia y juventud en Uruguay (1894-1913)
José Luis Antuña Gadea es conocido por
todos como Dimas, hasta tal punto que
tanto en la vida cotidiana como en las letras, el sobrenombre que se dio a sí
mismo borró la memoria del José Luis de los documentos.
Tanto por los Antuña como por los
Gadea, José Luis (Dimas) se vincula a dos troncos genealógicos de viejo cuño
patrio y católico.
Nació en
Dolores, Departamento de Soriano, Uruguay, el 27 de agosto de 1894 [11].
Fueron sus padres: Don José Luis Antuña Barbot [12]
y Doña María Gadea Casas. El abuelo de Dimas, fue Don José Luis Antuña
González, y se contó entre los fundadores de las Conferencias Vicentinas y del
Club Católico, siendo el donante de la Imagen de la Dolorosa que se venera aún
en la Capilla del Sacramento de la Catedral Metropolitana de Montevideo.
Recibió su primera enseñanza en la Escuela Pública de Dolores. A los trece años
fue enviado como pupilo al Colegio de los Hermanos de la Sagrada Familia, en
Montevideo, donde ingresó en 1907[13].
Cursó allí la escuela de Comercio que culminó en 1911 con las más altas
calificaciones y como el mejor alumno de su promoción [14].
La inseguridad familiar creada por el mal estado de salud de su padre, aconsejó
orientarlo hacia una capacitación profesional rápida que le abriera pronto
acceso a un empleo. El tiempo desmintió –su padre gozó de extraordinaria
longevidad- aquella opción familiar que le cerraba a este joven brillante las
puertas de la Universidad y de una profesión más acorde con sus cualidades
intelectuales y quizás también con su vocación íntima de estudioso. Poco
después –1913- entraba empleado en el Banco de la Provincia de Buenos Aires.
Es interesante transcribir una página
de Israel contra el Angel en la que
Antuña pinta el retrato espiritual de la infancia y juventud de su generación.
Bajo el título Herencia (Págs. 13-15)
traza estos rasgos que reflejan parcialmente algo de su propia experiencia: “La
madre cristiana; el padre liberal. Mamá nos juntó las manos para el padrenuestro y el bendito; a papá nunca lo vimos en oración, pero nos hablaba de la
patria y del progreso. Nuestra madre nos presentó al señor cura, para que
fuésemos buenos cristianos y le ayudáramos a misa. Nuestro padre al maestro
laico, diciéndole: Aquí tiene Ud. un
ciudadano.
“El cura nos hablaba de la providencia
del Padre que está en los cielos y de la fe que traslada las montañas. Y el maestro decía: -La naturaleza lo explica todo con sus leyes inmutables, fatales y
constantes. Y para las fiestas patrias agregaba: Es preciso obedecer al Estado: obedecer a sus leyes, aun cuando sean
injustas.
“Llegaron los quince años: el cura nos
pasó del catecismo a la Congregación; el maestro nos transfirió de la clase al
bachillerato. Nuestro pensamiento comenzaba a organizarse: tuvimos un cierto
sentido de la ciencia, de sus métodos, de sus leyes.... Dóciles, asombrados,
felices y orgullosos, recibimos y repetimos –creyendo que era ciencia- el
residuo materialista del positivismo.
“La Congregación, entretanto, no nos
daba ideas. Todo eran reuniones piadosas, devociones, limosnas, vaguedades de
beneficencia
social, y arranques apologéticos tan falsos como los cientificistas de la enseñanza secundaria.
“Madre, cura, congregación: padre, escuela,
universidad. A los veinte años teníamos la cabeza poblada de dos engendros que
se daban de puñetazos tan pronto un
secreto instinto del alma, una intuición vaga, una esperanza, dejaba de
mantener entre ambos un tabique. Tabique de separación y salvación.
“El dualismo era completo: aquí la
certeza científica, allí las afirmaciones piadosas y sentimentales. La
concepción del mundo era la de un engranaje perfectamente montado que, a su
hora, nos iba a triturar con la más tranquila indiferencia. Mientras no llegaba
esa hora, y una vez satisfechas las necesidades inferiores de comida y confort,
podíamos enternecernos con alguna endecha pesimista, y hacer líricos llamados a
la piedad.
“Por ese tiempo empezábamos a leer:
Taine nos dio la fórmula inexorable del axioma eterno: Renán, la manera de
guardar, sin los dogmas, un sentimiento religioso exquisito”.
El hogar intelectual católico que Dimas
encontró en la Argentina, lo salvó de esta esquizofrenia a la que tantos
sucumbían en su patria terrena: el Uruguay laicista.
2.-En la Argentina (1913-1942)
Hasta su jubilación por motivos de
salud, Dimas Antuña se desempeñó en su empleo del Banco de la Provincia y vivió
en Buenos Aires. Por este camino, que parecía un desvío esterilizante de su vocación
de estudioso, el destino aseguraba sin embargo dos rasgos fundamentales de su
perfil interior.
En primer lugar lo ponía en contacto
con las personas y los movimientos de la cultura católica argentina: allí se
vinculó a la Tribuna Universitaria, a
los Cursos de Cultura Católica; a los
grupos de jóvenes que fundaron para desfogar sus inquietudes las revistas Signo, Criterio, Ortodoxia, Número; a
sacerdotes que tuvieron influencia decisiva en su vida: el Padre Protain,
religioso asuncionista, el Padre Maluenda, el Pbro. Edmundo Vannini, y los
benedictinos P. Nicolás Rubin y Eleuterio González. A través del Convento
Benedictino bonaerense se vinculó a la vasta familia benedictina, también en el
Brasil.
Reconocido por lo que debe a su
amistad, dedica en 1921 su primer libro Israel
contra el Angel a seis de sus amigos. Cita el nombre de dos de ellos en el
epílogo: Héctor de Basaldúa y Enrique Requena. Y ya en la plenitud y madurez,
hacia 1947, los recordará aún. Entre los que le estuvieron más unidos por
amistad, hay que citar al que habría de ser hasta su muerte el amigo más
fiel y más íntimo: Carlos Saenz[15].
Un fatal accidente le quitó a Beltrán Morrogh Bernard, otro gran amigo.
Es ese grupo inicial, recordado en su
primer libro, el que funda junto con algunos nuevos integrantes, la revista Número [16]
que aparece mensualmente dos años enteros, desde 1930 a 1931. En los
veinticuatro números publicados se encuentran colaboraciones de Dimas, excepto
en el número trece, donde Rodolfo Martínez comenta su tercer libro titulado El que crece.
En segundo lugar, indirecta pero
eficazmente, su condición de empleado sujeto a un horario y a un trabajo, marca
desde dentro esa manera de acceder a las letras sin intención de literatura, y
esa manera de pensar, sin intención de erigirse en maestro. Lejos de
resentirse, Antuña da muestra de amar su condición de hombre del común.
En lo eclesial, Antuña se vio siempre
–y no pierde ocasión de proclamarlo- como un simple fiel, sin misión de
enseñar. Sometía sus escritos a previa autorización eclesiástica [17],
e insiste a menudo en que habla sólo como cristiano
a cristianos y de cosas que les son comunes. Cuando en cierta conferencia
alguien le objetó que todo lo que había dicho no era más que mera repetición de
ideas de los Santos Padres, respondió que jamás se le podía haber hecho mejor
elogio.
Como ciudadano, Antuña se autocalifica
de hombre privado, en
contradistinción con la categoría del hombre público, es decir sin pretensiones
de repercutir en el orden político o en el dominio de las ideas. Quizás es esta
postura religiosa la que le atrajo –tratamos de interpretar ese “recelo” al que
alude Real de Azúa- objeciones. Antuña es muy explícito: como hombre privado –
glosamos sus palabras - se siente inmerso en el orden exterior del mundo –y no
siente necesidad de escapar de él- y
dentro de ese mundo y de ese orden, justo o injusto, no quiere hacer otra cosa
que callar, obedecer, y buscar el pan de cada día [18].
Pero
desde esa condición de hombre del llano conscientemente abrazada, sin títulos
de dignidad, sin rol de mando o representación, abocado a buscar cada día el
sustento, es precisamente desde donde brota y desde donde se explica su
capacidad para considerar con sencillez todas las cosas. Por esta condición
cobra inmunidad contra todo alambicamiento mental, contra toda complacencia
profesional en verbalismos vanidosos o esotéricos, tan comunes en parte de la
‘intelectualidad’ en el Uruguay contemporáneo de Antuña.
Dimas
se mantiene siempre a un nivel de lenguaje que conjuga la hermosura y la
elevación con la accesible sencillez. Es bien capaz de leer con plena
comprensión y deleite un aristotélico
tratado de lógica [19].
Pero inmediatamente –hombre del llano- : “después de cerrar este libro, y
vuelto al comercio de los hombres, una pregunta me persigue: ¿ de qué modo, me
digo con insistencia, de qué modo razonan los que no han leído nunca a Aristóteles? ¿Cómo se produce el discurso
en la inteligencia de los simples? El paisano, el vendedor de feria, la
señorita bien educada, y otros aún: el artista, el hombre de simple buen
sentido, todos aquellos, en fin, cuyo
trato me es agradable y seguro, y cuyo pensamiento es habitualmente
espontáneo” [20]. Antuña se
contesta: “el hombre que no ha leído a Aristóteles –ni a Kant- se pone en contacto
con las cosas del mismo modo que el filósofo más rancio. Las ve, las siente ,
las palpa” [21]. Y su
reflexión culmina con el descubrimiento: “Si el individuo –omne individuum ineffabile est- está en la base del conocimiento,
también puede estarlo en el término.
Y si la intuición da el contenido a la conciencia, el fruto pleno del trabajo intelectual, no debe ser un concepto
precisamente, sino un conocimiento intuitivo: una vuelta a la intuición
después de haber atravesado el concepto, para apreciar en el medio vivo
inefable, el valor del trabajo discursivo. Nada suple el contacto con lo real” [22].
Este último párrafo nos parece
programático y encierra el germen que regirá el estilo propio de Antuña: más
contemplativo que discursivo, orientado más hacia las individualidades
concretas que hacia los conceptos y razonamientos.
Es desde esta condición de hombre
privado –que se complace y se siente seguro con el hombre de simple buen
sentido- desde donde Antuña se pone en guardia contra una posible deformación
idealista de la inteligencia, por la cual el hombre se fatiga sin término en el
manejo de conceptos, sin llegar jamás al acto puro de conocer intuitivamente la
realidad individual. Y, en el extremo paroxismo de esta deformación, llega a
erigir la fatiga intelectual –que sólo puede ser un medio- en fin y medida del
valor de sus frutos, con el consecuente desprecio por la inmediatez deleitosa
de la contemplación que descansa en la evidencia de su objeto.
Los treinta años de residencia en la
Argentina marcan así decisiva y fuertemente su persona y su obra.
En 1926, por la generosidad de otro
amigo, aparece como libro y con el título de El Cántico su comentario al Canto
de las Creaturas de San Francisco de Asís. Dos años después, el 18 de abril
de 1928 contrae matrimonio con María Angélica Valla.
En 1937, accediendo a una invitación,
viaja a Córdoba a dictar algunas conferencias. Se inicia así una etapa de
viajes y conferencias que dura unos seis años.
3.–Los viajes (1937-1943)
Entre 1938 y 1943, Antuña hace cuatro viajes a Brasil. En
Río de Janeiro se aloja en casa de un amigo, Wagner Antúnez Dutra, que le
brinda hospitalidad y el retiro necesario para escribir el libro que prepara y
dejará inconcluso. En esa época traba amistad con Alceu Amoroso Lima (Tristán de Athayde) y otras figuras de la
cultura del Brasil. Ya en el primer viaje a Río (1938) presenta su pensamiento
a través de conferencias. Vuelve a Río en 1939 y es invitado a hablar en Juiz
de Forá y en Belo Horizonte. En 1940 visita el Paraguay. En 1941 va a
pronunciar sus conferencias en Salta y otros lugares de las Provincias
Argentinas. Vuelve a Río de Janeiro en 1942 y desde julio a diciembre de 1943,
siempre acompañado por su esposa.
En este período se sitúan dos de sus
obras. Resultado de su primer encuentro con el Brasil es su poemario en francés
titulado Mon Brésil (1938). Unas
conferencias dictadas en Buenos Aires ante un público muy sencillo, las recoge
en su libro La vida de San José
(1941) en el que el desarrollo temático, basado sobre los viajes del Patriarca,
decanta el reflejo espiritual de los propios.
No sería pues exacto imaginarse que Antuña llevó una vida trashumante, como pudiera interpretar algún lector a partir de la concisa presentación de Real de Azúa.
4.-En Uruguay (1942 -1968)
El 28 de abril de 1942 Antuña vuelve al
Uruguay para radicarse aquí. Su salud, que había contribuido a adelantar su
jubilación, lo obliga a vivir un tiempo en Lezica [23]. Tiene 48 años y piensa poderse dedicar
tranquilo a completar su obra sobre la Misa que venía preparando desde hacía
unos años, y cuyos capítulos eran la sustancia de sus conferencias.
Al retorno de Río en diciembre de 1943
se instala con su señora en una casa en Montevideo, en las calles Ciudadela y
Paysandú. Tiene a un paso la Iglesia de Lourdes, de los PP. Palotinos, donde
por ese entonces un sacerdote alemán exilado de guerra, el P. Agustín Born echa
las bases de lo que será el Apostolado
Litúrgico. Dimas Antuña será invitado a hablar allí con cierta frecuencia,
así como en el Club Católico, donde
funcionaba la Academia de Estudios Religiosos que dirigía Mons. Miguel
Balaguer.
En 1947 se edita en Buenos Aires su
último libro: El Testimonio precedido
de un prólogo en el que se traduce un balance de experiencias del Antuña
maduro. Una verdadera joya estilística y de profética penetración, por el
diagnóstico del mal espiritual de su época, que consideramos válido también
para la nuestra.
El
Testimonio le da ocasión de reimprimir en un solo volumen El Cántico, Mon Brésil, El que Crece y
buena parte de sus poesías y colaboraciones en la revista Número.
Pero en 1950, a la edad de 56 años, se
ve obligado a buscar nuevamente un trabajo. Con él cesa forzosamente su
actividad creadora. De ese año son las últimas conferencias que escribe. Una en
relación con el Año Santo. La otra –única que no tiene carácter religioso-
sobre Montevideo, fue propalada por
el Sodre.
El Año Santo de 1950 pone punto final a
sus escritos y se abre para él una etapa de silencio que será la última de su
vida. En 1966, próximo a su muerte, se muda con su esposa al barrio Pocitos, donde fallece el 24 de agosto
de 1968, a los 74 años de edad. Sus restos reposan en el Cementerio Central, en
el Panteón de la Familia Antuña, muy cerca del Panteón Nacional y de la fecha
patria. Algún día podrá señalarse su sepultura con una placa recordatoria.
Los sentimientos de Antuña hacia esta
tierra en la que nació y reposa, nos los trasmite el estudio que dedica a
Zorrilla de san Martín y su Tabaré en Israel
contra el Angel. Desde el alto mirador porteño de la torre Güemes, donde
gustaba subir, en ciertos días muy claros, ve dibujarse a lo lejos la línea de
la costa uruguaya: un reborde que todos pueden ver, una costa que muchos
conocen, pero que, sin embargo, solamente los orientales reconocen. “Yo soy
oriental: esa línea plomiza que subraya el horizonte es mi dulce tierra.” [24](17)
III.
– Obras
1) Libros
1921 –ISRAEL CONTRA EL ÁNGEL, Ediciones de tribuna Universitaria, 268
págs. 18,5 x 13,5 cms.
Se terminó de imprimir en la imprenta
de A. Baiocco y Cía. el 15 de octubre de 1921. Se imprimieron 20 ejemplares en
papel especial fuera de comercio, con la firma del autor. La tapa es un forro
impreso que se aplica directamente sobre la primera pagina del primer pliego y
la última del último. Está ilustrado por Enrique Requena. El mismo dibujo se
repite en la portada de la página 3. En la página 2 hay una viñeta que
representa un árbol con frutos, sobre el cual una divisa con el nombre de Dimas
Antuña, al pie se lee: Miraturque Novas
Frondes et non sua Poma –Ex libris. En la contratapa, otra ilustración de
Requena que representa una forma de escudo en copa, sobre un fondo decorado con
vides en fruto hay una espada y una
divisa: Non pacem sed gladium.
1926 –EL CÁNTICO, Buenos Aires MCMXXVI,
52 págs. 23 x 18 cms.
Acabóse de imprimir esta edición
original de seiscientos ejemplares numerados en los talleres gráficos de la
Soc. Anónima Casa Jacobo Peuser Ltda., el día IV de Octubre de MCMXXVI, Séptimo
Centenario de la muerte de San Fco. De asís. Una viñeta de Juan Antonio en la
tapa. La edición fue costeada por Don Matías Errázuriz, a quien va dedicado el
libro. La primera desfavorable impresión de su mecenas frente a este comentario
al Cántico de las Creaturas, lo
relata el mismo Dimas en su Introducción al Testimonio,
pág. 10. Según parece fue Victoria Ocampo la que convenció a Don Matías
Errázuriz del valor del trabajo. Este libro fue reeditado en El Testimonio, págs. 31-44.
1929 –EL QUE CRECE, Paris MCMXXIX, 64
págs. 28 x 23 cms. Ilustraciones de Héctor Basaldúa, Editor.
Acabóse de imprimir esta edición
original de trescientos ejemplares numerados, en los talleres gráficos de la
Imprenta L´Hoir, calle del Delta 26, París, el día treinta y uno de julio de
mil novecientos veinte y nueve. También fue reimpresa en El Testimonio, págs. 285-312.
1938 –MON BRÉSIL, Buenos Aires 1938, 30
págs., 24 x 19 cms. Sobre la
tapa una viñeta (un ancla) de Juan Antonio que dirigió la edición.
Achevé d´imprimer le 24 décembre 1938
par F. A. Colombo, A Buenos Ayres. Édition originale, hors commerce,
tirage à 100 exemplaires numèrotés. También fue reimpreso en El Testimonio, págs. 117-130.
1941 –LA VIDA DE SAN JOSÉ, Ediciones
San Rafael, Buenos Aires 1941, 88 págs., 20 x 15 cms.
Este libro se acabó de imprimir en
Buenos Aires en casa de D. Francisco A. Colombo el día XX de diciembre del año
MCMXLI, Laus Deo.
Conferencias pronunciadas en la Fraternidad de la Asunción el 9 de junio de 1940.
1947 –EL TESTIMONIO, Ediciones San
Rafael, Buenos Aires, 316 págs., 20 x 13 cms.
Se terminó de imprimir el treinta de
mayo de mil novecientos cuarenta y siete, en los talleres gráficos de la Cía.
Impresora Argentina.
Lo distribuyó el Grupo de Editoriales
Católicas, Viamonte 525. En la página 315 se anuncia el libro Inter convivas, que Dimas Antuña dejó
inconcluso.
El 1º de junio de 1947 firma Dimas
Antuña su prólogo al Volumen de Homenaje (un libro, que como su género se ha
hecho raro entre nosotros) que bajo el título Discursos y Semblanzas dedica al canónigo de la Catedral de
Montevideo Luis Roberto de Santiago una comisión de notables de la que Dimas
forma parte como vocal.
El volumen se terminó se imprimir el 5 de diciembre de 1947 en Montevideo. El prólogo de Antuña ofrece en 21 páginas (pp. 9-28) una introducción y presentación de la persona y de las piezas oratorias pronunciadas en diferentes ocasiones. Por su valor biográfico, por los datos y anécdotas, es una pieza que interesará al historiador, al igual que el volumen al que introduce. Pero además, y aunque se abstiene de analizar detenidamente el valor de los escritos que pretende salvar del olvido, trasunta multitud de aspectos del pensamiento de Antuña, que deberá tener en cuenta quien aspire a estudiarlo con más detalle.
2) Colaboraciones en Diarios y Revistas
Dimas Antuña presentó poesías, prosa
poética y artículos de diversa magnitud en La
Nación de Buenos Aires y en El Bien
Público de Montevideo. En este último colaboró principalmente entre
1921-1928.
Colaboró con mayor o menor asiduidad
en otros periódicos y revistas de la Argentina: Signo, Sur, Número, Itinerarium y quizás en otras que nos son
desconocidas. Lo que él consideró mejor de esas páginas dispersas lo reimprimió
en El Testimonio.
En la revista Sur dirigida por Victoria Ocampo hizo una única incursión con su
poesía Treno (republicada en El Testimonio p. 210), que es un eco de su estadía
en Lezica hacia 1942. Se disgustó con la directora de la revista pues
inconsultamente se permitió corregirle una palabra, imprimiendo humana por buena.
En la revista Número, en cambio, colaboró asiduamente en todos los números con
prosas poéticas breves, poesías y algunos artículos. Buena parte de estas
colaboraciones las imprimió en El Testimonio.
Señalamos aquí sólo las que no fueron reimpresas, que sepamos, ya que no nos ha
sido posible compulsar los textos, y es posible que haya habido cambio de
títulos en los trabajos reimpresos.
Nº
1, Enero de 1930, p.3: El coro.
Nº
3, Marzo, p.24: “La Palma y el Cedro, (Introito de la Misa de San José del 19
de Marzo)” (poesía).
Nº
7, Julio, p. 63-64: “Ave María” (artículo).
Nº
8, Agosto, p. 75: “Silencio” (poesía).
Nº
12, Diciembre, p. 120: “El Nacimiento” (poesía).
Nº
13, Enero 1931, p. 8: Comentario de Rodolfo Martínez Espinosa sobre el libro “
El que Crece”.
Nº
15, Marzo, p. 18-19 “Fiestas de la Cruz” (artículo).
Nº
18-19, Julio, p. 46: “ Misterio de la Inmaculada” (poesía).
Nº
20 Agosto: “Carta a un escultor” (Sobre las imágenes de San José).
Nº
21-22, Octubre, p. 73: Tres misterios del Señor San José: Presentación-Huida –
Niño perdido”
Nº
23-24, Diciembre, p. 82-83: “Cáliz” (artículo, con ilustración de Juan Antonio)
En la revista ITINERARIUM, Revista
Franciscana bimestral publicada por la Provincia argentina de la Orden hay
varias colaboraciones suyas. La revista comenzó a publicarse entre abril-mayo
de 1945 y cesó con el número 13 hacia enero-marzo de 1949. Hay colaboraciones
de Dimas Antuña en los números del uno al cuatro (de abril-mayo de 1945 hasta
enero –febrero de 1946). Los cuatro trabajos se publican bajo el título común: La liturgia y el ciego y se distinguen
por los cuatro subtítulos: 1) Introito; 2) Kyries,
Gloria y Dominus vobiscum; 3) Colecta; 4) Entrada y Reunión. En el número 5-6 aparece la Oda a un Acólito dedicada a Guillermo Basombrío, que puede verse
reimpresa en El Testimonio (p. 178 ss). Los cuatro trabajos sobre la
liturgia de la Misa son sin duda capítulos de su obra Inter convivas que como dijimos quedó incompleta e inédita.
3)
Inéditos
Debemos a la deferencia de la Sra.
Viuda de Antuña, María Angélica Valla de Antuña, que nos dio acceso a parte del
archivo familiar algunos datos que nos parece interesante consignar acerca de
la correspondencia y conferencias o trabajos aún inéditos. Entre las relaciones
con personajes importantes que trató en Bs. As. Se cuentan Garrigou-Lagrange,
Maritain y Bernanos, con el que mantuvo más tarde correspondencia y que le
envió uno de sus libros dedicado.
Están inéditas aún la mayoría de sus
conferencias dictadas en Córdoba, Salta, Brasil y Montevideo sobre la Liturgia
de la Misa y que son fragmentos del libro Inter
convivas. Entre ellas El Canto del
Evangelio pronunciada el 20 de octubre de 1948 en la casa de la Tercera
Orden Franciscana (Bs. As.).
Existe una conferencia inédita sobre El Sacerdocio escrita para celebrar un
aniversario sacerdotal, del P. Edmundo Vannini. Con Motivo del Año Santo de
1950, pronunció una conferencia sobre El
carácter Peregrinal de la Iglesia
organizada por Amigos del Libro, Buenos Aires, el 11 de mayo de dicho año.
También en 1950, el 27 de agosto y el 27 de setiembre de propaló por el SODRE
su conferencia sobre Montevideo, que
es la única de carácter no religioso.
Se han publicado en Gladius varias de
sus conferencias[25]
IV –Retrato hablado
Hemos recogido de la Hermana
benedictina Rosa Fernández Alonso que lo conoció en el fecundo decenio del 40,
esta semblanza de Dimas Antuña. Compulsada con numerosos testimonios y
opiniones, juzgamos que lo dibuja fielmente.
“Lo conocí en 1943 o 1944 y lo traté
con bastante frecuencia hasta 1948. Era de estatura mediana, más bien delgado,
de cabello negro –entonces ya algo canoso- de tez más bien morena. Su salud
frágil había sido la causa de una estadía en Colón en 1942 y también, según
creo, de su jubilación.
Lo que más me impresionaba en él era
su constante actitud de hombre de oración. Leía y más que leía estudiaba
cuidadosamente, publicaciones sobre las diversas disciplinas sagradas:
exégesis, liturgia, teología. Esta manera suya de profundizar en su fe por un
estudio serio se puede ver no sólo por lo rico de su pensamiento, sino a través
de los libros usados por él, cuidadosamente subrayados y anotados.
Su misma conversación estaba como
protegida por un silencio: no se perdía en temas banales ni se refería a su
persona y a su vida. Su palabra fluía lenta pero en períodos claros y rítmicos.
De sus escritos conozco lo que está
publicado. Por el año 45 me leyó varios poemas, entonces inéditos, pero luego
publicados en El Testimonio.
Me inclino a creer que Dimas corregía
minuciosamente sus trabajos, ya que como dije antes, su pensamiento fluía con
suma precisión en los conceptos y equilibrio rítmico en la expresión. Nada hace
pensar que hubiese en él el menor afán de preciosismo. Algo de esto se trasluce
en el Prólogo de El Testimonio ( ver
pág. 9).Pero la belleza y hondura que se encuentran en sus escritos –trabajados
o no- muestran al hombre cuya pasión era la contemplación, al esteta de finísima
sensibilidad, al silencioso que todo lo hacía con sencillez y nunca con
descuido.
Esto último tuve ocasión de apreciarlo
desde otros ángulos. Uno de ellos: el cuidado con que estudiaba la diagramación
de sus trabajos cuando se pasaban a máquina antes de una conferencia o en
vistas a su publicación. En lo publicado y que yo conozco, donde mejor se
aprecia este aspecto es en su libro La
vida de San José. Dedicó atento cuidado a la preparación de los originales
de El Testimonio. En ellos pude
apreciar la belleza de una distribución equilibrada del texto. Al pasar a la
imprenta, la necesidad de no hacer muy costosa la edición obligó a achicar la
letra y a suprimir muchos espacios
blancos.
Otro recuerdo vinculado a su sencillez
en la que no se mezclaba el descuido, es el de los momentos en que leía sus
escritos, ya en privado, ya para algún grupo. Los lugares en los que se le
invitaba en Montevideo, con cierta frecuencia eran El Apostolado litúrgico del Uruguay y uno sin nombre oficial y sin
sede propia, formado por personas a las que atraía la espiritualidad
benedictina. Al comenzar Dimas a leer –poesía o prosa- su figura parecía entrar
en la penumbra y su voz clara, suave y armoniosa ocupaba ella sola toda la
atención. Esto, unido al ritmo de que ya he hablado, hacía que su pensamiento
penetrase en quienes le escuchábamos no
sólo como conceptos dirigidos a la inteligencia sino como algo, que creando una
profunda atmósfera de silencio y aquietando los sentidos, nos envolvía y
ayudaba notablemente a gustar lo que exponía y que se refería siempre de algún
modo a las maravillas de Dios manifestadas en la naturaleza o donde quiera que
se revelara.
Dimas fue un alma intensamente
eucarística. Cuando vivía a la vuelta del Santuario de Lourdes que regían los Padres
Palottinos él solía ir a esa iglesia a rezar. Yo trabajaba en ese entonces con
el Padre Agustín Born en el Apostolado Litúrgico y me cruzaba a su casa,
encontrándome con Queca, como llamábamos a su esposa Angélica, si Dimas estaba
todavía en la Iglesia, orando. En los encuentros con Dimas, él me dijo de su
alegría al ver que Queca leía los Santos Padres y otros libros piadosos, sin
necesidad de que él se lo aconsejara. Después cuando volví a verlo, vivía en el
barrio Pocitos, cerca de la Parroquia por tener un sagrario cerca de su casa.
Ignoro cuáles fueron las alternativas
de su última enfermedad. Lo único que supe de él después de una última visita
en 1966 fue que este varón silencioso entró definitivamente en la Plenitud de
Dios el 24 de agosto de 1968.”
CONCLUSIÓN
Para concluir quiero referirme a dos
cosas, primero a la visión que tiene Dimas Antuña de sí mismo como autor y como
creyente. Y en segundo lugar, a su
intuición profética y al fino diagnóstico del mal espiritual de muchos católicos
rioplatenses de su tiempo, diagnóstico profético al que aludí antes y merece
ser destacado, porque desde entonces no han cesado de agravarse esos males, y
el diagnóstico de Dimas mantiene su actualidad profética.
Dimas visto por Dimas,
como autor y como cristiano
Él se describe lúcidamente a sí mismo
como autor en el prólogo a El Testimonio en
estos términos: “Yo, pues, no soy un autor que entrega un libro. Soy un
cristiano que entrega una palabra, o mejor, que la restituye a quienes por
atención, por deseo, por pedido expreso alguna veces o por simple seducción de
alto ejemplo y nobleza inolvidable de alma, otras, la han provocado y hecho
nacer en mí. Y así esta palabra tiene todas las condiciones de nuestra amistad.
Porque los amigos son nobles, ella es desinteresada; porque son inteligentes,
no enseña y sólo indica o recuerda; porque estáis todos en Dios, es palabra
gratuita; porque conocéis al Padre en el Hijo, es palabra filial. Confiada a
las letras, no nace de la literatura[26];
entregada al mundo, el mundo no la puede entender. Atestigua como atestiguan
las parábolas del Evangelio, que, según la definición de Alejandro (un niño de
siete años a quien instruían en mi casa en la fe): Son una cosa que se dice y
que después hay que adivinar. Y ya sabemos que los de afuera, obsesionados por
los problemas y sin el menor deseo de recibir el misterio (por eso son de
afuera) nunca adivinan”[27].
“No es gran cosa en este mundo, como
testigo, un ladrón, seguramente homicida y en cualquier caso una piltrafa que
comienza por confesar su propio crimen y la justicia indiscutible de su
condenación... Palabra de pobre. Palabra de condenado. Palabra de pecador.
Palabra de contrito. La gloria de Cristo necesitaba de este testimonio (de
Dimas), lo necesitaba la inocencia del Cordero inmolado, en ese momento. Lo
pedían las tinieblas, el terremoto, el sol y la luna, ya sin luz; el velo roto,
las piedras (que se partían) y, ¡ay de Dimas! Si Dimas no habla. En su
confesión le iba el alma. Le iba (aunque esto parezca extraordinario) algo más
que el perdón, algo mayor que el mismo paraíso. Le iba y nos iba el HOY y el CONMIGO, es decir, la certeza de que lo
comenzado sería consumado, la prenda de su perseverancia, la seguridad de que
moriría en su cruz, así fuera sin muerte de cruz y a golpes; y su gloria y
nuestra gloria inefable... el saber que NADA, NUNCA, lo separaría, nos
separaría , de Aquél que, en la igualdad desatinada del amor, de cruz a cruz y
en un mismo suplicio, de cruz a cruz – en una misma agonía – nos oye”[28].
Dimas se entiende a sí mismo según las
puras coordenadas de la fe y de sus misterios, coordenadas trinitarias y
paterno - filiales. La doxología con que termina su poemario Mon Brésil es elocuente de su
experiencia trinitaria:
Gloire au
Père qui nous accable
De cette
richesse de dons;
Gloire à
ce Fils, notre frère,
Qui es
tout ce que nous avons:
Gloire à
ce Feu, cet Amour,
Oû tout ce
qui est devient Don:
Mon âme à
même la source
A soif
encore de cette eau...[29]
Su extenso poema Pila de mi bautismo[30]
muestra elocuentemente cómo Dimas se entiende también a sí mismo como hijo,
semejante al Hijo:
1
Pila de mi bautismo,
Circunferencia y octógono,
Sepulcro de piedra y fuente
De la resurrección:
Aquí nos engendra el Verbo,
Aquí la Iglesia concibe.
Conforme al Pez, pececillos
Nacen del agua.
La corriente los gobierna,
El cristal los ilumina
Y un brote dentro de ellos, vena viva,
Los vuelve al Padre.
2
Nacen los hijos,
Nacen del agua.
Nacen del bautismo
Semejantes al Hijo.
Semejantes al Hijo
Los que nacen de esta agua
Han muerto y viven
Santo Sepulcro,
Aquí muere el hombre
Y se levanta Cristo.
En contraste con esta autocomprensión
mística de su ser cristiano, definidas por sus relaciones con Cristo, con el
Padre y el Espíritu, contraídas en el Bautismo, Dimas sintió dolorosamente y
expresó proféticamente ¡en 1942! el mal consistente en la reducción moralista,
naturalista de la vida cristiana a ‘ideología cristiana’, es decir a pura ética
para ser vivida en la dimensión puramente intramundana. Crisis latente entonces
que estallaría en la maligna crisis politizadora de las décadas del sesenta y
setenta pero que, aunque cambiando de piel, no cesa de llegar reptando hasta
hoy.
“Cuando se apaga esa lámpara – diagnostica
Dimas - que significan las virtudes teologales,
lo terrible es ver cómo el hombre bautizado, es decir, creado en Cristo para
Dios, se organiza en sí mismo y
empieza a construir su vida en la región de la desemejanza[31].
No puede destruir la Imagen y lleva además su sello, un carácter filial que es
indeleble, pero, el pecho ungido para las obras de la fe se ensancha en
alientos de la propia afirmación, y la espalda, que había de llevar el yugo de
Cristo, toma sobre sí el peso político del mundo. Las acometidas de la soberbia
y la voluntad de poder, el ‘yo’ y el imperio, endurecen otra vez el rostro con
el contenido que vuelve de los tres ‘Renuncio’. Este hombre bautizado toma un
puesto en el mundo y del mundo recibe su porte, su aire, su importancia y su honra.
Tiene el oído atento (aunque no a la Palabra) y la nariz, grave, que se
reserva. Si no anda en olor de suavidad mantiene en cambio, sagaz, la husma.
Porque no se trata aquí de apostasías alocadas ni de vicios que degraden. ¡Dios
sabe si tenemos todas las aprobaciones de la prudencia y si somos los hombres
del momento, los hombres responsables!
“El que se desentiende así de las virtudes
teologales no tiene por qué ceder, por eso, en las virtudes morales y
políticas. Estas virtudes son muchas, y duras, y saben entablar con lucidez su
juego sin entrañas. Formaron el esplendor del mundo antiguo y aún pueden poner
perfectamente de pie a un hombre en la Historia.
“¿Y para qué, Señores, ha muerto Cristo en
la Cruz? ¿Para esto el Verbo se hizo carne? ¿Para esto la vida de la Iglesia y
su Autoridad, y su Jerarquía, comunican al mundo ese misterio que asombra a los
ángeles de DIOS CON NOSOTROS?
“Para que después del bautismo entre
equilibrios y distingos vivamos como paganos, sin fe, sin esperanza, invocando tradiciones
de hombres y con una estructura, un vocabulario, una especie de airón
amenazante y hueco de pretendidas ‘ideas’ cristianas? No nos bastaba caer en el
pecado y caemos en las virtudes. No nos bastaba la inmundicia y el desorden, y,
para profanar la Encarnación de Cristo, hemos descubierto el orden. Creyentes sin fe, cristianos sin Cristo, Señores, ¿dónde
está nuestro bautismo?”[32].
[1] Este estudio se publicó originariamente con el título: “Vida y obra de un autor uruguayo poco conocido” en la Revista de la Biblioteca Nacional (Montevideo) Nº 18 (Mayo 1978) pp.159-175. Para presentarlo en Gladius lo hemos rehecho, no solamente actualizando en algo la bibliografía, sino sobre todo, ampliando y actualizando nuestra consideración del significado de la figura creyente y profética de Dimas Antuña.
[2] Horacio Bojorge (compilador) “Algunas cartas de Dimas Antuña” Gladius 14 (1997) Nº 40, pp. 115-132; Martina Spotorno “Cartas de Dimas Antuña a Juan Antonio Spotorno” Gladius 21 (2004) Nº 59, pp. 101-119
[3] “La Iglesia: Casa de Dios” Gladius nº 26 (Abril de 1993, pp. 57-80, “Carta a un escultor para hacer una imagen de San José” Gladius 10 (1993) Nº 28, pp. 73-79 donde puede verse en la página 74 una foto de Dimas Antuña joven; “El Misterio del Reino de Dios” Gladius 10 (1994) Nº 30 pp. 17-31; “El sacerdote” Gladius 10 (1994) Nº 31 pp. 43-52; “Beatus vir” (Himno en latín a San José y traducción castellana, con foto de Dimas adulto) Gladius 13 (1997) Nº 39 pp. 56-57“La unión con Dios en San Pablo” Gladius 17 (1999) Nº 46 pp. 117-132; “Mulier amicta Sole. Conferencia sobre la imagen de Nuestra Señora del Luján” Gladius 18 (2000) Nº 49 pp. 23-44 (Hay que advertir que esta conferencia aparece por error con el solo título de “El Testimonio” por el libro del que fue tomada); “El Bautismo” 20 (2003) Nº 56, pp. 11-30; “La Iglesia: Casa de Dios” Gladius nº 26 (Abril de 1993, pp. 57-80
[4] Dedicada a Miguel Ángel Etcheverrygaray
[5] Roque Raúl Aragón, La poesía religiosa argentina, Ediciones Culturales Argentinas, Subsecretaría de Cultura de la Secretaría de Estado de Cultura y Educación, Dirección General de Difusión Cultural, Colección Antologías, 1967, ver páginas 42-44 y 84-88
[6] Véase la monografía histórica de Isabel De Ruschi Crespo, “Criterio” un periodismo diferente. Génesis y fundación. Un respuesta católica al desafío de la prensa en la Argentina en la década de 1920. Ed Fundación Banco de Boston – Nuevohacer, Grupo editor latinoamericano, (Col. Temas) Buenos Aires 1998. La autora menciona a nuestro autor en el grupo fundador de Convivio en la página 90:
[7] El Testimonio (= T.) p. 11.
[8] T. p. 10
[9] Antología del Ensayo Uruguayo Contemporáneo, Universidad de la República, Dpto. de Publicaciones, Montevideo, Uruguay 1964 (Serie: Letras Uruguayas Nº 5) Tomo I, p.36.
[10] Antología de la Poesía Uruguaya Contemporánea, Universidad de la República, Dpto. de las Publicaciones, Montevideo, Uruguay 1964 (Serie Letras Nacionales Nº 9) Tomo II, pp.222.227.
[11] Así en su partida de Bautismo: Archivo Parroquial de N. Sra. de los Dolores (Dolores) Libro IX, folio 202. Fue bautizado por el Pbro. Ignacio Galarraga el 26 de enero de 1895, siendo sus padrinos Don Aurelio Podestá y su tía Ventura Gadea Casas.
[12] Don José Luis Antuña Barbot había tenido de su primer matrimonio con Agustina Segundo, tres hijas: Agustina, Ema y Elisa. Tras enviudar muy joven, se casó con doña María Gadea Casas, de la que tuvo cuatro hijos: 1) José Luis (Dimas), 2) Pedro José, 3) María del Carmen, 4) Mario Alberto. Don J.L.Antuña Barbot fue escribano y además muy activo en el periodismo nacional, primero en El Día y tras los sucesos de 1886 en La República.
[13] Su nombre figura en el libro de matrículas de dicho colegio, correspondiente a 1906-1911. Ingresó el 5 de marzo de 1907. Don Agustín Belloni, un cuñado de su madre, figura allí como el responsable del niño en Montevideo. Pero en los años siguientes su familia viene a la Capital. El nombre de José Luis Antuña figura en los folios 72, 128 y 138 del libro de matrículas, bajo los números 39, 437 y 8 respectivamente.
[14] Libro de distribución de Premios del
Colegio de la Sagrada Familia. Años 1910 (págs. 79-81). Hay allí fotografías de
grupos en los cuales figura el joven Antuña. En la pág. 81 del libro de 1911 su
retrato de cuerpo ocupa toda la página. En el Programa de Actos y Festejos que
acompañaron la distribución de premios, Antuña, el mejor alumno de su promoción
pronuncia un monólogo: Porqué las Señoras
hablan más que los hombres.
[15] Existe una serie de cartas de Carlos Sáenz a Dimas Antuña, que nos auguramos se puedan publicar pronto en Gladius.
[16] Esta revista es interesante pero difícil de encontrar en nuestro medio. Hemos visto un ejemplar en el Archivo familiar. Tenía su sede en Alsina 884-890. Su director fue Julio Fingerit. A partir del Nº 8 se retiró y la revista siguió sin director. Secretarios eran Tomás de Lara e Ignacio Anzóategui. Administrador: José Garrido. Redactores: Emiliano Aguirre, Dimas Antuña, Juan Antonio, Héctor Basaldúa, Tomás Casares, Rómulo D. Carbia, Víctor Delhez, Osvaldo H. Dondo, Miguel Angel Etcheverrygaray, Manuel Gálvez, José M. Garciarena, Rafael Jijena Sánchez, Mario Mendióroz, Emiliano Mc Donagh, Ernesto Palacio, Alberto Prebisch, César E. Pico, Carlos A. Sáenz. La revista se publicó ininterrumpidamente desde enero de 1930 hasta diciembre de 1931, con un total de 24 números. El formato es de 37 x 27 cms. Cada volumen tiene paginación anual corrida. En la lista de redactores hemos subrayado los nombres de los que –según nos dicen- fueron más amigos de Antuña. Varios de los redactores iban a pasar luego a ocupar posiciones políticas.
[17] Excepto Israel contra el Angel todos sus libros aparecen con Imprimatur. Véase a este propósito T. pág. 11.
[18] Vida de San José (=VSJ) pp. 11-14
[19] Israel contra el Angel (=IA) p. 60 ss. Pensamos que se trata de una obra de Kant. En una conferencia se refirió a la crisis interior que le produjo su encuentro con Kant y cómo la superó, siendo el punto de partida de sus estudios de teología, liturgia e historia del cristianismo.
[20] IA. P. 61, el subrayado es nuestro.
[21] IA. P. 71.
[22] IA. P. 74, el subrayado es nuestro
[23] T. Págs. 210-212.
[24] IA. Págs. 89-90.
[25] Véase la nota 3
[26] En otro lugar del prólogo Dimas ha efundido su corazón al respecto: “Esa falta de calidad literaria explica también el fracaso invariable, y con algo muy parecido a una burla, que han tenido los intentos de publicar algunos de los trabajos breves de este libro en los grandes diarios de Buenos Aires, y el hecho, penoso para el autor, de que este libro no pueda editarse dentro de las vías ordinarias de la producción intelectual, y sólo se haga ahora, al margen y como por tolerancia del comercio de librerías, gracias al empeño generoso de algunos amigos” (El Testimonio, Prólogo, p. 17).
[27] T. Págs. 23-24
[28] T. Págs. 25-26
[29] Mon Brésil, está fechado en Río de Janeiro, en Julio de 1938. Esta cita está en El Testimonio en la p. 130.
[30] T. Págs. 259-283. Nuestra cita en p. 259
[31] La desemejanza con el Padre, es decir, un cristianismo ¡no filial!
[32] Tomado del Discurso en honor de San Juan de la Cruz para celebrar el IV Centenario de su nacimiento, pronunciado por el autor en la sede de los Cursos de Cultura Católica de Buenos Aires, el día 9 de setiembre de 1942. El Testimonio, Páginas 134-163. El pasaje citado en las páginas 148-149