FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
“Hagan esto en memoria
mía” (I Cor 11, 25)
Aquella noche de negra traición, en la que no sólo Judas se mezcló hipócritamente en una cena de amigos, sino que el mismo Pedro dio muestras de un amor altanero y demasiado pagado de sí mismo, en aquel momento tan solemne, donde los mismos predilectos amigos de Jesús, casi nada entendían de lo que estaba sucediendo (ver: Lc 22, 24), nuestro Salvador, superando su enorme tristeza, se conecta con su Padre y con todos los siglos venideros, con nosotros, para dejarnos el legado de su inmenso amor, capaz de convertir la cruz en luz y la misma muerte en camino de vida sin ocaso.
En un claro gesto de despedida, declara que se va al
Padre, pero, que a la vez se queda, porque adelanta su sacrificio, entregándolo
a los suyos y a nosotros en el pan y vino eucarísticos. Nació así, en medio de
la ingratitud más negra, la Acción de gracias por excelencia: la Eucaristía.,
sacramento de la presencia de Cristo misteriosa, pero real, que sólo la fe
puede apreciar.
Pero, juntamente nos dejaba Jesús otro sacramento.
Porque los asombrados apóstoles no solamente asistieron a la sustitución de la
pascua judía por la definitiva, en Cristo, sino también a la confirmación de un
mandato perentorio del Señor: “Hagan esto en memoria mía”.
Pero, ¿qué era “esto”? Nada menos que el cambio
prodigiosa del pan en el cuerpo de Cristo y del vino en su sangre. Ahora bien,
¿quién puede realizar semejante proeza,
sino sólo Dios? ¿Cómo hombres comunes podrán cumplir con tal mandato, si no es
porque se vieron investidos de una capacidad
que les venía de lo alto y jamás podría nacer de su pobre naturaleza
humana, agravada, para más, por las limitaciones personales de cada uno?
El propio Jesús, Hijo de Dios, al dejarles como
testamento esta tarea sobrehumana, los estaba dotando de aquello que por sí
mismos nunca habrían podido obtener. El Señor los transformaba en sacramentos
vivientes, personales de su entrega y sacrificio.
Este solo hecho da pie para innumerables reflexiones
sobre nuestra fe en el sacramento del orden y las personas llamadas a vivirlo
con toda su existencia.
En primer lugar: los sacerdotes han de obrar “en
memoria de Cristo”, son puentes, canales y un puente no sirve para detener en
él el camino de quienes lo transitan. Por eso, tanto los fieles como los
ministros del altar, han de apuntar la mirada de la fe bien a lo alto. Veo a un
hombre de tal o cual edad, dotado de un carácter así o asá, con sus virtudes y
defectos, pero...ese hombre, al consagrar, no dice: “Esto es el cuerpo de
Cristo”, sino “Esto es mi cuerpo”. Es hecho una sola cosa con el Señor glorioso
del cielo, le presta sus labios y todo su ser, para que prosiga a lo largo de
los siglos la obra vivificante del Evangelio. Por eso, detenernos en lo
“humano” del sacerdote, sin elevar la mirada, significaría no sintonizar con la
herencia que el Señor nos dejó. S. Agustín razonaba profundamente: “Bautiza
Pablo, es Cristo quien bautiza; bautiza Pedro, es Cristo quien bautiza”. Si los
primeros cristianos se hubieran dejado llevar de apreciaciones meramente
humanas, no le habrían dejado a Pedro levantarse, después de la Ascensión del
Señor, a dirigir y llevar adelante la iglesia primitiva.
Los santos así también lo vivieron. Se cuenta de S.
Francisco de Asís, que no quiso ser sacerdote, porque se sentía indigno de tan
grande ministerio. Esto, de pasada, es una gran advertencia para quienes, sin
los niveles de santidad de tan gran amigo de Cristo, sin embargo hemos aceptado
seguirlo en su sacerdocio. Alguien ha tenido que responder a la invitación, por
más que sienta y sentirá siempre la desproporción, entre sus pocos méritos,
muchas fallas y la sublime vocación a la que es invitado.
Volviendo a Francisco, en una de sus correrías los
vecinos de un pueblo, le preguntaron cómo debían comportarse con su párroco,
que llevaba una vida no muy honesta. El santo se arrodilló ante aquel sacerdote
y besándole las manos exclamó: “Estas manos me dan el cuerpo y la sangre de
Cristo”.
Ahí tenemos un ejemplo muy gráfico de lo que es una
mirada de fe, que traspasando la cáscara, sabe dar con el meollo salvífico y
misericordioso de las disposiciones divinas, llevadas a cabo por medio de la
fragilidad humana.
Todo esto, evidentemente que no ha de ser una
excusa, para que los sacerdotes nos comportemos de cualquier manera, pensando
que de todos modos la gracia fluirá a través de nuestras acciones sagradas.
Todo lo contrario. No hemos de ser cañerías de metal, que en nada se benefician
del agua que transmiten, sino acequias de tierra, que se van empapando de la
frescura y vida que hacen fluir para beneficio de sus hermanos.
Por eso, Pablo, bien consciente de esta
grandeza depositada en la miseria de un
ser humano, describió esta situación, expresando que su ministerio era como un
tesoro depositado en una vasija de barro (II Cor 4, 7). Y da la razón de esta
cabal y feliz comparación: “Para que se vea bien que este poder extraordinario
no procede de nosotros sino de Dios”. Si las manos de estos hombres pueden
distribuir estrellas (perdón de los pecados, exponer la Palabra de Dios, etc,),
si mediante su servicio se forjan santos, entonces es claro que no están
transmitiendo algo propio, que son solamente instrumentos. El poder es de Dios
y no de ellos y lo mismo ha de suceder con la gloria: es para Dios y no para el
ministro. “¿Qué es Apolo, qué es Pablo? Servidores”( I Cor 3, 5). No habiendo
entonces lugar alguno a inútiles
comparaciones. «¡Qué simpático era Juan XXIII y qué distante parecía Pío XII
!”. La verdad es que ”ambos”, con sus modos tan diferentes de ser, fueron
vicarios de Cristo. Igual que Isaías, un hombre intrépido y valiente,
disponible en el acto: “¿Aquí estoy, envíame!”
(Is 6, 8). Pero, no menos fue profeta del Señor
Jeremías, que en su timidez y poquedad, respondió: “¡Ah, Señor! Mira que no sé
hablar, porque soy demasiado joven” (Jer 1, 6). Perderíamos un tiempo precioso,
si en vez de trabajar con tan diferentes personas, pero que han sido ungidas
por Cristo, nos perdiéramos en comparaciones estériles, valiéndonos de miopes
miradas humanas sin acudir al telescopio de la fe.
La
fragilidad de las vasijas se manifiesta sin duda en los pecados personales del
ministro. No hace falta recordar a los que ocupan por algunos días las portadas
de los diarios y revistas sensacionalistas. Están a la mano los pecados
cotidianos, los tics profesionales, las impaciencias, el apego exagerado a las
fórmulas, etc.
Para
vivir sanamente la vida espiritual es muy importante una percepción exacta (ni
meramente ideal ni solamente prosaica ) de la figura del ministro ordenado.
Porque una manera adulta de aceptar y relacionarse con los pastores es
condición necesaria para superar el infantilismo (que oscila entre ”mi párroco
es un capo” y “mi párroco es un inútil”), y vivir la madurez de la vocación
cristiana. También es una señal de sabiduría sobrenatural: “Tengan en cuenta
quiénes son los que han sido llamados: no hay entre Uds. muchos sabios,
hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario,
Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios: lo
que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes: lo que es vil y
despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie
podrá gloriarse delante de Dios” ( I Cor 1, 26 – 28).
Puesto
que en último término es Cristo quien actúa y realiza la salvación a través del
sacerdote, la indignidad de éste no impide a Cristo obrar. San Agustín lo dice
con firmeza: “En cuanto al ministro orgulloso, hay que colocarlo con el diablo.
Sin embargo, el don de Cristo no por ello es profanado: lo que llega por medio
de él conserva su pureza, lo que pasa por él permanece limpio y llega a la
tierra fértil... En efecto, la virtud espiritual del sacramento es semejante a
la luz: los que deben ser iluminados la reciben en su pureza y, si atraviesa
seres manchados, no se mancha” (In Evangeliun Johannis tractatus 5, 15).
Gracias a Dios, El Espíritu Santo ha suscitado en todos los tiempos, ministros que buscaban encarnar la santidad de su oficio de santificadores: mártires, predicadores, misioneros, Papas, obispos, párrocos, muchos anónimos y otros bien conocidos: Juan Crisóstomo, el santo Cura de Ars, S. Juan de Avila, S. Juan Bosco, S. Luis Orione, S. Pío X etc.
Que la
fragilidad (y hasta la fealdad ) de la ”vasija de barro” no sea motivo ni
excusa para rechazar el ”tesoro” que su ministerio dispensa. Un santo sacerdote
solía comparar a los ministros del Señor con el asno sobre el cual entró Jesús
a Jerusalén. Era una pobre bestia, pero llevaba al Señor. Estemos alerta,
entonces, no sea que rechazando al animal, desdeñemos al que está sentado sobre
él.
Si nos sintiéramos mal ante obispos o sacerdotes,
miremos a la Última Cena. Jesús se pasó reprendiendo a sus más íntimos
asociados. No obstante, con un amor propio sólo de Dios, que no se fija en los
méritos (que nadie posee), sino que crea las disposiciones necesarias allí
donde no las hay, a ellos entregó lo mejor de su testamento: su presencia
misma, que nos acompañaría a lo largo de los siglos, “hasta que El vuelva” ( I
Cor 11 , 26)