FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


LA EUCARISTIA Y LA SAGRADA ESCRITURA

Pbro.Dr.Miguel A. Barriola

 

 

 

I – PROEMIO

         Los congresos, en cualquier orden (científico, político, artístico, etc.) suministran propicias ocasiones para valorar con renovado entusiasmo y profundidad realidades, instituciones o personas con las cuales solemos relacionarnos frecuentemente por pura inercia de la costumbre, sin contacto vital y fructuoso con sus riquezas.

            No está exenta de la herrumbre rutinaria nuestra vinculación con Dios, con el Evangelio y sus principales tesoros.

            Así, Mons. A. Marino apunta con ojo certero lo siguiente, respecto al culto que, debiendo ser “fuente y culpen” de toda vivencia cristiana (1) [1], por “la debilidad de los hombres puede, a veces, volcar en la celebración litúrgica de la fe los síntomas del enfriamiento de su adhesión plena a Jesucristo. Una fe no confrontada con la vida, ni vivificada por la caridad, puede llevar al ritualismo y a la rutina, peligro constante de toda comunidad eclesial. Viceversa, una celebración imperfecta por falta de un verdadero espíritu de fe, o por una deficiente formación litúrgica o el descuido de una preparación pastoral más esmerada, puede afectar la calidad de vida eclesial” (2) [2].

            Ahora bien, nadie ama lo que no conoce, debiéndose muchas veces esa tibieza frente al manantial de todo amor cristiano : el sacrificio eucarístico, a la ignorancia o poca familiaridad con las fuentes mismas de una disposición tan vasta y honda proveniente del corazón de Jesucristo.

            Esos orígenes de la Eucaristía están plasmados en la Sagrada Escritura. En su primera Alianza que la prepara y bosqueja y en el Testamento Nuevo y definitivo que entrega los secretos más íntimos de Jesús a su Iglesia “hasta el que venga” (1 Cor 11,26)

            De ahí que para la charla de esta noche, los organizadores de estas jornadas de preparación al IX Congreso Eucarístico hayan ubicado la imprescindible reflexión bíblica, con el fin de conectarnos de la mejor forma (la misma palabra de Dios) con alguno de los puntos de referencia principales que nos acercan a los orígenes del sacrificio que se celebra cotidianamente en la Iglesias, “desde donde sale el sol hasta el ocaso” (3) [3].

            Como previo mapa de ruta avisamos que seleccionaremos el análisis de las perspectivas y problemas que, respecto a la Eucaristía, brindan los Evangelios sinópticos y la 1ª. Carta de San Pablo a los Corintios, en un primer acercamiento. Para culminar con los datos que nos brinde el Evangelio de San Juan.

 

 

 

 

II – LA EUCARISTIA EN LOS SINOPTICOS Y PABLO

 

1 – Preliminares

            Muy brevemente se ha de recordar el género literario propio de los Evangelios. Sus autores no pretendían registrar matemáticamente y con todo detalle los sucesos históricos que están en las raíces de la fe cristiana. No eran historiadores de oficio, sino predicadores fervorosos y entusiastas del mensaje de que eran portadores.

            No por ello era menos fidedigno y sólidamente fundamentado el material histórico que trasmitían. Es la conciencia que manifiesta S. Lucas en el prólogo de su primer escrito : “Me ha parecido también a mi, después de informarme exactamente de todo desde los orígenes, escribirte ordenadamente, +optimo Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido de viva voz” (Lc. 1,3-4). Mal podía contribuir a la firmeza de la fe, acudiendo a inventos y fabulaciones.

            Pero no entendieron la preocupación por la “exactitud” como equivalente al escrupuloso recuento de circunstancias, las más de las veces accesorias (4)  [4]. Por ejemplo, los cuatro evangelistas concuerdan las traidoras negaciones de Pedro. Sólo que, según Mateo, las dos primeras fueron provocadas por dos siervas distintas (Mt 26,29.71), cuando, en la presentación de Marcos se trata de una sola mujer que interroga dos veces al discípulo (Mc 14,66.69).

            Esa circunstancia, borrosamente fijada en la memoria de la tradición, aunque del todo accidental, n nada empaña la sustancia verídica del hecho descomunal que un discípulo, tan destacado por el mismo Jesús, lo hubiera renegado.

            Algo análogo observaremos respecto a los relatos de la Ultima Cena, y en ella, en lo referente a la institución de la Eucaristía. Sus aparentes irregularidades o discrepancias, no afecta un ápice a la medular fidedignidad y convergencia, con que nos trasmiten el testamento mismo de Jesús. Más bien, cada autor, respetando el núcleo, va explicitando lo que mejor le parecía, pedagógicamente, para las circunstancias de las comunidades a las que dirigía su obra.

 

 

2 – Estado de las tradiciones sobre la Ultima Cena

            Llama de entrada la atención que Juan, en la “hora de pasar al Padre”, antes de la Pascua (Jn 13,1 ss)  no aporte la más mínima alusión a la Eucaristía, a lo largo de cinco extensos capítulos.

            Esta extraña omisión nos ocupará en la última sección, de esta presentación.

            Ciñéndonos a los relatos más compaginados entre sí, una primera ojeada nos hace comprobar que los tres Sinópticos y 1ª Corintios refieren sustancialmente el mismo episodio. Aunque sus divergencias son tan grandes, que resulta tiempo perdido el intento de reconstruir un texto – fuente.

Sin embargo, el análisis de estos documentos permite catalogarlos según sus situaciones en dos grandes orientaciones, la segunda de las cuales puede ser clasificada, a su vez en dos nuevas subdivisiones.

 

 

                                    A) Testamentaria           

            TRADICION

                                                            1 - Marcana

B) Cultural

2 – Antioquena

 

 

3 – Breve inventario previo – Biografía estilizada en la liturgia

            Las narraciones (fuera 1 Cor 11,22-26, donde el recuerdo de la Cena es traído a colación para corregir abusos culturales), se entroncan naturalmente en los sucesos históricos de los últimos pasos de Jesús por la historia.

            Sin embargo, el género literario, con que es presentada la cena, no es puramente narrativo, ha sido tomado del tenor estereotipado con que se celebraba La Eucaristía, ya por décadas, dentro de las liturgias de las diferentes comunidades eclesiales.

 

 

Cariz litúrgico

Lo dicho es más evidente en Pablo, quien se propone enderezar los desarreglos que cometían los corintios en sus asambleas eucarísticas. El Apóstol apelará al sentido profundo (no sólo rubricista) de la práctica cultual, conocida desde los orígenes de la fe cristiana (1 Cor 11,23; ver también : 1 Cor 15,3, donde para otro tema : la resurrección del Señor, acude igualmente Pablo a lo que él mismo “ha recibido” desde la primera tradición). El entrega probablemente la catequesis que le comunicaron en Jerusalén o Antioquía, donde había sido educado en la fe entre el 35 y el 40 (pues él no conoció personalmente al Jesús histórico, antes bien, lo persiguió)(5)  [5].

Es el suyo, entonces, el testimonio escrito más antiguo que poseemos sobre la Eucaristía.

Más, pese a su carácter narrativo, los mismos Sinópticos en sus relatos de la última Pascua de Jesús, ofrecen esa apariencia de estilización, propia de la celebración cultual.

Si bien la cena se presenta muy bien ensamblada con lo que se viene historiando, se descubre en Marcos el carácter de “zurcido” con que parece introducir un trozo constituído ya con vida independiente, fuera de su propia obra. Es decir : el segundo Evangelista, toma simplemente las formulaciones litúrgicas ya en uso y las inserta en su relato.

En efecto, en Mc 14,18 se anotaba Ya : “mientras comían”, cosa que vuelve a repetir (inútilmente) cuatro versículos después (v22). Señal de que trasladó tal cual una fórmula previa, usada en la liturgia, sin reparar en la redundancia.  

El estilo hierático no pretende una descripción detallista de los acontecimientos (6) [6]. Así, por ejemplo, nada se comunica sobre la reacción de los discípulos. Más bien, la única vez que se alude a una intervención de estos ( “bebieron todos”,  v23), es colocada con anterioridad a la explicación de Jesús : “Esta es mi sangre” (v24).

O sea : si se tomara el texto como una crónica “historicista” de lo sucedido, se daría el caso sorprendente de que los apóstoles obraron (al beber), ignorando aún que Jesús les estaba dando su “sangre de la alianza”.

La tendencia a la estilización litúrgica es todavía más patente, si se comparan entre sí las versiones de las palabras de Jesús : En Lucas-Pablo el binomio es : cuerpo-copa de la alianza en mi sangre. En Marcos-Mateo se ha simplificado y visualizado mejor : cuerpo-sangre ( ha desaparecido la mención de la copa) de la alianza(7) [7].

En resumidas cuentas : lo biográfico, histórico está presente, pero a través de la modalidad litúrgica.

¿Quiere decir que estamos ante una práctica ritual, carente de valor histórico? Eso sería una deducción excesiva.

 

 

Factor histórico

En contra de la acción litúrgica, ya estereotipada en sentido cristiano, donde se unía inmediatamente la acción de Jesús sobre el pan y sobre el vino, dos otras versiones (Lc 22,20 ss y 1 Cor 11,25 ss) dan noticia de que fueron separadas por una comida intermedia. “Haced esto en memoria mía. Así mismo el cáliz después de haber cenado, diciendo : Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre...” (Lc 22,19-20. Igual detalle en : 1 Cor 11,24-25).

Otra corroboración del asidero histórico de la narración es obtenido por la aplicación del “criterio de discontinuidad” (8)  [8]. En efecto, al revés de la costumbre corriente de que cada comensal empleara una copa distinta para sí mismo, Jesús hace pasar, según los cuatro textos, la misma copa, en disensión con lo usual. Esto nos lleva a un gesto originario de Jesús.

         Más todavía : a pesar de que la fórmula “fracción del pan” se convirtió muy pronto para los primeros cristianos en término técnico para designar la totalidad del rito eucarístico (Lc 24,35; Hech 2,46; 20,7.11; 1 Cor 10,16), los relatos dan un peso igual e incluso superior a las palabras y gesto de la copa (9)[9]

Esta base histórica se confirma, en todas las versiones, por una serie de semitismos (resabios de giros lingüísticos arameos, que están reflejados en el girego del Nuevo testamento). Y nos remiten a un ambiente palestinense.

Las expresiones “bendición” y “partir el pan”, por ejemplo, resultan extrañas a un oído griego. Las palabras pronunciadas por Jesús (por otra parte) no se ajustan a las que se recitan en toda comida pascual judía. Ellas se proponen explicar, no los ritos ancestrales practicados en esa fiesta tan central para Israel, sino los gestos actuales y nuevos de Jesús, que, como hacían los profetas, interpreta su modo de actuar, máxime cuando lo hace en vistas a un futuro y no como recuerdo de un pasado.

En resumen : los indicios aducidos hablan de recuerdos vertidos en un molde cultual, estilizado, pero con sólida base en la historia. Si no nos cuentan todo lo que Jesús hizo aquella noche, sino más bien nos refieren como los primeros cristianos de Jerusalén y Antioquía celebraban en su liturgia la memoria de la Ultima cena, no por eso dejan de entregarnos lo esencial de gestos bien anclados en la historia.

 

 

Tradición Testamentaria – Comida de despedida

Acertado lo anterior, acerca de la simplificación litúrgica observable en medio de los relatos evangélicos, se comprueba igualmente que la última cena ha sido trasmitida de acuerdo a otro tipo de tradición, cuyo mejor representante en el Evangelio de Juan.

Es indudable que la Eucaristía se celebraba también en las comunidades joáneas, como lo muestra Juan 6, con su abundante discurso sobre el “pan de vida”. Pero la realidad es que, en vez de los hechos y palabras de la institución, Juan recuerda la postrer comida de Jesús con los suyos, ubicando allí solamente el lavatorio de los pies y un extenso discurso, con el que Jesús se despide.(10) [10]

Rastros de estas características han quedado también en los Sinópticos. En Lucas (siempre más cercano a Juan en sus datos), adquieren mayor relieve; pero no están ausentes en los restantes (mt 26,29; Mc 14,25).

Nos referimos a los versos en que Jesús deja atrás la comida terrena, para citar a los suyos a un futuro festín perfecto, en el Reino de Dios.

Dichas palabras (en Mt y Mc) siguen inmediatamente a la revelación suprema, referente a la : “sangre de la alianza”, derramada por todos. Parece extraño que, acto seguido, Jesús hable simplemente del “fruto de la vid”, expresión que se puede aplicar a cualquier  vino, desprovisto de carácter sagrado.

Nos encontramos ante dos registros diferentes de lenguaje : uno litúrgico y otro profético.

La existencia de tradiciones, configuradas en ámbitos diferentes, es confirmada por el echo de que estas frases flota como descolocadas en medio de un estilo litúrgico, tanto, que Lucas invierte el orden, sitúandolas, no después, sino antes del relato cultual. En su Evangelio, las palabras propiamente eucarísticas siguen sin violencia al texto precedente (22,14-18), que es exclusivo suyo, sobre todo cuando el v17, sobre la copa y el compartir, las prepara muy bien (11)[11]

Marcos, en cambio, llegado el punto central en su narración de la Ultima cena, creyó que lo mejor era insertar en su texto un sustrato (ya corriente en la liturgia) de los hechos. Así, mientras que en Mc14,12-21 venía contando en su modo habitual, en tono más vivo y concreto, en los vv22-24 no hace más que transcribir un trozo en moldes litúrgicos (como más arriba hemos analizado).

Este mismo entrecruzarse de tradiciones explicaría en Marcos (además de la reiteración del “mientras comían” : 14,18 y 22) la anomalía ya encontrada de que los discípulos “beban” antes de que Jesús haya pronunciado las palabras de la institución. Este acto de beber no habría que unirlo al vino ya eucarístico, sino a las consideraciones referentes a la despedida. A esa conclusión pone remedio Lucas.

A continuación pondremos en dos columnas las narraciones de marcos (donde mezcla ¿tradiciones), con las de Lucas, quien las distingue con nitidez, sólo que prescindiendo de la inserción eucarística que Mc 14,24b (proveniente de la fuente cultual) intercala en medio de los recuerdos de cariz testamentario y se podrá captar la operación de clarificación realizada por el tercer Evangelista :

 

 

Marcos 14                                                                   Lucas 22

v23        Y tomando la copa                                        v17             Tomando una copa

Pronunció la acción de gracias                                                      dio gracias y dijo :

            Se la pasó                                                                     Tomad

            Y todos bebieron                                                                          repartidla entre

v24       Y le dijo : (omitimos v24b)                                                       vosotros;

v25      Os aseguro que ya                                                        v18             porque os digo que

            no beberé más                                                                     desde ahora

            del fruto de la vid                                                                   no beberé más

            hasta el día en que lo beba                                                     del fruto de la vid

            nuevo                                                                               hasta que llegue

            en el Reino de Dios                                                      el Reino de Dios

 

 

Lucas, por lo tanto (mejor historiador, cuyo propósito es escribir con orden, como dejó consignado en su prólogo : 1,3), ha conservado perfectamente una tradición especial; mientras que Marcos la ha deslocado, haciendo prevalecer la litúrgica.

Al unir inmediatamente las palabras sobre el pan con las relativas a la copa (en el v24 a y b : tal como se había simplificado desde hacía tiempo en las celebraciones cristianas, que recordaban el evento), Marcos deslizó más el centro hacia el modo con que los cristianos de su época habían sintetizado lo esencial de la despedida pascual de Cristo.

 

 

La cuestión de las distintas copas en Lucas

Existen complicados problemas en torno al texto de Lucas. La mayoría de los intérpretes actuales supone que el Tercer Evangelio narra los principales desarrollos de una cena pascual judía, tal cual es reconstituible a partir de fuentes rabínicas (que, sin embargo, no todas ofrecen una imagen uniforme).

Según estos exégetas, la copa de Lc 22,17-18 sería la primera “de bendición” (llamada quiddush : santificación), de las cuatro que era costumbre beber en tal ocasión.

Las palabras de Jesús (imprevistas por el ritual judío) sobre otra de las copas, habría recaído (siempre según estos comentaristas) sobre la 3ª copa, llamada de bendición y acción de gracias (birkat hammason).

Parecen más lúcidas y pertinentes las explicaciones de P.Benoit(12)[12], quien ve en el relato lucano referencias (por dos veces) a una misma copa.

Para este exégeta, la “pascua” y la “copa” de los vv 15-18 son solamente un paralelo anticipativo de los gestos que Jesús realizará inmediatamente después. O sea : una especie de título o resumen previo, de lo que pasará a desarrollar : por ende, no pertenecen a la misma narración y, por lo tanto, no se trata de una copa anterior a la única que aparecerá en el curso del relato que seguirá enseguida.

 

Algunas razones que sustentan esta posición :

- En 22,17 escribió “Dexámenos potérion” (= tomando una copa, sin el artículo determinante), para sólo después concretizar con el artículo, en el v20 : “kai to potérion osaulós” (lo mismo hizo con la copa, de la que ya venía hablando desde el v17).

- Lucas emplea el giro “eujaristésas” (habiendo dado gracias) para la primera mención de la copa, lo cual no coincide con el primer brindis del ceremonial judíoa, que era de “ bendición”. Si hubiera querido referirse a ello, debería haber escrito “Eulogésas”. La palabra que emplea, pues, parece provenir de la copa eucarística (Mc 14,23).

- Tampoco era propio de la primera copa judía que fuera repartida entre los comensales, como lo hace Jesús en lc 22,17. Por consiguiente, tenemos ya otra característica de la copa propiamente eucarística, que Lucas trasladó y anticipó a este lugar, funcionando así como compendio del relato que seguirá a continuación.

¿Quiere decir esto que él ve pura y simplemente a la copa eucarística ya en el v17?

No, porque se abstiene de conectarla con lo esencial de la misma : las palabras relativas a la sangre.

Su procedimiento es a la vez más sutil y sencillo : adelantó la copa eucarística al v17, para ocuparse de ella nuevamente, acto seguido en el v20.

¿Pero qué objeto tiene este desdoblamiento?

En primer lugar : como ya se adelantó, por una preocupación de presentación más clara, Lucas habría decidido colocar antes de la institución eucarística la palabra escatológica (despedida hasta el reino) que Marcos ubicó al final. Con ello obtenía orden y claridad, porque Jesús, al anunciar que no bebería más vino en sentido propio, debió haberlo expresado antes de pronunciar las palabras acerca de la sangre, las cuales elevaban los pensamientos a un palno del todo nuevo.

Con sus palabras de Lc 22,17, no quiere decir Jesús que en esa cena no iba a beber más vino, sino : “Esta es la última comida en que beberé vino”. Según la verosimilitud histórica el orden de Lucas es mejor que el de Marcos-Mateo.

Esta palabra sobre el vino, todavía no eucaristizado en su sangre, tenía necesidad de un soporte :  Jesús debía pronunciarla sobre una copa de vino : Lucas lo muestra, entonces, tomando antes una copa. Por otra parte, el Evangelista está pensando sólo en la copa que posteriormente será eucaristizada. Se trata, volvemos a repetir, de una única copa.

Lucas está tan lejos de pensar en la primera copa del ritual judío, que no aduce ningún signo especial para caracterizarla; sólo le asigna por adelantado algunos rasgos de la copa eucarística, como se encuentran en Mc 14,23; la toma, da gracias y la entrega con la orden de distribuirla. Lucas reserva únicamente para el momento eucarístico propiamente dicho (sobre la misma copa, que ya está en juego desde su presentación), el último elemento (esencial, a decir verdad) : la palabra sobre la nueva alianza y la sangre (v20).

Ha hecho muy buen cálculo, porque seguir a S.Pablo en 1 Cor 11, que tiene sólo esta palabra sobre el vino (sin el mandato de distribuir, ni de beber : 1 Cor 11,25), de este modo, no habrá dejado de emplear las noticias de la otra fuente (testamentaria, de despedida), que usaba Marcos, sólo que ubicándola en su lugar apropiado (antes de la fórmula sobre su propia sangre) y no después de la misma, como Mc 14,25.

Habiendo así mencionado la copa, por anticipación, Lucas debía obtener un mejor equilibrio, haciendo lo mismo respecto al pan : éste, a su vez, está como preparado por la mención de la Pascua (Lc 22,15), que recibe también su palabra escatológica (v16 : “ no la comeré hasta que se cumpla en el Reino de Dios”).

Sólo que,  en realidad, el pan no es considerado por anticipación en sí mismo, como se hizo con la copa. Está más bien figurado por otra cosa : la pascua, es decir, la pascua judía, y más precisamente en cordero pascual.

            Esta observación nos conduce a ver en la construcción de Lucas otro objetivo más profundo que el mero deseo de un paralelismo verbal o de un orden más lúcido de los hechos.

            Parece que Lucas hubiera querido anteponer al cuadro eucarístico otro, construído para lelamente, sobre el rito antiguo que desaparece para los discípulos : la pascua judía.

            Jesús da la despedida a la antigua economía e inmediatamente después instituye la suya, nueva y definitiva. Por medio de su composición de los datos, Lucas desea poner en juego un profundo pensamiento teológico, que desarrollará la tradición posterior : “Observata lege plen, cibis in legalibus, cibus turbae duodenae se dat suismanjibus” (= Habiendo observado plenamente la ley en la comida prescrita, con sus propias manos se da como alimento al conjunto de los doce “ Sto Tomás de Aquino. Pange lingua). La Eucaristía es la pascua cristiana; o también : Cristo ha suprimido la antigua pascua, sustituyéndose a ella, idea que ya Pablo había enunciado (1 Cor 5,7). Lucas, que sigue a Pablo en tantos otros detalles referentes a la Eucaristía, seguramente se encuentra igualmente bajo su influjo, cuando saca a la luz este pasaje de la una a la otra Pascua, por medio de su hábil construcción.

            Pero, esta idea surgía de los hechos mismos, no se debe a las artes combinatorias de Lucas. No por se una amplificación de alcance teológico, la redacción de Lucas es fantasiosa e irreal, todo lo contrario. Está explotando una auténtica tradición histórica, a saber, que Jesús instituyó la Eucaristía en el curso de un banquete con fisonomía pascual.         

 

 

Carácter pascual de la Ultima cena

            En la actualidad hay intérpretes que niegan lo que acabamos de afirmar : la cena de despedida de Jesús (opinan) no fue de estilo pascual.

            La objeción más seria contra este cariz pascual se refiere al tono de Mc 14,22-25, que no contiene alusión alguna al rito de esa fiesta, con lo cual Jesús se desconectaría de la sugerencia de sus discípulos, que le preguntaron dónde quería celebrar la pascua (Mc 14,12-16).

         La realidad es más compleja y simple a la vez. Lucas percibió en profundidad que se trata de dos pascuas, de las cuales la antigua cede su lugar a la nueva. Marcos, llegado al punto central de la cena, no creyó hacer otra cosa mejor, para contarla, que ir de inmediato a lo central, más nueva, original, y perpetuado entre los cristianos : aquello que resumían los relatos ya corrientes en la liturgia de la Iglesia. Mientras que en los vv 12-211 venía contando en su modo habitual, usando un tono narrativo y concreto, con todos los detalles de su fuente de información, en los vv 22-24 no hace más que transcribir un pasaje ya esquematizado, de donde resulta un cierto cambio de plan, que se siente en la redacción marcana, como lo hemos venido notando.

            De aquí también se sigue que los primeros cristianos, cuando renovaban la Ultima cena, dejaron caer todos los elementos del rito pascual, a los que el Señor no había dado ningún sentido, o mejor dicho : cuyo único significado era, estar apuntando a la pascua definitiva. Una vez llegada esta, ya no tenía objeto reproducir detalladamente lo que sólo fue un bosquejo preparativo y provisorio. Se retuvieron sólo los gestos que habían recibido, por las palabras del Maestro, un significado nuevo. En consecuencia, no mencionaron más estos últimos en el relato que acompañaba a la acción. En particular fue abandonado el cordero. Este asado en trozos apetitosos no convenía en la repetición frecuente en el futuro, querida por Jesús. (Para los hebreos la periodicidad de la Pascua era sólo anual. Los cristianos, en cambio, “todos los días...partían el pan” Hech 2,46 : “Todas las veces que coméis...bebeís” 1 Cor 11,26).

            Pero la omisión explícita del cordero, en el texto litúrgico que emplea Marcos, no significa en modo alguno su ausencia real en el convite histórico de la Ultima cena de Jesús.

            Se notará, por otra parte, que el mismo molde litúrgico ya cristiano ( prescindiendo de las otras circunstancias, como, por ejemplo, el servirse del  mismo plato las “hierbas amargas” : Mt 26,23; Mc 14,19) ha retenido algunos vestigios, que, no sólo no contradicen al colorido pascual de la Cena, sino que la insinúan : es un festín nocturno (“la noche en que era entregado” : 1 Cor 11,23 ) : rito de bendición, fracción y distribución del pan con palabras explicativas, copa de acción de gracias al terminar la comida (“después de cenar”: Lc 22,20; 1 Cor 11,23) el canto del Hallel (Mt 26,30, Mc 14,26) (13) [13].

 

f) Conflicto entre los Sinópticos y Juan respecto a la Pascua

La dificultad más grave contra la “pascualidad” de la Ultima cena de Cristo se funda en la diferencia de cronología observable al respecto, entre los Sinópticos y Juan. Aquellos hablan de "“Preparar la Pascua"” brindando varios detalles propios de tal rito, como recién hemos mencionado.

         Juan, en cambio, al otro día de la cena, notifica que los judíos “no en tran en el pretorio, para no contaminarse y así poder comer el cordero pascual” (Jn 18,28). Según el cuarto Evangelio, entonces, la Pascua tuvo lugar aquel año en un sábado y no el jueves anterior, como lo dejan entender los tres primeros Evangelios.

            Innumerables intentos de solución se presentaron en la historia de la exégesis. El que más llamó la atención surgió a raíz de los descubrimientos de Qumram y fue expuesto por Annie Jaubert (14)[14].

            Los esenios, al separarse del culto oficial del templo, quisieron, entre otras cosas, restaurar el uso del calendario que puede observarse en la Biblia, dejando de lado el babilonio vigente en la liturgia de Jerusalén.

            Según la autora francesa, Jesús habría celebrado su comida pascual con sus discípulos en la tarde del martes, siguiendo el calendario de los esenios, practicado por contemporáneos suyos, muy cerca, a las orillas del Mar Muerto. Habría sido detenido en Getsemaní la noche del martes al miércoles. Los sinópticos presupondrían así la fecha de la Pascua según el cómputo esenio. Mientras que Juan se habría atenido a las fechas oficiales, según las cuales la Pascua cía a la tarde siguiente a la crucifixión de Jesús.

            Ingeniosa y muy documentada solución            , que muchos aceptaron al princi pio con entusiasmo, pero que hoy en día va siendo arrinconada por serios reparos que le han ido levantando.

            Así, el ya citado P. Benoit(15) [15] observa que es difícil probar que Jesús haya sido seguidor de los sectarios de Qumram. Si bien criticó a los sacerdotes, los Evangelios lo muestran muy leal en su frecuentación del templo y observancia de sus fiestas. Cosa impensable para los anacoretas del Mar Muerto, enemigos jurados de los “hijos de Belial” (como llamaban a los sacerdotes jerosolimitanos), usurpadores del culto.

            Para el mismo Benoit (16)[16], nada hay de sorprendente en el descuido de los Sinópticos respecto a la fecha exacta de la cena, error que se ha de admitir en todo caso, si se da la razón a Juan.

            Hay un recuerdo objetivo en la base del relato sinóptico : fue por cierto la tarde del jueves cuando Jesús celebró su Ultima cena.

            El único despiste de la tradición sinóptica consistiría en haber dado un carácter plenamente pascual a lo que no pudo ser en realidad otra cosa que una evocación anticipada de la Pascua del otro día.

            Todo lleva a sostenerlo : La Cena, en efecto, fue la cruz adelantada en signos; la cruz, a su vez, fue la sustitución definitiva de la Pascua antigua, como bien lo subraya Jn 19,31-36. Por lo tanto, la cena del día anterior, que no podría ser enteramente pascual, según la usanza judaica, lo fue, sin embargo, como rito de pasaje de aquella a la cristiana. En el cenáculo el centro no lo ocupó ya el cordero o la memoria de la remota salida de Egipto. Se inauguraba un nuevo rito, indicador eficaz de una redención universal, destinado a reemplazar el anterior (“et antiquum documentum novo cedat ritui” = y la antigua disposición ceda su lugar al nuevo rito. Sto. Tomás de Aquino, Pange lingua).

            Estas diferencias, dentro de la analogía explican suficientemente la “fusión”, realizada por los Sinópticos, entre la “cena de Jesús” y la “Pascua judía” de aquel año, que por última vez es conmemorada (para los cristianos), dejando de ser el punto más alto de las gestas salvíficas de Dios, dando lugar a la novísima Pascua definitiva, que sólo sería suplantada por “ el banquete eterno del Reino”, “cuando El venga a clausurar la historia” (1Cor 11,26).

 

 

Conclusión sobre la tradición testamentaria

         Ya notamos de pasada que Juan es el que casi exclusivamente retuvo el sesgo de despedida testamentaria en su presentación de la Cena, anterior a la Pasión. Lucas, el más emparentado a Juan entre los Sinópticos, fue analizado especialmente en lo tocante a est acentuación tradicional. Incorpora el relato cultual (propio de Mc-Mt) pero abunda en los rasgos de tipo testamentario.

            ¿Qué sentido tiene esta especial matización de la tradición?

            Permite expresar lo que ocurre en un cambio tan importante como es la muerte : una sucesión de generaciones. Se opera una suerte de simbiosis entre lo nuevo y lo antiguo. Lo inédito consiste en que se proseguirá sin la compañía o apoyo (al menos visible) del patriarca, lider, fundador. Su pasaje al recuerdo no significa extinción total, pues la novedad que proseguirá no empieza de cero; continúa más bien la obra ya iniciada sin cortar amarrras con su legado, por más que el “pionero” ya no se encuentre presente (en la misma forma que antes):

            Hacer un testamento es responder al instinto de supervivencia que hay en todo hombre : a punto de dejar la vida se espera triunfar sobre la muerte, por medio de algo que trasmite a la posteridad. No se trata sólo de dejar los bienes que nos pertenecen, en herencia, sino, ante todo, de encomendar al cuidado de los que quedan, las riquezas morales y espirituales adquiridas a lo largo de los días, es decir : de comunicar el propio ser, de permanecer en cierto modo.

            Entregar un testamento es manifestar, de algún modo, la omnipotencia de Dios, que es eterno. Por eso, trátese de Abraham, de Jacob, de Pablo o del mismo Jesús, queda abierto el problema del mundo por venir, de la “sucesión”. El hombre, que, por sí mismo, no es vencedor de la muerte, tiene que pasar el testimonio a otros. Verifica por su cuenta el proverbio : “non omnis moriar” (=no moriré del todo). Pero este anhelo pagano, natural en cualquier horizonte cultural o religiosos, queda transfigurado por la intervención misma de Dios. De ahí que Jesús no deje legados meramente “ideo-lógicos” (leyes, consejos, principio, sistemas filosóficos), sino su propio cuerpo (tradición litúrgica o cultual, que consideraremos enseguida). Por eso mismo, la combinación de lo ritual (nuevo y eterno) se une a lo testamentario, caracterizando a la “alianza de sangre”. Sólo El se despide, quedándose (valga la paradoja, el misterio). La Eucaristía es la respuesta al dilema de seguir presente estando ausente, sólo que de manera inigualable, porque únicamente Jesucristo posee la facultad real de entregarse El mismo para siempre, no sólo de dejar recursos suyos.

            Así, notamos de qué manera se da algo peculiarísimo de Jesús. El no dice, como cualquier profeta, salmista o judío piadoso : “Confío en mi Dios me hará comensal en el banquete del Reino” . Jesús está seguro de participar en dicho festín. No hay por qué negar, pues, que Jesús pronunció estas palabras en su Cena de despedida ya que no sólo la recogen los tres Sinópticos en tal ocasión, sino que además, su contenido se ajusta perfectamente a un contexto de despedida.

            Destaquemos de paso, que esa originalidad, que coloca a Jesús en “discontinuidad”, tanto con la religiosidad judía como la eclesial, es un signo de la solidez histórica de los relatos.

            Tal “testamento”, pues, fortísimamente subrayado por Juan, no es menos importante que el aspecto cultual : el cristiano estará unido  a su Señor a través de una actitud de servicio y caridad, como la vivió el propio Jesús.

            En realidad son indispensables las dos tradiciones, pues Jesús no es sólo un dechado a imitar. Concede, además. “transfusiones de sangre nueva”, para capacitar a quienes “ sin El nada pueden hacer” (Jn 15,5 : declaración formulada en medio de la alegoría de la vid, que posee alusiones ciertamente eucarísticas). La Eucaristía no es sólo “fuente” de vida para la comunidad eclesial (solidaridad, servicio mutuo, egregiamente puesto de relieve en el lavatorio de los pies : Jn 13,3-16). Este don inigualable de Cristo (por encima aún de los restantes sacramentos) es también “cumbre” o culmen, como dice el Vaticano II (17)[17]. En el cap 6º de S. Juan ( a considerar más adelante), la carne de Cristo en la Eucaristía no aparece únicamente como abastecimiento de fuerzas para realizar otra cosa (que también lo es), sino sobre todo, como comunicación de vida que trasciende lo presente : “Si no comiéreis la carne del hijo del hombre y no bebiéreis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54-55; ver vv 57-59).

 

 

 

 

 

III LA TRADICION CULTUAL EN SUS DOS VERTIENTES

            Según venimos comprobando, la tradición cultual (prescindiendo de las frases llamadas escatológicas : Mc 14,25; Mt 26,29) subyace a las cuatro versiones del relato de la institución de la Eucaristía en la Ultima cena del Señor.

            Dando un paso más en el análisis, confrontando los cuatro documentos, se puede comprobar que, a su vez, proceden de dos ambientes claramente distintos (ver el recuadro más arriba) : una misma tradición litúrgicamente se plasmó en dos vertientes.

 

 

1          Las dos vertientes

            Sólo Pablo y Lucas hace mención a la anámnesis (Lc 22,19; 1 Cor 11,24) o mandamiento de reiterar.

Lo que vieron los discípulos “en memoria” del Señor. También ellos solamente separan las acciones sobre el pan y la copa mediante la indicación :”después de la cena” (Lc 22,20; i Cor 11,25).

            Ambos coinciden, igualmente en la presentación disimétrica de las palabras de Jesús : en lugar de : cuerpo //sangre, tenemos : cuerpo//copa de la alianza en la sangre (18)[18]. En fin, su vocabulario, con menos giros de sabor semítico, parece reflejar un contexto helenístico, los módulos que adquirió el culto entre las comunidades griegas.

            En virtud del lazo que une a Pablo con Antioquía, esta orientación será denominada tradición antioquena (19)[19]

            Por su parte, Marcos y Mateo acentúan el paralelismo estricto de las palabras : “Esta es mi sangre”. Los semitismos abundan. Por ejemplo : la “bendición” sobre el pan (20) [20]; señalemos también la expresión : “por la multitud”; literalmente : “por los muchos” (Mt 26,28; Mc 14,24), ininteligible para un griego.

            La tendencia común de estas dos versiones se conserva mejor en Marcos; por eso es denominada tradición marcana, procedente de Jerusalén o de Cesarea.

            Mateo aporta pequeños retoques. Según su costumbre de resaltar la persona de Jesús, lo nombra expresamente en 26,26 )mientras marcos omite aludir al sujeto de la acción, dándolo por supuesto).

            Al único imperativo (“tomad”) de Marcos, Mateo especifica con otro más : “Tomad y comed”(v26). Allí mismo, en vez del genérico “ellos” de Marcos, detalla : “a sus discípulos”.

            Corrige el desfasaje de Marcos, que antepone la acción (“y todos bebieron”) a las palabras de Jesús. Mateo narra más claramente : “Bebed todos que est es mi sangre...”(v27).

            La nota de explicitación propiamente teológica, que es exclusiva de Mateo, está en el v27 : “sangre de la alianza que se derrama por todos para el perdón de los pecados”.

            En el v29, de acuerdo con su preocupación por poner de relieve la filiación divina de Cristo (ver : Mt 2,15; 14,33; 16,16), explicita en boca de Jesús ese rasgo : “en el reino de mi Padre” (Mc 14,25 : “en el reino de Dios”). También aquí destaca la reciprocidad de Jesús con sus discípulos : “hasta que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre”.

Se ve, pues, que, siguiendo a Marcos (y por ende en posterioridad a él), añade sólo pequeños detalles y un importante relieve teológico (“para el perdón de los pecados”) sacando a la luz, ya que estaba implícito en la realidad y concepto de “alianza”, como veremos.

            Las dos narraciones (antioquena-paulina-lucana y marcana-jerosolimitana-mateana) que acabamos de caracterizar en breve, narran sustancialmente un mismo episodio(21) [21].

 

 

Palabras de la institución eucarística

a) Aspecto sacrificial

         Las diversas versiones expresan la misma realidad : Jesús declara que da su propia vida, lo mismo que da el pan, por sus amigos. Concuerda tam bién con el sentido principal de la alusión escatológica, que apunta a un reencuentro que tendrá lugar en el banquete del Reino. Aquí Jesús precisa cuál es su nuevo modo de presencia (“mi cuerpo”) y el sentido de toda su vida : una existencia servicial “por”.

            ¿Se podrá encontrar un sentido más profundo en esa entrega “por”? Es factible, en efecto, avizorar el carácter sacrificial y expiatorio, cultual de la entrega de Jesús.

            El pan por un lado y el vino por otro indican la separación del cuerpo y la sangre, es decir, la muerte. Esta enseñanza, ya tan expresiva, de los gestos mismos se ve reforzada todavía por las palabras. Jesús no da solamente el pan y el vino como alimentos; para poder hacer este don, comienza El por dar su cuerpo y sangre, es decir su vida, a través de la muerte. Es manifiesto que El la da al Padre, como un sacrificio de expiación y reconciliación. Sus mismas palabras nos lo van a declarar.

             Porque la sangre de Jesús sella la nueva alianza. En las cuatro relaciones de la Institución la palabra sobre el vino coloca a la sangre en relación con la alianza.

            Una alianza según las concepciones semíticas, debe ser pactada “con sangre”, es decir con la inmolación d ela víctima (ver : Gén 15,17. Explica el sentido de ese rito arcaico : Jer 34,18), cuya sangre es llamada entonces “sangre de la alianza”.

         Así sucedería posteriormente, en el Sinaí, cuando Moisés, después de haber ofrecido el holocausto e inmolado novillos, recogió su sangre, cuya mitad arrojó sobre el altar y la otra sobre el pueblo, diciendo : “Esta es la sangre de la Alianza que Yavé ha pactado con vosotros” (Ex 24,5-8). Precisamente hacia esa Alianza tendía el suceso de la Pascua y su posterior celebración litúrgica, a lo largo de los siglos. No es, pues, dudoso que Jesús haya pensado en ella al hablar de la “sangre de la Alianza”.

            Pero, precisando : “mi sangre de la alianza”  deja entender que ha sustituído por uno nuevo al sacrificio antiguo : su propia muerte. Siguiéndose que la suya es una “nueva alianza”, como lo especifican Pablo y Lucas.

            Efectivamente, la antigua alianza había llegado a caducar, no ciertamente por falta de Dios, sino por la de su pueblo, que se ha mostrado infiel. Rebelde y desobediente tuvo que ser castigado, partiendo una vez más a la cautividad.

            Pero, al mismo tiempo que reprendía, el Dios fiel y misericordioso había prometido para el porvenir un perdón que restablecería las buenas relaciones perdidas.

            Esa “nueva alianza” está bien trazada en Jer 31,31-34. Ante la dura cerviz y el corazón maligno, que el Señor observa en su pueblo (en todo hombre), vaticina que El mismo pondría su ley en el corazón. O sea : que se necesitaba una operación del propio Dios en nuestro interior, para que pudiéramos capacitarnos a caminar en las sendas de su ley. No es que los mandamientos, revelados y queridos por Dios mismo, fueran malos o insuficientes. Los torpes eran los hombres. Pero al  menos en los profetas, iban comprendiendo cómo no bastaba poseer un buen código de leyes, si el corazón no tiene fuerzas para ponerlas por obra(22) [22].

            Otro elemento constitutivo de esa novedosa alianza lo destaca Jeremías 31,34 : “les perdonaré sus maldades y no me acordaré más de sus pecados”.

            Pero el antiguo profeta no detalla de qué forma Dios iba a realizar esa purificación interior.

            Unos siglos más adelante aparecerá una figura misteriosa que se desempeñaría como instrumento de esta transformación.

            Exigiendo una expiación, reclamada tanto por la justicia divina como también por la conciencia humana, Dios sigue tan lleno de amor, que él mismo ofrece la víctima expiatoria de su agrado cabal. La había anunciado de antemano en el libro de Isaías(23) [23], bajo los rasgos del “Servidor” : “hombre de dolores”, inocente, pero “herido por Dios y humillado...traspasado a causa de nuestros pecados, quebrado a causa de nuestros crímenes”. (Is 53,3-5).

            Más de una vez, durante su ministerio, Jesús ha dejado entender que El era este Servidor (Lc 4,17-21; Mt 9,4-6; 20,28. Ver : Mt 8,17; 12,18-21). Aquí mismo, en el testamento supremo de la Alianza, lo sugiere claramente. En efecto : ¿no había dicho Dios a su Siervo : “Yo te he designado como alianza del pueblo y luz de las naciones”? (Is 42,6). ¿Y en otro pasaje de estos cánticos no estaba escrito : “Por eso, llevaba sobre sí los pecados de las multitudes, intercediendo por los pecadores” (Is 53,12)? Percibimos un eco de estos oráculos asumidos por el mismo Jesús. “Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por una multitud”. Claramente se entendió a sí mismo como realizando los gestos redentores de aquel misterioso Servidor y concibió su muerte inminente como cumpliendo la misión que se asignaba a aquel : sufrir por los pecados (Mateo, aunque no haya sido el tenor riguroso de las mismísimas palabras de Jesús, explica aquí : “en remisión de los pecados” –26,28- con lo cual para nada “distorsiona” la historia, sino que la saca a su plena luz), ofrecerse a favor de la masa de los pecadores, por los paganos como por los judíos, en una palabra por todos los hombres. Porque la palabra que traducimos por “multitud”, subraya el gran número sin excluir a nadie. En efecto, la misión del Siervo no estaba limitada al pueblo de Israel, sino que era planeada con un alcance universal : “Es muy poco que tú seas mi Servidor para restaurar las tribus de Jacob y hace volver a los sobrevivientes de Israel. Yo haré de ti la luz de las naciones para que mi salvación llegue a los extremos de la tierra” (Is 49,6). Jesús hace ciertamente suya esa amplitud de salvación hasta el fin del espacio y del tiempo, que El encierra en esta “multitud”, por la cual va a dar su propia vida “en rescate” (Mt 20,28; mc 10,45).

            La misma palabra “derramada”, si algo dice a la mente, implica que este vital elemento hace abandono del cuerpo que vivificaba. Bien lo explica Kilmartin :”El lazo estrecho entre cuerpo y sangre (en las palabras de Jesús) evoca la idea de sacrificio del culto judío en el cual está la carne al lado de la sangre, pero separadamente de ella, en el ritual sacrificial de Israel, la carne y la sangre de la víctima eran separadas la una de la otra para realizar materialmente el sacrificio (Lev 17,5-6; Dt 12,27). Nuevamente : es necesario trasladarse a las noticias complementarias que vienen de las palabras pronunciadas sobre la copa, para comprender plenamente las que se refieren al pan; ello saca a la luz la sangre como el intermediario más importante en el sacrificio del culto. En esta relación, el añadido “que se derrama por vosotros” hace alusión a la sangre sacrificial derramada en torno al altar en la liturgia mosaica (Lev 1,5-11; 3,2)...Esta manera de describir la muerte redentora de Jesús se reencuentra, por otra parte, en el NT, sobre todo en Hebr 7,27; 9, 14.28; 10,12-14. S. Pablo habla de la muerte de Jesús como de “una ofrenda y un sacrificio a Dios que sube en agradable aroma” (Ef 5,2) (24)