FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


  “La esperanza no quedará defraudada”           (  Rom 5, 5)

I – Punto de partida.

El país donde vivo se ve sacudido por graves tormentas de corrupción política, pésima administración económica y disolución social. Semejante situación ha desatado oleadas de desengaño y pérdida de horizontes. Se ha llegado a bárbaros desmanes, no han faltado suicidios, el empobrecimiento se va extendiendo día a día y todo el que puede emigra.

Si bien un animoso refrán enuncia: “La esperanza es lo último que se pierde”, no ha faltado en estos días el cínico que ha expresado: “La esperanza es lo último que se perdió”.

Ante tan desoladoras perspectivas, ¿qué puede ofrecer la fe cristiana?

La revista Criterio, a fines del 2001, publicó un número monográfico alentador bajo el lema: “Rescatar la alegría”[1], con la finalidad muy acertada de sostener esa esperanza que se va desvaneciendo a pasos agigantados[2].

L. A. Romero, comienza su meditación, comparando la actualidad con una de las más sombrías etapas de la historia: “«El mundo es un infierno en pequeña escala», escribió San Agustín: «esta vida es la ira de Dios». No le faltaban razones. El obispo de Hipona había sabido del saqueo de Roma por el visigodo Alarico en 410, y en ese momento su ciudad era asediada por los vándalos de Genserico, que ya gozaban de merecida fama. La civilización verdadera, la de Cicerón y Séneca, se derrumbaba ante sus ojos. Y sin embargo, en ese mismo momento, en las ruinas del mundo romano, se estaba produciendo el nacimiento de una cultura cristiana nueva y esplendorosa, de la que el mismo Agustín sería reconocido como uno de los Padres”[3].

La Conferencia Episcopal Argentina, así como Juan Pablo II°, en diálogo con algunos obispos de dicho país, han insistido a justo título sobre la urgencia de despertar o solidificar las actitudes propias de esta virtud teologal[4].

En esta línea, de acuerdo a las pistas de trabajo ofrecidas por la Pontificia Comisión Bíblica[5], me pareció útil y provechoso indagar, sobre todo en el Nuevo Testamento, algunas características de la esperanza, que sirvan de orientación en un tiempo de tan generalizada y aguda prueba[6] .

II – La esperanza, estructurante del ser humano y cristiano.

Decían los latinos, “dum spiro spero”, con lo cual se apuntaba a la tensión que configura el anhelo hacia siempre mayores metas, a las que se dirige el “irrequietum cor”.

El “status viatoris”[7], característico de todo ser humano y con mayor conciencia del cristiano, consiste en “«un todavía no», que es más que un «no» y, al mismo tiempo, menos que un «sí»”[8]. En consecuencia, “se podría decir que no sólo es bueno para el hombre el esperar, sino que su misma existencia está estructurada bajo el signo de la esperanza”[9].

La teología moral no puede menos que coincidir con esta visión del sentido común: ”Toda moralidad del cristiano es un canto de acción de gracias por el cúmulo de tan valiosos dones ya recibidos y una confiada espera en la plenitud y consumación definitiva”[10].

La fuente de esta consoladora perspectiva nace  y se compendia para el cristiano en la Palabra de Dios, de manera que C. Spicq, después de sus abundantes y enjundiosos sondeos, llega a  concluir que los cristianos pueden ser definidos como “los que esperan en Cristo”[11].

III – Cristo, nuestra esperanza

 No es exagerado afirmar que la historia de la salvación entera, consignada en la Biblia, está animada por la esperanza, que descansa en las promesas de Dios[12], desde la que recibió la primera pareja humana, pasando por las anunciadas a Abraham, hasta David y los vaticinios de una ”nueva alianza” (Jer 31, 31 s). Así es cómo, en una poderosa síntesis, el autor de Hebreos pasa revista a la fe de los principales personajes de la primera Alianza, no sin antes definir esa fe como “garantía de lo que se espera” (Hebr 11, 1). Los cristianos, han de fijar la mirada en el “iniciador y consumador de nuestra fe” Cristo (ibid., 12, 2), pues sin EL y sus fieles, quedaría trunca aquella imponente cadena de expectación: “Dios tenía reservado algo mejor, y no quiso que ellos llegaran a la perfección sin nosotros” (ibid. ,11, 40).

De ahí que, mientras en la fase preparatoria la esperanza permanece velada, en Jesucristo recibe su verdadero nombre y brilla con toda su claridad, ya que ”todas las promesas de Dios encuentran su «sí» en Jesús” (II Cor 1, 20).

Sin embargo, por más que ha llegado ya en Cristo “la plenitud de los tiempos” (Gal 4, 4), todavía esperamos su vuelta definitiva (Tit 2, 13). La esperanza cristiana (a diferencia de las anteriores, en tensión sólo hacia el futuro) se funda, en un conocimiento histórico de su objeto, se alimenta  de un hecho pasado y de él recibe toda su seguridad. De ahí la paradoja expresada por Pablo: “En esperanza hemos sido salvados”. No dice “seremos salvados”, porque ya, de parte de Dios, no se puede aguardar más otra etapa superior, dado que después de “las muchas veces y diversas maneras” del pasado, “ahora, en el tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo” (Hebr 1,1 – 2). Sólo queda la manifestación total, sin velos y gloriosa de aquello que ya en esta historia es definitivo (I Cor 1, 7 – 8). De ahí que la esperanza cristiana implique el trabajo de mantener la continuidad entre lo ya adquirido una vez para siempre y lo que “falta a los padecimientos de Cristo”(Col 1,24). No se trata, entonces, de un mero afán conservador, sino de una confianza íntegra en que las virtualidades que ya están en obra, logren su fruto cabal en el Cristo glorioso, “misterio que estuvo oculto desde toda la eternidad y que ahora Dios quiso manifestar a sus santos. A ellos les ha revelado cuánta riqueza y gloria contiene para los paganos este misterio que es Cristo, entre ustedes, la esperanza de su gloria” (ibid. , v. 26 – 27). De tal modo, “esperanza” viene a ser sinónimo de Jesucristo. Y El es, efectivamente, “nuestra esperanza” (I Tim 1,1).

A) En Jesucristo la esperanza es confiada.

El futuro no es para el cristiano una incógnita amenazadora, porque lo conoce en la fidelidad de aquel que es el mismo, ayer, hoy y eternamente (Hebr 13, 8). Y si este futuro ha perdido su poder de atemorizar, si la esperanza es siempre una buena expectativa y un “ancla del alma” (Hebr 6, 19), que nos mantiene sólidamente aferrados “allí mismo donde Jesús entró por nosotros, como precursor” (ibid. , v. 20), no es ello en virtud de alguna ilusión optimista, sino que es debido al conocimiento de Aquel que, por su muerte, es prenda de un futuro favorable[13]. El que dio su vida por nosotros, no puede, en efecto, querer más que nuestro bien. “El nos libró y nos librará de ese peligro mortal. Sí, esperamos que también nos librará en el futuro” ( II Cor 1, 10)[14].

B) En Jesucristo la esperanza es viva.

No está tejida de la muerte y de la nada, ni corrompida por el encadenamiento fatal de las leyes mecánicas. Las esperanzas que no se fundan en el Cristo vivo están heridas de muerte. En efecto, dejan a los hombres sin esperanza (I Tes 4, 13), lo que no quiere decir que éstos abandonen necesariamente toda idea de supervivencia. Sólo que la esperanza cristiana no se apoya en una idea, sino en la persona viviente de Jesucristo resucitado de los muertos. Sólo El puede ser la garantía de “una esperanza viva, de una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que ustedes tienen reservada en el cielo” ( I Pe 1, 3 – 4). Con su resurrección Cristo funda la esperanza en la vida eterna y libra de la desgracia de esperanzas reducidas únicamente a los límites de esta historia. “Si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos los hombres más dignos de lástima” (I Cor 15, 19).

  C) En Jesucristo, la esperanza es escatológica.

Como ya se ha notado, nuestra espera aguarda el futuro, pero no como algo incierto, que dependa de eventualidades no pronosticables. Estamos persuadidos que desde ya existe, siendo de segundo orden su cumplimiento cronológico. El porvenir del cristiano no es un término inmóvil y fuera de alcance. Ese futuro se acerca hacia nosotros, al mismo tiempo que nosotros avanzamos hacia él. Porque Cristo es también el que viene. En EL lo que se espera está en camino a nuestro encuentro y se inserta ya en el presente.

Por el poder del Espíritu Santo se lleva a cabo la síntesis de las cualidades que hemos examinado en la esperanza: confiada, viva y dada ya en este tiempo como prenda del futuro. ”La esperanza no quedará defraudada (poniendo de relieve la confianza ante cualquier perspectiva contraria), porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones (en el amor consiste la vida nueva, desde ya y para siempre: I Cor 13, 8) por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (no fluye de nuestras disposiciones, sino que es un don: Rom 5, 5). De este modo, no solamente las esperanzas de este mundo tienen la promesa de la vida eterna, sino que la esperanza del reino cobra también vida dentro de la economía de este siglo, dirige la conducta del creyente y sitúa la moral cristiana.

IV – Influjo en la moral de la esperanza cifrada en Cristo.

En el marco del panorama sucintamente bosquejado, es posible aportar algunas luces que han de caracterizar a una conducta y teología morales, que se nutren de la esperanza concentrada en Cristo.

Ante todo, no se podrá concebir la vida regida únicamente por códigos legales. Siendo estos imprescindibles, todavía estaríamos en el umbral de la moral cristiana, si no se llegase a incorporar como imperiosamente vital la relación de entrega y amor hacia una persona: Cristo Jesús.

Fue la experiencia transformadora del fariseo Pablo (“en lo que se refiere a la justicia que procede de la Ley, de una conducta irreprochable” – Filip 3, 6 -), que califica a toda su rigurosa observancia anterior de “basura” (ibid. , v. 8), “con tal de ganar a Cristo y estar unido a EL, no por mi propia justicia – la que procede de la Ley – sino con aquella que nace de la fe en Cristo” (Filip 3, 8 – 9).

Ahora bien, poner toda la propia esperanza en otro implica de por sí una lúcida conciencia de los propios límites, ausencia de toda autosatisfacción, empeño por no estancarse en resultados obtenidos. El que espera en Cristo desembocará lógicamente en la valiente perspectiva del Apóstol: “Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús...Olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia delante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús” (ibid. , 12 – 14).

La proyección de tales coordenadas en el plano personal debería fomentar una pastoral y catequesis que no se redujeran al cumplimiento o infracción  de los mandamientos. Si no se enseña a vivirlos como expresiones del gran precepto del amor, la moralidad de los cristianos quedaría encuadrada en la observancia de una honestidad, que poco se diferenciaría de la seguida por tantos  sinceros judíos, musulmanes, budistas, etc.

Con frecuencia nos encontramos con feligreses activos en las parroquias, que, sin embargo, no sienten como urgente una familiaridad profunda con el Evangelio, para empaparse cada vez más del conocimiento y amor a Cristo. No se preocupan por emprender el camino de la esperanza, tan vitalmente descrito por Pablo. Es verdad que no desesperan, aspiran al cielo, rezan por sus difuntos, pero pareciera que se contentaran con el mínimo indispensable, muy lejos de anhelar “la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef  4, 12 – 13).

Para el ámbito social, ya desde el punto de vista meramente natural, un grupo humano o nación que no avizore ya más ideales, va languideciendo paulatinamente.

Los más sagaces pensadores paganos no dejaron de vislumbrar una esperanza que no cabe en los límites de este mundo. Como recuerda J. Pieper, “Platón ya habla de ello y, en mi opinión no debe olvidársele. No sólo habla de la convivencia, en la synousía[15] entre hombres y dioses, sino también, expresamente, del banquete en el que participa el alma, fuera del tiempo y en un lugar celestial, como comensal de los dioses, mientras se sacia en la contemplación del que verdaderamente «es». Pero Platón nunca hubiera podido soñar «la» comunidad eucarística en la que la cristiandad conoce y da principio en la mesa de Dios a la donación anticipada de la bienaventuranza. Desde muy al principio se la llama synaxis, communio. Esto, sin embargo, significa que esta comunidad o comunión se comprende mal y se hace un uso abusivo de ella, si no se concibe también como comunidad recíproca entre los hombres, como una comunidad de la que nadie puede ser excluido por fronteras trazadas por propio impulso”[16].

Y, si la gran mayoría no cristiana, carente de la fe plena, profesada en la Iglesia, tampoco puede alimentar la consecuente esperanza total en Cristo, no es ello obstáculo para que se puedan establecer lazos de auténtica colaboración y superación más allá de los horizontes de este mundo, hacia la misma dirección a la que se orientan los creyentes en el Evangelio.

Tal como sigue explicando Pieper: “Su gran teología (del cristianismo) ha afirmado siempre que el no cristiano que esté convencido de que Dios puede liberar, a su gusto, al hombre, tiene ya fe – fides implícita -   en Cristo[17], está dentro del cristianismo y de su comunidad, aunque lo ignore. Creo que corresponde decir algo sobre la spes implícita. Quien ponga también la fuerza de su esperanza en el logro, por ejemplo, de una sociedad perfecta, en la que el hombre no sea un lobo para el hombre y en la que se distribuyan con justicia los bienes terrenos, participa también de la esperanza de la cristiandad.

Así como el creyente implícito no cristiano puede avergonzar al cristiano declarado, por la viveza y seriedad de su fe, asimismo puede superarle en la pasión de su esperanza, cuyo absolutismo «religioso» sólo muestra que la esperanza se dirige hacia algo que ninguna actividad de la «transformación del mundo» puede lograr, aun en contra quizás de la propia manera programática de hablar.

Está, de todas maneras, en la naturaleza de las cosas, que estas comunidades sólo puedan aprovecharse a partir de la esperanza «explícita». Si la cristiandad, dicho de otro modo, no ve ni designa por su nombre esas comunidades, no las verá nadie; quedarán mudas y sin vigor histórico. No es necesario decir cuánto queda por hacer en este campo”[18].

Un ejemplo práctico de la afinidad de la esperanza cristiana con las ansias genuinas  del corazón humano[19] se patentiza en el discurso dirigido a sus compatriotas por el presidente de Checoslovaquia, Václav Havel, donde hizo esta sorprendente declaración: “...Vivimos en un ambiente moral contaminado. Nos sentimos moralmente enfermos porque nos hemos acostumbrado a decir algo diferente a lo que pensamos. Aprendimos a no creer en nada, a ignorarnos, a preocuparnos solamente por nosotros. Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o perdón han perdido su profundidad y sus dimensiones y para muchos de nosotros representan sólo peculiaridades psicológicas, o parecen saludos anticuados de tiempos pasados, un poco ridículos en la era de las computadoras y de las naves espaciales. Aprendamos y enseñemos a otros que la política debería ser una expresión del deseo de contribuir a la felicidad de la comunidad más que de una necesidad de engañarla o arruinarla”[20].

V - La esperanza no se desentiende de este mundo.

Se ha acusado a la fe cristiana de haber servido como freno paralizador de todo empeño humano, en especial el de los oprimidos para llegar a mejores condiciones, que superen las injusticias que periódicamente surgen en la historia. La expresión más gráfica de este reproche fue el mote marxista de “opio del pueblo”. La esperanza evangélica aparecía como una invitación a postergar para después de la muerte el deseo de felicidad. Se tachaba a tales perspectivas de “fuga mundi”, que orientando al hombre hacia los bienes por venir , lo apartaba de las tareas terrenas[21].

 Si la revelación enseña que el hombre está destinado a un fin ultraterreno, el cristiano no puede sostener otra cosa, y lógicamente implica fuga y desprecio del mundo, en cuanto las solicitudes mundanales ahogan la aspiración a los bienes eternos y arriesgan la verdadera perfección del hombre.

Sin embargo, sería desconocer la esperanza cristiana, si se quisiera negar a lo terreno toda importancia. Propia de la esperanza es la tensión que nace al tener que estimar los bienes futuros sobre todas las cosas y, no obstante, no nos es lícito negar ni despreciar la vida terrena y sus oportunidades; antes bien en ellas hemos de ver el punto de partida para la vida eterna, el tiempo irreversible para poner el fundamento de lo eterno. La Sagrada Escritura presenta la vida terrena como el tiempo de crecimiento y madurez hasta la cosecha (Mt 13, 30), de laboreo de la viña del Señor (Mt 20, 1 – 16), de explotación de los talentos recibidos (Mt 25, 14 – 30), de acumular tesoros para el cielo (Mt 6, 20), de carrera en el estadio para alcanzar la corona incorruptible (I Cor 9, 24 s; II Tim 4, 7; Sant 1, 12). Como tiempo de preparación, la historia en esta tierra es preciosa y hay que aprovecharla. “Mientras tenemos tiempo, hagamos bien a todos, mayormente a nuestros hermanos en la fe” (Gal 6, 10). “Redimid el tiempo”(Col 4, 5).

Por eso el cristianismo no rechaza la cultura o civilización, el progresivo despliegue de la vida y de las capacidades humanas, ni se muestra desinteresado de ese progreso humano. Pablo, en la misma carta en que se explaya sobre la última venida de Cristo, exhorta a los cristianos a que no descuiden sus tareas terrenas (I Tes 4, 11 s).

En pocas palabras, por más que se aspire con intensidad hacia la meta, no se suprime el camino que a ella nos conduce. De ahí que, junto con la espera, que caracteriza al hombre en su vida más íntima, naturalmente, se dé también para el creyente la esperanza cotidiana en el ámbito terreno, con fines limitados dentro de esta vida. Aunque, en este ámbito pueda tener un sentido preponderantemente profano, sin embargo, en Pablo, está determinada totalmente por su trabajo apostólico y el cuidado pastoral. El espera (elpízo) poder permanecer un lapso de tiempo en la comunidad de Corinto (I Cor 16, 7), conocer pronto a la comunidad romana (Rom 15, 24: elpízo), poder enviar pronto a Timoteo hacia Filipos (Filip 2, 19. 23: elpízo). Así como los que aran y trillan trabajan a la espera (ep‘elpídi) de un salario terreno, así también los Apóstoles están facultados a esperar ayuda material por parte de la comunidad (I Cor 9, 10), también para otras comunidades como Jerusalén ( II Cor 8, 5).

¿Y qué más comprensible, que, estando prisionero, espere poder unirse pronto con los suyos, ayudado por la oración de sus amigos (Filemón, 22), que por intervención de Dios, “que resucita a los muertos”, se libere de los peligros, y que por intercesión de la comunidad, se vea salvado en lo futuro una y otra vez de los variados peligros anejos a su servicio  (II Cor 1, 10)?

La Iglesia, con todo, no puede conceder a las aspiraciones humanas de conquista y adelantos un papel justificado fuera del marco trazado por el destino esencial del hombre. Con ello se haría infiel a su misión de ser poseedora y pregonera del mensaje revelado. “Porque ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su vida?” (Mt 16, 26).

VI - ¿Fue Pablo causa de malentendidos respecto a la esperanza?

Un moralista católico[22], haciéndose eco de posturas exegéticas muy difundidas, presenta estas disculpas respecto al desdén por el mundo, frecuente en algunos cristianos:

“Subrayemos... que en el pasado hemos bloqueado demasiado a menudo nuestra esperanza estrictamente en un estadio supra – terrestre, el de la Jerusalén celeste, el del último retorno triunfal de Cristo en los tiempos escatológicos. Ahora bien, en san Pablo, por ejemplo, este bloqueo era comprensible (especialmente en el primer estadio de la tarea evangelizadora) puesto que creía en un retorno inminente de Cristo...Esta idea de una escatología a corto plazo entrañaba entonces una consecuencia lógica: puesto que Cristo va a volver  pronto, para qué alimentar esperanzas humanas de cara a modificar la propia condición; que cada uno se quede como está: «¿Eres esclavo? No te preocupes. ¿Estás unido a una persona? No intentes romper, ¿No estás unido a una persona? No busques mujer. Hermanos, que cada uno permanezca ante Dios en el estado en que le encontró su llamada...Os lo digo, hermanos, se acorta el plazo» (I Cor 7, 20 – 29). El prestigio de san Pablo marcó fuertemente la concepción tradicional de la esperanza cristiana: la expectativa escatológica desmovilizó muchas esperanzas humanas o por lo menos cortó todo lazo entre ellas y la esperanza cristiana, facilitando la penetración en numerosos Padres de la Iglesia de un cierto pesimismo respecto a las situaciones humanas, que eran consideradas como demasiado ligadas a la carne, así el matrimonio (desvalorizado por la continencia) o el trabajo manual (juzgado digno solamente de esclavos, llamado entonces «servil»).

Una mejor comprensión del contexto en el que escribía san Pablo estas líneas pesimistas (tanto respecto al matrimonio como a la liberación de los esclavos) y la moderna valorización de las posibilidades del hombre para esperar crear su futuro él mismo, han conducido a la teología moderna a repensar el tema de la esperanza”.

Es cierto que algunos exegetas suponen que Pablo esperaba encontrarse entre los vivientes que asistirían a la Parusía (I Tes 4, 15. 17). Así, por ejemplo, R. Pesch[23].

B. Rigaux (con aprobación de Vögtle)[24] respondió acertadamente: “Para Pablo, este «ya» nunca ha sido el cumplimiento de toda la esperanza. La venida en gloria y su espera están atestiguadas en todas sus cartas. Una vez más: Pablo no parte de una certeza sobre el «cuando» de la venida. El puede esperarla como pudiendo llegar estando él vivo todavía[25] y puede desear morir para encontrar a Cristo glorioso[26]. Así el  «todavía no», quedando a la puerta, viniendo como un ladrón por la noche, conserva toda su fuerza de vigilancia y de transformación del ser en la santificación.

Yo creo que la envoltura escatológica de los cuadros del fin, Lc 17, Mc 13 y paralelos, I y II Tes, I Cor, por no nombrar más que los lugares clásicos, está marcado por un contenido de origen apocalíptico, cuya verdad no ha de ser juzgada por leyes extrañas al género usado. El escenario es contingente y no puede ocultar el movimiento que abarca. La fuerza está en la certeza de una victoria final, en la espera, en la conformidad de las almas a los llamados y exigencias de la nueva ética. Una escatología viviente, que toma su fuerza en el “ya”, no pondrá diferencia entre lo que fue, es y será. Ella vive de un pronto, que puede ser sinónimo de «enseguida»”[27].

En cuanto a I Cor 7[28], al expresar Pablo, que su preferencia por la virginidad se debe a “la presente necesidad”(v. 26: tén enestósan anánken), no pocos opinan que el Apóstol piensa aquí en la “parusía inminente”. Hablará todavía del asunto, al afirmar que “el tiempo es breve” (v.29).

En el v. 26 se ha de examinar antes que nada el sentido del participio “enestós”, que significaría “próximo” según algunos y el del sustantivo “ananké”: necesidad.

1 – El participio perfecto “enestós” significa: presente y no futuro, ni siquiera el más próximo o sea: inminente.

A) En la literatura clásica es usado para indicar un acontecimiento que se desarrolla en acto, ahora o en el presente. Así por ej.: “Toú enestótos ménos “ (= del corriente mes)[29]; “Ho enestós basiléus” (= el monarca reinante – en la actualidad -)[30]; “Ta enestóta”( = los asuntos presentes)[31]; “Ho enestekós agón” ( = la lucha presente)[32].

B) Los gramáticos llaman al tiempo pretérito del verbo: paralelythóta, al presente: enestóta y al futuro: méllonta.

No es diferente el uso del Nuevo Testamento. Así en Rom 8, 38: “ni lo presente (enestóta), ni lo futuro”; I Cor 3, 22 (igual); Gál 1, 4: “el cual nos libró del siglo presente malvado( Toú aiónos toú enestótos).

En II Tim 3, 1 parecería referirse al futuro: “en los últimos días serán inminentes (como algunos traducen – mal – el verbo enstésontai) tiempos peligrosos”. Por cierto que se indica un acontecimiento futuro, pero, por eso mismo el verbo está usado en futuro (enstésontai), por lo cual no hay que traducir: “serán inminentes”, sino “se harán presentes”. Lo mismo dígase de II Tes 2, 2: “Como si fuera inminente el día del Señor”(hós enésteken...). Aunque casi todos interpretan ese pasaje de algo futuro (la parusía), en realidad se ha de entender: “Como si ya estuviera presente el día del Señor”.

A. Oepke[33] reconoce estos datos con toda honestidad frente a muchos de sus colegas, cuando admite: “Postular para I Cor 7, 26 el sentido no comprobable en otro lugar, de «amenazador, inmediatamente inminente» es no sólo lingüística, sino también objetivamente dudoso”.

2 – Surge alguna dificultad con la palabra necesidad (anánke), porque el término es empleado en los Evangelios para indicar la angustia que precede inmediatamente a la parusía: anánke megále (= la gran tribulación), la cual en Lc 21, 23 es expresada con thlípsis megále  (= la gran tribulación). Ahora bien, en el contexto inmediato de nuestro pasaje aparece el sinónimo parusíaco: I Cor 7, 28: la tribulación (de la carne). Por lo tanto, concluyen algunos, también aquí se ha de tratar de la próxima parusía.

Con todo, en el discurso escatológico de Cristo, justamente esta palabra está determinada por otros adjetivos, no se encuentra ella sola. Se trata de una necesidad especial, grande. A decir verdad, tanto la necesidad como la tribulación son términos del todo comunes, sea en la LXX o en el Nuevo Testamento, sin denotar, por sí solas, alguna referencia explícita a la parusía. En especial se dice de las dificultades inherentes al ministerio apostólico, por ej., II Cor 6, 4 (tribulación, necesidad); 12, 10 ( necesidad); I Tes 3, 7 (“en toda necesidad y tribulación nuestra”).

En cuanto al “tiempo, que se ha restringido” (v.29), por lo que sigue, se ha de entender que el tiempo está abreviado en cuanto que, sea largo o corto cronológicamente hablando, se encuentra relativizado por la eternidad. Porque no se ordena (vv. 26 –31) abstención total del matrimonio, comportarse como un estoico o fakir, a quien nada le hiciera mella (ni lágrimas ni gozo); tampoco se manda renunciar al comercio o a la propiedad, sino que se use de todo lo provechoso de la vida, “como si no” se dispusiera a fondo de todos esos bienes, conociendo su valor precario, “pues es transitoria la figura de este mundo” (ibid. , v. 31).

Por todo el contexto, Pablo no piensa que el mundo ha de perderse en las tinieblas, en una vuelta al caos,  ya que tiene en cuenta el fin “de un mundo” y no el “fin del mundo”.

En efecto, en un pasaje paulino clásico sobre la esperanza (Rom 8), asocia también la creación entera, ansiosa de participar en la libertad de los hijos de Dios, que no significa una huída del cuerpo (tal como concebía la liberación, por lo general, la cultura helenista des de Platón), en pos de la sola inmortalidad del alma, sino en “la redención de nuestro cuerpo”(ibid. , v.23).

“Pero – como infiere lógicamente Lyonnet – por este mismo hecho, precisamente porque se trata de una doctrina esencialmente religiosa y no de orden científico, el dogma de la redención del universo no nos fue revelado sola y principalmente  para la satisfacción de nuestro espíritu, permitiéndole acceder a una síntesis más vasta y unitaria; tal perspectiva debe sobre todo dirigir nuestra vida  e imponernos una actitud moral, o según la palabra del Apóstol, debe ayudarnos a «caminar en una manera digna del Señor» (Col 1, 10)[34].

De tan amplios horizontes, lejos de un desdén por el universo y los trabajos del hombre en él, se desprende el imperativo de encarar con empeño el esfuerzo por ir colaborando en la preparación del “cielo nuevo y la tierra nueva” (Apoc 21, 1).

Tal como sigue explicando el ya citado Lyonnet: “Del hecho que la redención del cuerpo se extiende al universo entero, se sigue que el trabajo del hombre, sus esfuerzos por sujetar el universo material, arrancarle sus secretos, para domesticarlo y utilizarlo, para transformar la materia bruta en instrumentos tan perfectos como el cerebro electrónico, capaz de hacer operaciones, que desafían a la misma inteligencia del hombre que los ha construido, todo este trabajo humano asume valor de eternidad...Dios no ha creado este universo para destinarlo a la muerte: todavía incompleto lo ha colocado en manos del hombre , encargándole la tarea gloriosa de llevar a término su obra, tarea que, después del pecado no se puede realizar sin un esfuerzo doloroso, pero que Dios, habiendo decidido redimir al hombre con la promesa de un Redentor, se lo confió, por así decir, nuevamente, permitiéndole llevarla a término.

El Dios de la Biblia es diametralmente diverso del Zeus celoso del bienestar humano, que se reserva los secretos de la naturaleza, condenando a Prometeo «por haber amado a los hombres» hasta llevarles el fuego[35].

Para nosotros, cristianos, toda nueva toma de posesión y toda nueva conquista de la naturaleza por parte del hombre, entra de por sí en el plan divino; son continuación de la creación; ayudan al universo material en el logro del fin por el cual fue creado; prepara de modo cierto, por más que misterioso, la redención futura del universo. Exactamente como toda toma de posesión del espíritu sobre el cuerpo humano, haciendo de él un servidor más dócil al alma, prepara de modo real, aunque no menos misterioso, la resurrección futura del cuerpo” [36].

VII – Conclusión.

Volviendo a considerar los datos que dieron pie a estas reflexiones, las profundas crisis que agitan a la Argentina, sin olvidar el sombrío panorama de las agresiones entre palestinos e israelíes en la misma Jerusalén, “ciudad de la paz”, ni la guerra entre el terrorismo y las grandes potencias, todo ese cúmulo de calamidades no puede menos que apenar a los  cristianos, como a todo hombre, puesto que no vivimos en una burbuja beatífica, al margen de la historia.

Pero nuestra tristeza no puede ser como la de aquellos “que no tienen esperanza” (I Tes 4, 13). Pablo no veta el dolor que se experimenta ante adversidades de diversa índole. Sólo pide que nunca se desprenda de la esperanza que nos viene de Cristo Jesús muerto, según la caducidad del mundo, que EL quiso compartir, mas también resucitado, transfigurado anticipadamente, pero no sólo EL, porque es “primicia de los que duermen” (I Cor 15, 20).

El cristiano ha de alentar todo tipo de esperanza, sin excluir la búsqueda de éxitos intrahistóricos. No obstante, se ha de vigilar para que los objetivos temporales no absorban “reductoramente” la esperanza trascendente, que para nuestra fe, no es un vago paraíso futuro, sino que adquiere la configuración muy concreta de la persona de Jesús.

Dado lo intrincado de los enredos económico – sociales, que agobian a gobiernos y pueblos, podría más de uno pensar que tales propuestas pecan de angelicales y poco útiles para dar con soluciones concretas.

La esperanza cristiana no aportará técnicas muy elaboradas en ese sentido, ya que no reside allí la luz y dinamismo que está llamada a brindar. Cuando alguien pidió a Jesús que dirimiera un asunto de herencia entre hermanos, respondió : “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?”. Después les dijo: «Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada»” (Lc 12, 114 – 15). “Lo que se necesita no es, precisamente , una resolución casuística por parte de un «maestro», sino una convicción personal de que la raíz de las desavenencias en el seno de la familia es, concretamente, la ambición de cada individuo...La existencia auténticamente cristiana no se puede identificar con la posesión de bienes materiales - aunque sean fruto de una herencia – y, mucho menos, cuando son sustanciosos. Lo verdaderamente importante es ser, no tener; lo que cuenta es escuchar la palabra de Dios  y ponerla en práctica, y no precisamente vivir en una abundancia confortable y despreocupada”[37].

Así, por más que vengan ayudas del FMI, BID y diferentes organizaciones financieras, si no cambia el corazón, si la esperanza está ceñida sólo a los confines de este mundo, serán ocasiones de nuevos abusos, corrupción y consiguientes desmanes.

“Siempre hay un obstáculo en el egoísmo, que brota inevitablemente de la limitación de cada hombre y le conduce al pecado. Pero puede esperarse una victoria siempre mayor del amor, que sólo será plena en la «visión» del Dios – Amor. Desde aquí se comprende que la esperanza cristiana se dirija al mismo tiempo a las realizaciones de amor que deben irse dando en la historia y a la realización plena que ya no cabe en la historia”[38].

Si la esperanza se va extinguiendo en nosotros mismos, es, en el fondo porque nos apartamos de Dios, ambicionando cada uno servirse de los demás y centrando la vida del universo en uno mismo.

En cambio, abrirse en esperanza a Dios, hace saltar por los aires nuestras estrecheces, abriendo el cauce del amor hacia un Padre, que ninguno de nosotros puede encerrar en la angostura de los propios intereses.

El que abandona al Dios de la esperanza y en su lugar adora el “Dios esperanza”[39], restringiendo esta virtud a algo intramundano, independiente, ese tal exige al hombre de modo inhumano o relativiza lamentablemente un anhelo que en su esencia misma, sin mermar la urgencia del trabajo en el mundo, sin embargo, está lejos de todo titanismo, que pretenda cualquier atisbo de autosuficiencia. La esperanza, confía en otro y precisamente en los momentos más turbulentos, que inclinan a la desesperación. En efecto, no nace de nuestra industria, sino que “nos ha sido dada”: “Por EL (nuestro Señor Jesucristo, no por esfuerzo propio), mediante la fe (lejos de todo racionalismo o autojustificación, aún pretendiendo observar la ley  “santa” : Rom 7, 12), hemos alcanzado la gracia en la que estamos afianzados, y por El nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5, 2 – 5).

                                        Miguel Antonio Barriola



[1] Criterio, LXXIX, 2001, N° 2268.

[2] El primer artículo se titula, justamente: “El desafío de navegar con esperanza”, debido a C. M. Galli (ibid. , 677 – 683).

[3] L. A. Romero, “Las instituciones y la crisis” en: Criterio, ibid. , 722.

[4] “Es necesario  que apreciemos los signos de esperanza presentes entre nosotros, a pesar de las sombras que con frecuencia los esconden a nuestros ojos” (Conferencia Episcopal Argentina, Jesucristo,  Señor de la historia, Buenos Aires  - 2000 -  N° 19). “Os invito...a seguir prestando a vuestros fieles y a todo el pueblo el hermoso servicio de mantener la esperanza auténtica que es Jesucristo resucitado, en un momento tan apremiante, sea a escala mundial como en la situación particular de la querida Nación Argentina...Cristo Jesús, modelo perfecto del Pastor, os dará la fuerza para el servicio fiel y la paz de la conciencia en la perseverancia «expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi»” (Discurso del Santo Padre a los obispos que participan en la visita al limina, 12 / II / 02, Nos 3 y  8, publicado en: AICA,

20 / II / 02, N° 2357).

[5] “Bibbia e Morale – Alcuni temi e testi; 3. Alcuni punti specifici: principi morali (attegiamenti generali, virtu) e norme concrete”.

[6] Estos apuntes no persiguen el propósito de ser exhaustivos, ni presentarán un análisis detallado de los textos bíblicos. Hasta puede ser que no se aborden los más importantes.  Sólo abrigan la esperanza de presentar un panorama, al estilo de “temas bíblicos”, para los cuales se espera que el recurso a la Escritura sea algo más que acudir a “textus probantes”.  

[7]Recordemos que un importante aporte filosófico sobre la esperanza se intitulaba precisamente: Homo viator, de G. Marcel, Paris ( 1944).

[8] J. Pieper, “Teología”, en el lema: “ESPERANZA” de Conceptos Fundamentales de la Teología, - Dirigido por H. Fries, Madrid (1979, 2ª. ed. ) 464.

[9] J. Pieper., ibid.

[10] B. Häring, Cristiano en un mundo nuevo, Barcelona (1965),191.

[11] C. Spicq, “Théologie néo – testamentaire de l’ Espérance” en su obra: Théologie morale du Nouveau Testament, Paris (1965) 327. En la n. 1ª. cita I Cor 15, 19: “En Jristói elpikótes esmén”, explicando que “la construcción perifrástica y el participio perfecto, equivalen a un sustantivo que expresa un estado”.

[12] Aún Qohélet, a quien se ha calificado de pesimista, escéptico, cínico y hedonista, no es un pensador prisionero de sus sensaciones o víctima de sus desencantos. Nos recuerda G. Von Rad al respecto: “Aunque estas palabras (Qoh 5, 17: “La felicidad perfecta consiste en comer y beber...”) recuerdan expresiones semejantes del antiguo Egipto, Qohélet se distancia bastante claramente de ese hedonismo, a menudo cínico, que suele ser hermano de la desesperación. Las frases donde aconseja aprovechar y gozar todo lo que se pueda, contienen una referencia a Dios, son incluso las únicas que ponen en relación asombrosamente directa la acción humana con la voluntad positiva de Dios: esto «agrada a Dios» (Qoh 9, 7b); cf. 2, 25;3, l3; 7, 14; 9, 7s” (Teología del Antiguo Testamento, Salamanca – 1993 – I, 552 s).

[13] En consecuencia, con mayor razón  cabe aplicar a nuestra esperanza, que es Cristo, la consideración más general de J. – Ph. Ramseyer sobre esta virtud que ha de animar toda situación, aún las que parecen humanamente gratificantes: ”La esperanza del creyente no procede de él mismo. La esperanza cristiana, herencia de la esperanza de Israel, no nace de un fenómeno psicológico. Si el creyente espera, no es sólo y en primer lugar porque tenga necesidad de esperanza, porque una desgracia presente lo empuje a refugiarse en la espera de un porvenir mejor. Es cierto que los gritos de esperanza se hallan mezclados a menudo con gritos de angustia, con súplicas de socorro, con gemidos (Job 5, 15 - 16). Es cierto también que es siempre a un condenado a quien la gracia ofrece la esperanza. Pero, a veces e incluso la mayor parte de los casos, es a un condenado que se ignora a sí mismo. Pues el hombre no siempre tiene conciencia sensible de su situación desesperada. ¿Quiere esto decir que, cuando todo marcha bien, tenga menos necesidad de esa esperanza de la que habla la Biblia? No, porque esta esperanza no depende de nuestro estado de ánimo; no es ocasional, sino esencial a la vida del creyente, ni exige una ayuda vaga, sino que ofrece la salvación necesaria. Según la Palabra de Dios, el hombre no crea su esperanza, la recibe” (“Esperar” en: Vocabulario Bíblico – bajo la dirección de J. J. von Allmen – Madrid – 1968 – 107). Por eso, Pablo, si bien no emplea expresamente el vocabulario de la esperanza, la perfila muy gráficamente, cuando confiesa que ni la prosperidad se le sube a la cabeza, ni la adversidad lo abate por los suelos. En una y otra situación, él sabe que su confianza reside sólo en Cristo: ”Yo sé vivir tanto en las privaciones como en la abundancia; estoy hecho absolutamente a todo, a la saciedad como al hambre, a tener de sobra como a no tener nada. Yo lo puedo todo en aquel que me conforta” (Filip 4,12 – 13). 

[14] Aunque el Apóstol se refiera a peligros concretos, de los que ha sido salvado por Cristo, su motivación trasciende tales circunstancias históricas: “Aprendimos a no poner nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos” (II Cor 1, 9).

[15] Fedón, 111,d 7.

[16] J. Pieper, Esperanza e historia, Salamanca (1968) 108.

[17] Tomás de Aquino, STh 2 – 2, p. 2, a. 7 ad 3; cfr. También Quaestiones disputatae de veritate  14, a. 2, ad 5.

[18] J. Pieper, ibid. , 109 – 110.

[19] “Cuando los paganos, que no tienen ley, guiados por la naturaleza, cumplen las prescripciones de la ley, aunque no tengan la ley, ellos son ley para sí mismos y demuestran que lo que ordena la ley está inscrito en sus corazones. Así lo prueba el testimonio de su propia conciencia, que unas veces los acusa y otras los disculpa, hasta el día en que Dios juzgará las intenciones ocultas a los hombres por medio de Cristo Jesús, conforme a la Buena Noticia que yo predico” (Rom 2, 14 – 16).

[20] Citado por: A. López Quintás en su obra: La tolerancia y la manipulación, Madrid (2001) 196 – 198, n.72.

[21] Nos inspiramos para lo que sigue en: K. Hörmann, “Esperanza”  en su obra: Diccionario de moral cristiana, Barcelona (1975) 338 – 339.

[22] J. M. Aubert, Compendio de Teología moral católica, México, Sto. Domingo, Valencia (1991; 2ª. ed. española. Original de:1987), 192 – 193.

[23] En  la discusión que siguió a una ponencia de A. Vögtle (Ver: L. De Lorenzi – director – Dimensions de la vie chrétienne (Rom 12 – 13), Rome – 1978 – 211).

[24] Ver: ibid. , 220.

[25] Aclaramos por nuestra parte: por más que presente esta perspectiva precedida de esta solemne declaración: “Esto os decimos como palabra del Señor...” (v. 15), tal autoridad se dirige a esclarecer la angustia de los tesalonicenses, quienes erróneamente temían que todos los que habían fallecido antes de la parusía, estarían en inferioridad de condiciones frente a quienes se encontraran vivos en esa oportunidad. Pablo, sostenido por la “palabra del Señor”, ilustra sólo sobre este particular (que era lo único que estaba en juego): “no, no nos anticiparemos a los que se durmieron”. Para nada hace recaer el peso de una revelación divina sobre el detalle cronológico, ya que, en consonancia con los Sinópticos, prescindirá más delante de cálculos de calendario: “Cuanto al tiempo y las circunstancias, no hay, hermanos, por qué escribir. Sabéis bien que el día del Señor llegará como el ladrón (ver: Mt 24, 43 – 44) en la noche” ( ibid 5, 1 – 2). Por lo tanto, lo único que se sabe sobre  “fechas” es que se las ignora.

[26] Agregamos: Filip 1, 20 – 23.

[27] Ibid. , 217. Por otra parte, en I Cor 6, 14, Pablo se incluye entre los que resucitarán ( y por lo tanto no piensa como una idea fija, que se encontrará vivo a la vuelta del Señor): “Y Dios... nos resucitará también a nosotros por su poder”.

[28] Resumimos a: S. Lyonnet, Annotationes in Priorem Epistulam ad Corinthios, Romae (1965 – 1966. Ad usum privatum auditorum) 144  s.

[29] Demóstenes, Filípicas, 280, 12.

[30] Polybio, 18, 38, 5.

[31] Polybio, 2, 26, 3.

[32] Licurgo, citado por S. Lyonnet, ibid. , 145.

[33] A. Oepke, “enístemi” en: Theologisches Wörterbuch zum Neuen Testament, Stuttgart (1935) II, 540.

[34] S. Lyonnet, “La speranza cristiana” en su obra: La storia della salvezza nella Lettera ai Romani, Napoli (1967) 236.

[35] Cfr. el «Prometeo encadenado» de Esquilo, vv. 119 – 123.

[36] S. Lyonnet, ibid. , 238 – 239.

[37] J. A. Fitzmeyr, El Evangelio según Lucas, Madrid (1987), III, 443.

[38] J. Gómez Caffarena, “Corrientes actuales” en el término “ESPERANZA” de: Conceptos fundamentales de la Teología, Madrid (1979) 475.

[39] Como pretendía tan ardiente como ingenuamente E. Bloch (Das Prinzip Hoffnung, Stuttgart - 195l -), que inspiró a muchos teólogos cristianos (J. Moltmann). Notemos esta lamentable euforia, desmentida tan brutalmente por los hechos de las dos  pasadas  décadas: “Siempre, en los «sueños  de una vida mejor», se ha deseado un «ser dichoso» que sólo puede proporcionar el marxismo; todo lo que no es ilusorio en las imágenes de la esperanza se encamina a Marx” (Das Princip Hoffnung, 16). Llegó a escribir: “Ubi Lenin, ibi Jerusalem” (ibid. , 705). J. Pieper (de quien tomamos las citas anteriores) se pregunta: ”si no se falsifica el sentido genuino del concepto  «esperanza» con esta orientación hacia lo puramente político, planificable y factible. ¿No sustituye la programática del hacer, transformar y disponer, a la descripción e interpretación de lo que se ha de esperar? Naturalmente, no puede decirse lo más mínimo contra esta programática «en sí», que puede tener algo de verdadero y necesario, pero con ella se expresa a gritos lo que nos sugiere la íntima sabiduría del lenguaje: que es propio de la naturaleza del hombre, como ser que verdaderamente espera, esperar una plenitud que él no puede proporcionarse” ( Esperanza e historia,83. Repasar la última frase de la cita de Ramseyer : nota 13). 


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