FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
“BENDECIRÉ AL SEÑOR EN TODO TIEMPO”
(Sal. 34, 2)
Es nuestra vida una interacción entre días laborales
y el de descanso, meses de trabajo y vacaciones. El mismo Dios así lo indica
desde el comienzo de la Sgda. Escritura: seis días para su acción creadora y
uno para el reposo. Esquema que también propone al hombre.
Sólo
que, nuestra tendencia innata a valorar y gustar más de lo agradable, nos
vuelve más pendientes de las jornadas de asueto, que de las laborales. Lo
extraordinario copa nuestra atención. Lo común y corriente suele pasar
desapercibido, desvalorizado. Algo análogo pasa con la liturgia de la Iglesia.
Después de un período de grandes fiestas, solemos encaminamos hacia el ”tiempo
ordinario”.
El
adjetivo y sus derivados suele despertar sentimientos de monotonía, hastío ante
la reiteración de lo ya conocido, hasta de repulsa, como cuando tratamos a
alguien de ”ordinario” o se califica de
”ordinariez” a palabras y acciones de baja estofa.
Sin
embargo, la raíz posee también un sentido satisfactorio, si se piensa un poco
en profundidad. Pues lo habitual, lo reglamentado, sirve para que la vida
humana no se vuelva un caos, ni una
continua sorpresa. Así, “de ordinario” nos alimentamos, se respetan la leyes
del tránsito, trabajamos dentro de un ritmo, que no suele traer imprevistos. En
fin, no es posible vivir constantemente de eventos “fuera de serie” y nuestra
existencia transcurre entre el día, que inexorablemente da lugar a la noche y
viceversa. La mayor parte de la vida se desenvuelve en jornadas comunes y
corrientes, que preparan el descanso y la fiesta, a la vez que en las pausas de
ocio y celebración se recuperan fuerzas para volver al trajín diario. Sería
absurdo querer alterar este ritmo, por el mero gusto de que todo se vuelva
jolgorio. De ahí el saludable consejo de Juan Pablo II: llegar a ser
extraordinarios en lo ordinario
II
– La liturgia de las horas: escuela de lo ordinario fructífero
Un
tesoro de la Biblia, de la Iglesia y de siglos de continua vida de oración es el
Salterio. La liturgia de las horas, destinada a santificar momentos salientes
de cada jornada, es, sin embargo, con lamentable frecuencia, tenida como un
lastre por más de un sacerdote, religioso o religiosa. Algunos llegan a
llamarla “la suegra” y es una señal de alerta la anécdota de aquellos
canónigos, que, ocupados en recitar su oficio divino en la catedral, fueron
sorprendidos por una tormenta estremecedora. Uno de ellos, interrumpiendo los
ritos, preguntó: “¿Qué les parece si dejamos esto y nos ponemos a rezar?”
La
experiencia muestra que se da aquí un aspecto importante de la vida ministerial
y religiosa , siempre amenazado por el desencanto, cuando no nos vigilamos a
nosotros mismos o perdemos de vista los motivos serios, en que se funda la
Iglesia, para seguir manteniendo la vigencia de esta secular manera de rezar.
III
– Objeciones
Pero,
si Jesús – se suele objetar- nos dejó ya una breve y enjundiosa fórmula de
oración con el Padre Nuestro, ¿no nos ha de bastar? ¿Por qué acudir los Salmos?
¿No son Antiguo Testamento superado, como los holocaustos y otros sacrificios
del templo antiguo?
A
lo cual hay que responder desde la fe de la Iglesia en la Inspiración de la
Sgda. Escritura, que cobra en el Salterio un cariz muy peculiar. Porque se
trata de oraciones compuestas también por Dios mismo. Aquel, a quien se dirige
la oración del hombre, es igualmente el que la inspira. Lo anterior puede
parecer dificultoso, pues, hay todo un libro en la Escritura, que consta sólo
de plegarias. Lo cual puede sorprendernos, ya que la Biblia es, ante todo,
Palabra que Dios nos dirige. Pero...¿no
es la oración más bien palabra humana,
que cada uno eleva a Dios? Entonces, ¿cómo es posible que lo que brota del
corazón humano, descienda igualmente de
Dios?
IV
– La ayuda del Espíritu
Los
Salmos nos descubren que Dios no sólo nos habla, como en los anuncios
proféticos, en los relatos de su intervención a favor de Israel o de su
Iglesia, sino que es también la Palabra que el Señor quiere oirnos pronunciar,
cuando dialogamos con ÉL. S. Agustín,
en su bello y profundo comentario al
Salterio, lo expresó egregiamente: “Para poder ser alabado convenientemente por
el hombre, Dios se ha alabado a sí mismo. Puesto que Dios se ha dignado
alabarse a sí mismo, en adelante el ser humano está en condiciones de
alabarlo...Ha llenado a sus siervos con su Espíritu, para que estos puedan
alabarlo” (Enarrationes in Psalmos, in Ps. 144 / 45). Tales plegarias son, por
lo tanto, a la vez, de Dios y nuestras.
En
consecuencia no hay punto de comparación con nuestros débiles e imperfectos
ruegos. Como lo advertía S. Pablo: “No sabemos orar como es debido; pero el
Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que sondea los
corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de
los santos está de acuerdo con la voluntad divina”
(Rom
8, 26 - 27). Ahora bien, una forma privilegiada, en que el Espíritu viene en
nuestra ayuda es el Salterio inspirado por ÉL mismo.
V
– Dilatan el alma
Pero,
todavía suele levantar cabeza otra duda: ”El hecho es que no me expreso a mí
mismo”. Pero, justamente, con los Salmos entramos en la mejor escuela para
salir del subjetivismo. Porque la oración no es monólogo, sino diálogo con
Dios. De ahí que no debamos caer, inconscientemente en el autoengaño del
fariseo, que comienza teniendo en cuenta a Dios: “Dios mío”, pero, para
deslizarse inmediatamente hacia la exposición de sus medallas olímpicas en
piedad, convirtiendo la conversación en un monólogo autocontemplativo: “Te doy
gracias por que no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros,
ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago la décima parte
de mis entradas” (Lc 18, 11- 12).
Al
sacarnos de nosotros mismos, el Salterio nos conecta con una multitud
innumerable de creyentes, a lo largo del tiempo y del espacio. Nos hace
participar de la oración más extendida por la tierra entera, ya que todas las
Iglesias cristianas, los judíos de cualquier época adoran a Dios con ellos
desde hace 2500 años. Son compendio del alma judía, vehículo de lo más puro ,
bello y verdadero
de
todo el Antiguo Testamento. Tanto que se denomina al Salterio: “Biblia orans”.
Oigamos
a André Chouraquí , sabio judío: “Un libro pequeño, 150 poemas. 150 espejos de
nuestras rebeldías y de nuestras fidelidades, de nuestras agonías y de nuestras
resurrecciones. Más que un libro es un ser vivo, que habla, que sufre, que gime
y que muere, que resucita y canta, en el umbral de la eternidad y os toma y os lleva, a vosotros y a los siglos de los
siglos. Del principio al fin...esconde un misterio, para que las edades no
dejen de volver a este canto, de purificarse en esta fuente, de interrogar cada
versículo, cada palabra de la antigua oración, como si los ritmos hicieran
latir el pulso de los mundos” (Les Psaumes , Paris – PUF – 1956 – 1 –
2).Son las oraciones del pueblo, al que Dios se ha revelado, para hacer de él
su testigo entre todas las naciones.
VI – Oración de los cristianos
Pero,
esta herencia de nuestros hermanos mayores judíos, ha sido acogida con gran
cariño y cuidado por la Iglesia de Cristo, convirtiéndose asimismo en la
oración escogida por todos los cristianos de todas las épocas. Desde hace más
de veinte siglos, comenzando con el mismo Jesús y María, su Madre, los cristianos
han rezado, valiéndose de estos cánticos espirituales.
A)
Los Salmos: oración de Jesús
Ya entrando al
mundo desde la eternidad, lo hace con el Salmo 40 / 39, 7 – 9, según el autor de
Hebr 10, 5 – 7.: “Tú no has querido sacrificio ni oblación, en cambio me has
dado un cuerpo”. Notemos que, donde el texto original trae: “me has dado un
oído atento”, a la luz del acontecimiento definitivo, que llevó a plenitud lo
anunciado en aquella oración, se explicita aquella escucha atenta, no sólo en
teoría, sino en la obediencia total hasta la muerte y muerte de cruz .También
hemos de reflexionar en el realce tan significativo que adquieren así los Salmos, dado que el que
ingresa en el mundo, es el ”Verbo”(Jn 1, 14), o sea, que no le faltaban los
mejores modos y palabras para dirigirse a su Padre. Sin embargo, se sirve de
estos arcaicos versos, para expresar su acatamiento a los planes divinos.
Cuando, desde
su niñez , asciende a Jerusalén (Lc 2, 41 – 42) cada año, entona los “cantos de
las subidas o peregrinación ”(Sal 118 / 119 – 133 /134) .En la Última Pascua se
recuerda expresamente, que cantó el gran Hallel (Mt 26, 30: Sal 135 / 136 – 136
- 137).
Por fin, desde
la cruz, sintetizando todas las angustias del pasado y del futuro, eleva el
grito del Sal 21 / 22: “ Dios mío, Dios mío ¿para qué me has abandonado?”. Y,
acabará su vida terrena (según Lucas), con la misma palabra con que la empezó
en público: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Sal 31 / 30, 6).
(Recordemos que ya a los doce años, destacó que ”debía estar en la Casa de mi
Padre”: Lc 2, 49).Nuevamente observamos una transformación del texto original
en labios de Jesús. El salmista, en efecto decía: “En tus manos, Señor, Dios fiel,
encomiendo mi espíritu”. Ese mismo cambio indica que, en Jesús, los Salmos van
adquiriendo un significado, que antes sólo era latente. Cuando ÉL los incorpora
a su oración personal, no lo hace a la manera de cualquier judío de su época,
sino que, al haber sido enviado por el Padre, para cumplir sus designios, los
lleva a su perfección. Realiza en su vida, muerte y resurrección todo lo que el
A. T., incluidos los Salmos, anunciaba de ÉL
y prefiguraba de los planes eternos del Padre: “Es necesario que se cumpla
lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, los Profetas y los Salmos” (Luc
24, 44).
B) Los Salmos: oración predilecta de la Iglesia
Pedro, en sus
primeros anuncios, después de Pentecostés, acude constantemente a los Salmos
(Hech 1, 16 – 20 = Sal 69 / 68 , 26 y 109 / 108, 8; Hech 4,23- 25 = Sal 2,
1 2). Lo mismo Pablo en Rom, 3, 10 –
15.San Gregorio de Nisa, así testimoniaba: “Salterio, el libro de todos: cada
uno, cualesquiera que sean su estado de ánimo o sus aflicciones, tiene
sensación de que esta parte de la Escritura le ha sido dirigida personalmente
por Dios” (Patrologia Griega , XLIV, 437 – 440).
San Agustín: “¡Oh cuánto no me hicieron llorar
tus himnos y cánticos, hondamente conmovido por la voz de tu Iglesia, que tan
dulcemente suena en ellos” (Confesiones , IX, 6).
S. Benito, vio
en el canto de los Salmos el ”Opus Dei”, la obra de Dios: “Creemos que Dios
está en todas partes...pero debemos
creer esto y sin la menor vacilación, cuando asistimos a la obra de Dios” (Regla
, cap. XIX).
Sto. Tomás de
Aquino: “Es el Salterio el libro más utilizado por la Iglesia ...repite bajo
forma de alabanza y oración, todo lo que los demás libros exponen según los
modos de narración, exhortación, discusión” (In Psalmos Davidis expositio
, ed. Vives, 228).
C) ¿Siguen siendo “actuales”?
Pero... muchos
se preguntan si continúan teniendo valor hoy en día. Desde nuestra fe se ha de
responder afirmativamente. Nos siguen afectando, con la condición de que
proclamemos, con fe convencida, que la historia de Israel es nuestra historia,
porque pertenecemos al pueblo de Dios. De modo que, al retomar esos viejos
poemas, se deshace nuestro individualismo, nos sentimos como llevados por un
amplio movimiento de liberación y caminamos íntimamente unidos a ese pueblo de
Dios.
Algunos
testimonios: Svetlana Alliluyeva (hija de J. Stalin, convertida al
cristianismo) : “En ninguna parte he encontrado palabras más fuertes que en los
Salmos. Esta poesía ardiente purifica, fortalece, hace nacer la esperanza en
los momentos difíciles. Obliga a uno a refugiarse, a condenarse y borrar
mediante sus lágrimas los errores de su corazón. Es un fuego inextinguible de
amor, de gratitud, de humildad y de verdad” (S. Alliluyeva, En une seule
année , Paris – 1971 – 253).
El gran teólogo
Y .Congar: “Salmos, mis queridos Salmos, pan cotidiano de mi esperanza, voz de
mi servicio y de mi amor a Dios, alcanzad vuestra plenitud en mis labios y el
corazón. Queridos Salmos, no envejecéis, sois una oración inmutable...Aceptad
que os resuma en dos palabras, de las cuales la segunda se puede pronunciar de
verdad, cuando se ha dicho la primera: Amén – Alleluya” (en: La Vie
Spirituelle , CXXIX – 1975 - 876).
Aunque parezca
extraño, volvemos al ya citado A. Chouraqui, culminando este testimonio
“eclesial”, porque, viniendo de un judío, es un indicio esperanzador de ese
paso, que muchos honestos hebreos están cumpliendo en nuestros días.
Me refiero a la
superación de una bastante rígida “disimetría”, que se podía observar por parte
de nuestros hermanos mayores. Es decir: quedaba claro para ellos y nosotros,
que la fe cristiana, sin apoyo previo en la judía, no podía subsistir. Lo dejó
bien claro S. Pablo: ”Tú (cristiano), que eres un olivo silvestre, fuiste
injertado...haciéndote partícipe de la raíz y de la savia del olivo” (Rom 11, 17).
En cambio los
judíos, afirmaban que ellos podían seguir siendo perfectamente tales, sin
necesidad del cristianismo. Pero, en los últimos tiempos hasta se ha formado un movimiento llamado: “Jews for
Jesus” (= Judíos para Jesús), que se interesa vivamente por nuestro Salvador.
Muchos se preguntan honradamente, cómo es que se cumple el presagio de Dios a
Abraham: “En ti se bendecirán todas las naciones” (Gen 12, 3), si no es por la
difusión del Evangelio. ¿Cómo se ha conocido universalmente la Biblia judía, si
no por medio de los cristianos?
Con este telón
de fondo, adquiere especial relieve, esta perspectiva de los Salmos en la pluma
de Chouraqui.“(El libro de los Salmos) se ha insinuado en todas partes: en
todos los bautizos, en todos los matrimonios, los entierros y en todas las
iglesias. Está en todas las fiestas y en todos los duelos de casi todas las
naciones...han sabido hablar en todas las lenguas, a todos los hombres, todos
los días, para inspirar sus negaciones más altivas y sus audacias más fecundas.
Y desde hace 2.000 años los conventos y los guettos se encuentran
misteriosamente en esa guardia de amor para salmodiar, aquí en latín, allí en
hebreo, aquí en francés, los himnos de los patriarcas de Israel” (Les Psaumes,
1 – 2).
VII – Dificultades
especiales
Con todo, una y
otra vez, emergen clásicas dificultades, que llaman a la vigilancia y la
constante gimnasia espiritual, para no quedar enredados en lo superficial y
considerar en la debida perspectiva más de un Salmo, que puede provocar
perplejidades a una sensibilidad cristiana. Nos referimos a los salmos
imprecatorios o de maldición, que apelan a la venganza de Dios sobre los
enemigos de la nación o los adversarios personales del salmista, son
singularmente desconcertantes: (Contra los enemigos de Israel: Sal 79, 6.12;
83, 10 – 19; 129, 5- 8; 137, 7 – 9; contra los contrincantes del salmista: 5,
11; 6, 11; 7,10.16; 10, 12: 28, 4; 31, 19; 140, 9 – 12; 141, 10; 143, 12).
Sobre todo el terrorífico deseo: “Bienaventurado quien tome a tus niños y los
estrelle contra la piedra”( Sal 137, 7 – 9).Al respecto nunca se ha de perder
de vista, que la revelación bíblica es progresiva y pedagógicamente ascendente,
de lo ínfimo a lo más elevado en santidad y moral.
Así como no
damos a un bebé un trozo de asado, sino que, adaptándonos a su falta de
dentadura, le suministramos leche o papilla blanda, en forma análoga, Dios tuvo
que abajarse al estado rudo y casi salvaje del pueblo, que se eligió para irlo
educando pacientemente a lo largo de los siglos.
El “Altísimo”
condesciende hasta la ínfima situación de Israel, para irlo elevando y
haciéndole notar que todo en su historia se debe a pura benevolencia por parte de
Dios, de modo que no atribuyera vanamente a sí mismo, lo que era fruto de la
gracia. Así lo puso en claro Moisés ante todo el pueblo: “El Señor se prendó de
Uds. y los eligió, no porque sean el más numeroso de todos los pueblos. Al
contrario, tú eres el más insignificante de todos. Pero por el amor que les
tiene, y para cumplir el juramento que hizo con sus padres, el Señor los hizo
salir de Egipto con mano poderosa y los libró de la esclavitud y del poder del
Faraón, rey de Egipto. Reconoce, entonces, que el Señor, tu Dios, es el verdadero Dios” (Deut 7, 7 –
9).
Así, aquello
que para el cristiano es algo a superar, como la ley del talión (“Ojo por ojo,
diente por diente”: Mt 5,38 – 39; Ex 21, 24), había significado, sin embargo,
un gran avance en la morigeración para las
costumbres bárbaras de la primitivas tribus, que no ponían límites a la
sed de venganza (repasar el feroz “Canto de Lamec: Gen 4, 23- 24). “Con
relación a la vendetta ilimitada del desierto, hay allí un exigencia de mesura
y una suavización de las costumbres” (P. Grelot, Pages Bibliques, Paris
– 1954 - 51).
De pasada,
sería oportuno meditar, si en nuestra sociedad no se estará retrocediendo hoy
en día a esas ansias salvajes. “Ni olvido ni perdón”, se lee en los muros de la ciudad. Aún en labios
de padres y madres “cristianos”, a la salida de la Misa, ofrecida por sus
hijos, asesinados injustamente por raptores, se oyen comentarios por este
estilo: “A esos, quisiera yo verlos pudrirse en la cárcel”.
Como antídoto,
recordemos a “Donna Assunta”, la madre
de Sta. María Goretti. Una humilde aldeana sin mayores “teologías”, pero bien
afirmada en su catecismo. Cuando Alessandro Serenelli, que 27 años antes había
asesinado cruelmente a su Hija “Mariella”, después de sus años de prisión, fue
a visitarla, al preguntarle si lo perdonaba, respondió: “Si Dios te ha
perdonado, cómo no voy yo a perdonarte”. Ambos asistieron a la canonización de
la santa adolescente en 1950 por Pío XII.
Volviendo a
nuestros “Salmos de maldición” hemos de ubicarnos en el estadio de la
revelación de aquellas épocas. Todavía no conocía Israel el futuro, que les
tocaba a los muertos. No tenían noción del ”más allá” y esperaban que la
justicia se estableciera mientras se vivía en este mundo. Es el núcleo del
drama profundo del libro de Job.
Está bien,
podría replicar alguno, pero, si todo eso ha sido superado, ¿para qué, después
del Evangelio, seguir usando esas tremendas fórmulas de imprecación?
La Iglesia
conserva esas arcaicas quejas, porque
descubren, que se da en cada uno de nosotros una violencia latente (como
estamos viendo que reaflora en estos tiempos), dispuesta a estallar
por una buena o mala causa.
De modo
excelente lo dan a entender estos lúcidos párrafos de R. Guardini: “En la
historia del Antiguo Testamento ocurrió
algo que se grabó profundamente en la memoria del pueblo; más aún, que hizo la
forma básica de su modo de entender la existencia; la larga emigración desde
Egipto – el país en que se ha desarrollado de manera más impresionante el mito
y el misterio -, a través de la soledad del desierto, guiados por la presencia
personal del Dios Vivo, hasta la Tierra Prometida .Tal es la imagen de la
existencia que tiene el hombre del Antiguo Testamento: está de camino.
De ese estar de
camino hablan los Salmos. Por eso en ellos sale a la luz todo cuanto vive en
los hombres: las alegrías, las necesidades, los miedos, las pasiones. Pero todo
queda puesto ante Dios. No de modo dionisíaco. No en un asentimiento total a la
existencia. No diciendo: ¡Vive; cuanto más enérgica y ardientemente, mejor! No
se dice: También el odio, la cólera, la imprecación y la maldición son vida, y
por tanto buenos. Sino que se dice: Así es el hombre; lleno de voluntad
terrenal, lleno de hambre vital, lleno de pasión de toda especie, de odio y sed
de venganza; pero permanece en Dios. Se presenta ante ÉL. Se Le muestra tal
como es.
Por eso el Dios
Santo está por encima de todo lo que se dice en ellos, y todo recibe juicio de Él. Tomemos aquellos Salmos
que producen más duro escándalo: los
Salmos de maldición. Comparémoslos con formas de maldición religiosa, tal como
aparecen en la magia pagana, y entonces veremos la diferencia. Esas formas
manifiestan la voluntad de poner mano en Dios; de obligarle, con incitación y
conjuro a que realice la acción aniquiladora. Nada de eso se encuentra en los
Salmos. La libertad de Dios permanece intacta. Siempre es el Señor y el Juez.
Toda pasión y todo odio son puestos ante Él, y así precisamente se establece la
diferencia; llega a ser una verdad; tiene lugar una liberación.
Pero podría
decir alguno: Yo ya no estoy de camino. En efecto, yo soy cristiano. A éste se
le responderá: ¿Lo eres realmente? ¿Te atreves a decir que has realizado el ser
cristiano?
Pues ¿qué
significa ser cristiano? La respuesta exhaustiva la ha dado quizá San Pablo, al
decir en la Epístola a los Gálatas: «Vivo yo, pero ya no vivo yo, sino que
Cristo vive en mí”(2,20). Y entonces uno continúa así su pensamiento: “Y
precisamente de ese modo es como empiezo a ser yo mismo”. ¿Ocurre eso en ti?
¿Puedes decir que has entrado en la inhabitación viva, en la santa mente de
Cristo y que a partir de ahí has llegado a ser tú mismo? No se necesita más que
hacer estas preguntas para saber en qué punto se está.
Lo que vive en
el hombre del Antiguo Testamento, en efecto, todavía está en nosotros. No a la
manera como el hombre de la época en que no estaban históricamente “cumplidas”
(Juan 19, 30) las obras de la Revelación y de la Redención, sino según la
manera de realización. También nosotros estamos sólo de camino hacia el ser
cristianos. Bien es verdad que hemos recibido el mensaje y estamos bautizados y
creemos; mejor dicho, nos esforzamos en creer; pero todo eso es sólo una
emigración, abriéndose paso con luchas. También aquí ha dicho lo decisivo San Pablo,
al hablar en la Epístola a los Romanos (8, 29) de que el hombre nuevo, que
«reproduce la imagen del Hijo» de Dios, debe abrirse paso a través del hombre
viejo, que está en rebelión y confusión; que debemos «despojarnos» del viejo,
dejarlo atrás y «revestirnos» del nuevo; que debemos pasar de una situación
esclavizada y corrompida , a la libertad y verdad esencial del que renace en
Cristo.
Pero si alguien
quiere insistir en su derecho, diciendo: Yo, sin embargo, he aprendido en la
escuela de Cristo, y en mí no hay ningún odio tal como el del Salmo; entonces
se podría replicar otra vez: ¿Realmente es así? ¿O es sólo porque todavía no
has tenido ocasión? ¿No hay en ti las mismas disposiciones, y no despertarían
si llegara la ocasión? ¿Quizás incluso peor?”.
Interrumpo la
tan clarividente exposición de Guardini, para exponer una experiencia propia,
que, a mi ver, confirma cuanto viene profundizando el teólogo alemán.
Por la década
del “60”, me encontraba en un colectivo junto a un grupo de visitantes, dando
un “tour” por Amsterdam. El joven “cicerone”, comentaba todo en inglés. Dado
que por aquel entonces no manejaba yo tal lengua, pregunté en alemán (idioma
más afín al holandés), si sólo se explicaba en inglés. Se vino acercando el
muchacho a donde yo estaba y me preguntó: ”¿Ud. es alemán”? Al responderle que
era latinoamericano, empezó a agregar explicaciones en perfecto castellano,
pero eludiendo el alemán. Me aclaró, después: “No sabe Ud. el alivio que me da.
Porque, tener que hablar en alemán, me habría hecho acordar de las barbaridades
que los nazis cometieron con mis parientes”.
Allí, se me
hizo patente la sensata advertencia de Guardini. Nos ilusionamos de que el
Evangelio ha echado raíces en nosotros, pero siempre está escondido en todo ser
humano el desorden dejado por el pecado de origen. Nos falta sólo la ocasión, para que aflore.
Como se observó
también, en más de una reacción de grupos o individuos de la actualidad parece
estar levantando cabeza. Para reconocer nuestras flaquezas nos ayudan, pues, estos Salmos casi desesperados, pero, para
acudir a Dios, no para tomar venganza por cuenta propia. Sigamos ahora con otro
sagaz reparo, planteado por Guardini.
“Una objeción
fácil y que se gusta de poner contra la realidad de la Redención, dice así: ¿Entonces,
el mundo no ha mejorado después de la muerte y la Resurrección de Cristo?
Prescindamos, ante todo, de cuanto ha mejorado realmente por Él y por su
palabra; y más aún, de cuanto se ha hecho totalmente diverso. Admitamos
honradamente la pregunta: ¿Ha mejorado el mundo en su totalidad histórica?
Quizá tenemos que decir que no. Quizá su situación inmediata ha empeorado
incluso.
La persona de
Cristo ha hecho patente la distinción entre bien y mal. Tanto el bien como el
mal, han llegado a su mayoría de edad. El hombre que vive en la situación de la
conciencia mítica todavía no sabe realmente de qué se trata. Todo se juega aún
en una sola cosa, como las fuerzas de la Naturaleza. La diferencia entre el
bien y el mal se transforma siempre en la diferencia entre lo bello y lo feo,
lo noble y lo innoble, lo sano y lo enfermo. Sólo en Cristo se separan los
valores y los caminos. Él es, por primera vez, el juicio.....Por eso el mal es
desde entonces más terrible que nunca; patente, sabido y querido. Nunca han ocurrido
en los tiempos paganos cosas como las que han pasado en estos últimos cuarenta
años (N.B. Guardini escribió esto hacia fines de 1960. Tiene en vista a las dos
grandes “Guerras mundiales”). Pero pertenecemos a nuestro tiempo y tenemos
todos los motivos para suponer que lo terrible está también en nosotros. Se
trata sólo de hasta qué punto Dios cumple el ruego: «No nos dejes caer en la
tentación».
Los Salmos
pueden tener una gran importancia para nosotros: A saber, que al decirlos, nos
hagamos patentes a nosotros mismos: que pongamos ante Dios nuestro corazón tal
como es, y no solamente como lo conocemos; también lo escondido suyo, también
su oscura profundidad: que aceptemos las palabras que se dicen allí: Estoy
entretejido en las ligaduras de la existencia. Pienso constantemente en lo
terrenal. Odio. Deseo el mal a mi enemigo. Le aniquilaría, si estuviera en mis
posibilidades...Pero, Señor, me pongo ante Ti, con todo lo que hay en mí. Tú lo
has de ver. Tú lo has de juzgar y ¡ojalá me salves!
Si consideramos
las cosas así, vemos entonces qué importantes son esos textos. Se puede decir
tranquilamente: Cuanto más fuertemente nos choca su palabra, mayor ocasión
tenemos de pensar que en ella nos hacemos patentes: que hemos de aceptarla,
pues, y en ella ir hacia Dios, rezando” (“El Espíritu de los Salmos”, en su
obra: Verdad y Orden , Madrid – 1960
- 138 – 143).
También puede
sostenernos en la recitación de tales preces, alejadas todavía del espíritu de
perdón evangélico, el considerarnos privilegiados (pero no por ser “mejores”
que nuestros ancestros) por participar en la etapa definitiva y superior
de la Nueva Alianza, cayendo en la
cuenta de todo el trayecto penoso y paciente, que ha desembocado en nosotros.
Como escribía P. Grelot: ”Se mide por un rasgo así la distancia que separa del
Evangelio a estos bárbaros salidos del desierto: ahora bien, ¡estos bárbaros
son por entonces los únicos depositarios del monoteísmo! ¿No es la prueba de
que no lo han inventado, sino recibido por revelación? Y la revelación continuará
educándolos poco a poco” ( Pages Bibliques, 65).
Los Salmos
agigantan nuestra alma, solidarizándonos
con los pobres y necesitados económica y anímicamente. Mantienen en
nosotros el anhelo por la justicia contra los explotadores de todo tipo, nacionales
e internacionales. Sólo que, sin asociarnos a las pretensiones de ”justicia
inmediata”, sirvámonos de sus clamores, para prestar nuestra voz, que haga
resonar ante Dios a las muchedumbres, que todavía hoy, siguen sufriendo la
opresión sin ninguna esperanza humana. “Ellos me enfrentaron en un día nefasto,
pero el Señor fue mi apoyo”(Sal 9, 19). Cosa que concuerda con :”Venga tu
Reino” y las ansias expresadas por María, la Madre del Redentor: ”Desplegó la
fuerza de su brazo. Dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los
poderosos de su trono y elevó a los humildes”(Lc 1,51 – 52).
A estas
consideraciones podemos sumar las de S. Agustín: ”Con los Salmos, reza contra
la maldad de tu enemigo. Que la maldad muera, pero que tu enemigo viva. Si tu
enemigo muere, tú pierdes a un enemigo, pero no recuperas un amigo. Si, por el
contrario, muere su maldad, te has deshecho de un enemigo y recuperas un amigo”
(Enarrationes in Psalmos, Ed.Vives, 170 -175).
Con la opinión
autorizada del gran especialista sobre los Salmos, R. J. Tournay, bien podemos culminar estas consideraciones:
“La Iglesia militante ha recibido de Cristo resucitado las prendas de su
victoria, pero mientras espera el advenimiento del reino de Dios, debe maldecir
y combatir las fuerzas infernales, a la vez que perdona a los hombres como
Cristo. Recibamos los Salmos como son, porque el secreto de su longevidad y de
su actualidad quizá pueda consistir precisamente en lo que a veces les queremos
quitar”. (Le Psautier de Jérusalem , Paris -1986 - Introduction).
Miguel Antonio
Barriola
6/ VII / 07 – La Plata