FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


APUNTES BIBLICOS SOBRE EL AMOR

Miguel Antonio Barriola

I – Introducción.

Seguramente no haya palabra más usada que "amor" y sus derivados.

La historia de la cultura y las religiones atestigua la veneración de dioses y diosas del amor en numerosos pueblos (Astarté; Afrodita – o Venus, para los latinos; Eros o Cupido).

Pero...igualmente podemos comprobar que no existe término más manoseado que el que nos ocupa. S. Agustín, recordando sus desvíos juveniles es elocuente testigo de las dos afirmaciones. Por un lado la irreprimible fuerza que experimenta todo ser humano: "Dulce cosa era para mí amar y ser amado".

El mismo da cuenta del uso oscuro que se hace de la palabra y la realidad que significa:"Son los afectos, son los amores, es la impureza de nuestro espíritu, que nos arrastra hacia abajo, por el peso de nuestros cuidados".

Es que el hombre viene a la existencia por un acto de amor de sus padres y su vida está desde el comienzo bajo el ritmo de los gestos de ternura y de amor. El hombre crece, se realiza y encuentra la felicidad en el amor; el fin de la existencia es amar.

Pero semejante caudal dinámico, puesto por el mismo Creador en el corazón del hombre, puede ser canalizado de diferentes maneras.

Se dan dos, contrapuestas y que, se puede decir, caracterizan a dos culturas diferentes. Uno es el plastificado por "Eros", el pequeño dios – niño de los griegos, con alas, arco y flechas, pero con sus ojos vendados. El dispara sus dardos sin ton ni son (no puede ver), sin mirar ni reflexionar. Jamás ha conocido reglas, actúa a puro capricho.

Se trata del amor posesivo, que preferentemente usa para sí los objetos y personas amadas, sin entregarse por su parte a fondo. Se lo suele catalogar como "amor de concupiscencia" ("Cupido": de deseo).

El polo opuesto se encuentra en el término "Agapáo" (=amar) y el sustantivo "Ágape" (amor), que casi no es usado en el griego clásico y que, sin embargo, predomina tanto en la traducción griega del A. T. (la LXX), como, sobre todo, en el N.T.

La raíz indica un amor de benevolencia, a la manera del sol, que irradia su luz y calor, pero sin recibir nada en cambio, que lo haga más luminoso o cálido. Pura dádiva y generosidad, fuente inagotable de beneficencia.

II – En la Biblia.

No podía estar ausente en la Biblia un tema y realidad tan fundamental.

En realidad el libro inspirado por Dios reserva un lugar de primer plano al amor, describiéndolo con toda la gama de sus manifestaciones, desde la inagotable caridad del Padre celestial hasta las expresiones del amor humano en la amistad, en el don de sí, en el noviazgo, en el matrimonio en la unión sexual. También da cuenta de los abusos pecaminosos al respecto, que siempre reprueba y nunca glorifica.

En efecto, la Sagrada Escritura narra cómo amó Dios al mundo (Jn 4, 15) y hasta qué punto se manifestó a sí mismo como amor; además muestra de qué modo reaccionó el hombre ante tanta ternura divina y cómo vivió el amor.

En consecuencia la Biblia puede definirse justamente como el libro del amor de Dios y del hombre. Podríamos encerrar el contenido del mensaje bíblico entre el primer himno de amor conyugal (Gén 2, 23) y los anhelos del Espíritu y la esposa por el divino cordero (Apoc 22, 17).

III – Principales momentos.

Como sería de nunca acabar, seleccionamos en lo que sigue algunos puntos salientes del desarrollo, que la realidad del amor ha jugado a lo largo de la historia de la salvación.

1 – Antiguo Testamento.

Los patriarcas fueron los primeros destinatarios de una elección amorosa por parte de Dios para con Israel, el pueblo que de ellos traería origen. Ellos fueron confidentes del mismo Dios.

Al llamar a Abraham, un pagano entre tantos otros, Dios quiere que sea su amigo (Is 41, 8), expresando su amor en un pacto o alianza, por el que se liga con promesa formal al padre del pueblo y a su descendencia (Gen 15; 17, 1 – 2; Lc1, 54 – 55). El patriarca viene a ser el confidente de los secretos divinos (Gen 18, 17).

Por su parte, Abraham ha respondido a las exigencias del amor divino, aún a costa de renuncias: dejar la propia tierra, cultura, parentela, para salir "sin saber a dónde iba" ( Gen 12, 1 – 4; Hebr 11, 8).

Su género de vida nómada es un signo de otra peregrinación más profunda en los misteriosos designios de Dios, sobre todo ante la prueba que supone un amor por encima de su más preciado anhelo: el hijo tan esperado, que le es pedido por el mismo Dios que se lo regaló (Gen 22, 1 – 19).

Con Moisés llega el momento de extender la alianza primitiva, de tipo más bien familiar, a las dimensiones ya prometidas por el mismo Dios: un pueblo numeroso, que se había multiplicado en condiciones abyectas, como esclavo del faraón egipcio. El amor de Dios interviene nuevamente, porque, según dirá a su siervo: "He visto la opresión de mi pueblo...por eso he bajado a librarlo" (Ex 3, 7).

Moisés sellará entre Dios y el pueblo la alianza fundadora , la declaración de independencia, haciendo pasar a Israel de la esclavitud al servicio de Dios.

A los pies del Sinaí, se establecen las reglas del amor, que no será antojadizo como el de Eros, sino observador de un camino preciso: "Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud. No tendrás otros dioses delante de mí" (Ex 20, 2 – 3). Se trata del "amor celoso", del Señor Dios, el único que puede permitirse tal exclusividad, ya que nada ni nadie puede acaparar el corazón humano, si no es su mismo Creador. Lo expresará el Deuteronomio en términos de amor, en frase lapidaria que usará el mismo Jesús (Mc 12, 28) y de la cual nadie podrá alejarse: "Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" ( Dt 6, 4 ss.).

Moisés no tendrá que sacrificar a su hijo, como Abraham, pero su pueblo entero, cabeza dura e inconstante en el cumplimiento de su compromiso de amor , pactado en el Sinaí, se pondrá en conflicto con la santidad divina, reincidiendo una y otra vez en el desaliento, la desconfianza, dudando de que Dios lo ame verdaderamente. Así él mismo Israel se pone en el riesgo de perderse, lejos del único Dios, que le ha dado un sentido en la historia, porque es el "pueblo de Dios", no uno cualquiera entre tantos.

El guía de semejante conjunto de gente se ve desgarrado entre Dios, al que representa frente a sus hermanos y éstos, que entienden sólo de un amor egoísta, preocupado sólo de que falta comida o agua y pronto a murmurar contra Dios a la menor dificultad.

Si Moisés se mantiene fiel, es porque desde su vocación hasta la muerte no cesó de progresar en la intimidad con Dios, conversando con EL como con un amigo ( Ex 33, 11). Tuvo la revelación de la ternura inmensa de Dios, de un amor que, sin sacrificar nada de la santidad, es misericordioso (Ex 34, 6 ss).

2 – Los Profetas.

Dios nunca se cansó de amar, pese a las reiteradas traiciones de su pueblo preferido. Le envió constantemente emisarios suyos, los profetas, para reprenderlo como un padre (Hebr 12, 5 – 8) y también para retomar incansablemente sus muestras de amor.

Ellos dieron testimonio constante del amor de Yahweh, presentándolo desde muchos puntos de vista (amor paterno: Os 11, 1; de amistad: Dt 34, 10), pero sobre todo bajo el emblema del amor conyugal.

Oseas ve fundada la alianza en el amor de Yahweh. Sólo que Israel, como ya lo ha probado la historia del Exodo, y ahora la que se desarrolla en el reino del Norte, se ha presentado como una esposa infiel, por haber fornicado adúlteramente con todos los baales cananeos. Por eso es rechazada y castigada por Yahweh, a fin de que se corrija ( Os 2, 4 – 15).

Por consiguiente, el amor no está reñido con la corrección. Al contrario, Dios se vale de ella, de las pruebas, del provisorio alejamiento, para que la esposa infiel recapacite y compare los amores fugaces y perniciosos por los que se dejó seducir, y el amor exigente pero enaltecedor para con su Dios. Amor que nació en el desierto, a donde la conducirá nuevamente Dios, para que en un lugar desolado, comprenda que nada puede tener el atractivo profundo que sólo la fuente pura del amor., Dios mismo, puede conceder (Os 2, 16 ss).

Jeremías empleó igualmente este símbolo del matrimonio, presentando el culto de Baal en Israel como fornicación y prostitución ( Jer 2, 5.23- 25; 3,1 – 4.6 – 11. 13). Aún cuando la esposa infiel sólo merece el repudio (3, 1), Yahweh la recibe misericordiosamente, cuando se convierte a El (3, 12. 14. 22; 4, 1); ella es, a pesar de todo, "su amada" (11, 15), la "querida de su corazón" (12, 7), a la que ama con amor eterno (31, 3).

En estos rasgos de pertinaz condescendencia de Dios, podemos calibrar la clase de amor (tan alejado de "Eros"), que caracteriza al Dios revelado a Israel y plenamente manifestado después en su Hijo Jesucristo: no busca la reciprocidad del amor porque algo pudiera beneficiarlo de parte del pueblo amado, sino porque quiere proporcionar la verdadera felicidad, a quienes se obstinan por buscar en sendas equivocadas.

También Ezequiel presenta la inclinación de Yahweh por Jerusalén como amor conyugal. En una impresionante alegoría, el pueblo es personificado por una niña abandonada por su madre, a la que Yahweh recogió, cuando todavía estaba manchada con la sangre del parto. El Señor la crió y cuidó y ya crecida , la desposó consigo. Pese a tantas muestras de afecto, esta esposa fue infiel y se ofreció a todo el que se le brindara (cultos cananeos y extranjeros). Mereció por ello riguroso castigo. Todo el largo capítulo es estremecedor e índice elocuentísimo de la medida del amor de Dios. No queda indiferente ante los desprecios de su amada.

Y, pese a semejantes adulterios, el corazón del Señor no abandona a la "prostituta"(16, 35): "Pero yo me acordaré de la alianza que hice contigo en los días de tu juventud y estableceré para ti una alianza eterna" (16, 60).

En igual sentido, el Segundo Isaías traslada el simbolismo conyugal a la restauración de Israel: Sión es una mujer que Yahweh ha abandonado por breve tiempo. No obstante olvidará la ignominia de su juventud y el oprobio de su viudez, porque el Señor la llamará de nuevo ( Is 54, 2 – 8).

IV – El Nuevo testamento.

1 – Evangelios.

El envío del mismo Hijo de Dios es el punto culminante del amor de Dios a los hombres, no restringido ahora a un pueblo, sino extendido a los confines del mundo y de la historia.

Si Abraham fue eximido de sacrificar a Isaac, Dios no le ahorró la muerte a su Hijo muy amado (Rom 8, 32). De ahí que surja con júbilo la pregunta paulina: "¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? " (Rom 8, 35).

Jesús centrará en el amor la dispersión legalista de los maestros y escribas del pueblo judío (se contaban 613 mandamientos).

En la última respuesta que Jesús ofrece a sus contrincantes en Jerusalén, expone los términos y ordenamiento del amor ( Mt 22, 37 – 40). Hay una prioridad respecto a Dios, al cual se lo ha de amar con "todo" (adjetivo repetido tres veces), evidenciando la invitación al amor integro, indiviso y total: con "todo el corazón", o sea partiendo de lo más íntimo y vital; con "toda tu mente", que, en hebreo es un sinónimo de "corazón" ( la Biblia griega traduce muchas veces por "dianóia" la palabra hebrea: leb = corazón). Pero, esta repetición podría significar "lo más íntimo de mi intimidad", si recordamos el canto de María: "Dispersó a los soberbios de corazón" , que en griego es: "dianoiai kardías autón": "la mente de su corazón", es decir: lo más recóndito. Lo más extremo de esta totalidad se encuentra en "toda tu alma", que en la mente semita significa: toda tu "vida", o sea: no por un tiempo corto o largo, sino a través de toda la existencia y en la muerte - vida. Así el Rabí Akiba, al morir mártir de su fe, declaró que se veía feliz de amar a Dios, no sólo con todo su corazón, sino también con tuda su "alma" o vida.

De este modo totalizante no podemos amarnos ni siquiera a nosotros mismos, ya que "todo" lo que somos es relativo a Dios, del cual venimos y hacia el cual vamos.

Sin embargo, también hemos de tenernos en buena y alta estima, ya que somos la medida de nuestro amor al prójimo, como explica Jesús en el segundo mandamiento, que es semejante al primero, refiriendo acto seguido los términos del Levítico 19,18 (se refiere a este texto por 3ª. vez en S. Mateo (5,43 y 19,19).

Como reflexiona muy bien un filosofo español: "No se puede amar al otro sin una seria autoestima, amar al prójimo como a uno mismo es imprescindible, pues ¿cómo podría ofrecerse un yo inexistente, o enemigo o alienado? No haber sabido descubrir al yo adulto y maduro impide descubrir al tú, porque es el yo el que hace al tú".

La medida "como a ti mismo", indica también que así como cada uno procura su propio bien, de igual modo ha de preocuparse del provecho del prójimo, ya que todos son hijos de Dios y en ese plano nadie es más privilegiado o superior a otro. Se ofrece así el antídoto contra todo tipo de egocentrismo. Ya lo había explicado Jesús, al indicar que este detalle incluía el amor a los enemigos (Mt 7, 12).

Según la legislación mosaica, dado el contexto, el prójimo se reducía al compatriota:"No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor" (Lev 19, 18). Dejando de lado esta restricción, Jesús amplía hacia cualquier hombre el radio de extensión del amor, en sentido horizontal.

Al calificar de "semejante", el mandato del amor al prójimo, no quiere decir "idéntico" (baste observar la ausencia de los anteriores adjetivos "todo"). Pero tampoco significa meramente: "análogo" (como la relación vigente en una comparación), sino que ambos mandamientos están vinculados entre sí, con una relación especial y única. Esta íntima trabazón de ambos mandamientos no consiente, ni un "misticismo" etéreo, que se refugiara sólo en Dios, desentendiéndose del mundo y de los demás hermanos en él, y tampoco permite un "pragmatismo", que colocara en el mismo nivel a los dos objetos del amor: Dios y el prójimo.

La Ia. Carta de Juan, advertirá sobre los posibles engaños de las posiciones extremas: "El que dice: «Amo a Dios» y no ama a su hermano, es un mentiroso" (4, 20). Pero asimismo aclara:"La señal de que amamos a los hijos de Dios es que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos" (5, 2).

La novedad de la enseñanza de Jesús no está en haber señalado los dos mandamientos fundamentales, sino en haberlos asimilado, haciendo del primero el criterio de verificación del segundo y viceversa.

Jesús reitera el adjetivo "todo" al recapitular que "toda la ley y los profetas dependen de este mandamiento". La caridad ,en efecto, es criterio interpretativo de las aplicaciones concretas de la ley, de ahí que S. Agustín haya podido aconsejar: "Ama y haz lo que quieras"; no en el sentido de consentir un libertinaje, sino en cuanto que un amor verdadero se guardará muy bien de caer en actos o actitudes que desagraden a la persona amada.

Siendo, pues, dos aspectos (vertical: Dios y horizontal: el prójimo), íntimamente imbricados, siempre se los ha de tener unidos, por más que muchas veces no se mencione explícitamente al otro. Así por ejemplo, S. Pablo, compendiando toda la vida cristiana, afirma:"Sabemos que a los que aman a Dios, todo coopera para el bien" (Rom 5, 14). Es evidente que no cae en un "teocentrismo" excluyente de la caridad para con el prójimo. Porque inmediatamente agrega: "En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos" (v. 29). Por lo tanto, el amar a Dios ha de ir ligado a reproducir la imagen de quien amó más que nadie a todos los hermanos.

En otro lugar escribe: "Toda la ley se cumple en una palabra: amarás al prójimo como a ti mismo" (Gál 5, 14). Sin embargo tendrá cuidado en notar que no es posible cumplir semejante tarea, si no nos "dejamos conducir por el Espíritu de Dios" (v.16).

2 – San Pablo.

El Apóstol de las gentes ha profundizado considerablemente en la realidad del amor. A él se debe el himno de la caridad de I Cor 13, 1 – 13.

Se puede decir que Pablo lleva a su culminación la consideración del amor, como "ágape", es decir, situándose en el extremo opuesto del "Eros" helénico, antojadizo y egocéntrico.

En efecto, él no concibe al amor sólo como una pasión nacida de impulsos del corazón humano. El amor verdadero sólo lo puede conceder el Espíritu Santo: "La prueba de que Uds. son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios, llamándolo ¡Abbá!, es decir, ¡Padre!" (Gál 4, 5). En Rom 5, 5, especificará esta relación filial, llamándola amor: "La esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado".

Pero, siendo hijos de un mismo Padre, por la fuerza del Espíritu, de tal realidad se desprende la fraternidad, el amor mutuo entre todos los creyentes.

Así, como ya se adelantó, Pablo se conecta con el núcleo bíblico del amor, subrayando que, la nueva libertad, que nos ha traído Cristo, no faculta para un libertinaje autónomo (en la línea de "Eros"), sino que ha de mirar el bien de los demás, a riesgo de falsificar el amor: "Uds., hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales: háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor. Porque toda la Ley está resumida plenamente en este precepto: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»" (Gál 5, 13 – 14).

Lo extraordinario es que las páginas más sublimes de su reflexión sobre el amor, aparecen en su correspondencia a una de las Iglesias locales más divididas y conflictivas: la de Corinto.

Tan infatuados estaban los corintios con sus líderes, en torno a los cuales se formaban grupitos y cultos de personalidad. A tal punto llegaba la discordia que en la celebración de la misma Eucaristía los pudientes despreciaban prácticamente a los pobres (I Cor 11, 18 – 22). Por fin, se valían de los mismos dones del Espíritu, para compararse unos con otros, yendo en pos de los carismas más llamativos (glossolalia o don de lenguas): I Cor 12 – 14.

El hecho es que Pablo, en el encabezamiento de casi todas sus cartas (menos en Gál: otra comunidad levantisca), alaba las virtudes de sus destinatarios, entre las que sobresale la caridad (I Tes 1, 3; II Tes 1, 3; Col 1, 4; Filip 1, 9; Fil 5). En cambio, al dirigirse a los Corintios, al saludarlos, omite mencionar el amor y sólo alaba los "dones de palabra y conocimiento". Con ello está ya preparando la reprimenda que seguirá, dado que después va a desprestigiar la mera destreza en el hablar (2, 1) y llegará a decir que "la ciencia infla" (8, 1), a saber: aparenta un gran bulto, que, en realidad está lleno de aire. Acto seguido acotará: "Pero el amor edifica".

Así, en los primeros 4 capítulos fustigará los capillismos en torno a personalidades, santas y apostólicas, pero que nunca podrán equipararse a Cristo: "¿Acaso está Cristo dividido?" (1, 13). Sólo al final de esta importante sección aparecerá por primera vez, explícitamente, el amor: "¿Qué prefieren? ¿Que vaya a verlos con la vara en la mano , o con amor y espíritu de mansedumbre?" (4, 21).

No ha sido menos "amor" la secuencia de reproches que les ha venido dirigiendo, ni tampoco lo sería, si se presentara "con la vara", ya que el mismo Jesús advierte. "Yo corrijo y reprendo a los que amo" (Apoc 3, 19).

Aquí se nota cómo el amor, que infunde el Espíritu Santo, no es un sentimiento romántico o puro idilio, que se acabaría no bien desaparezcan los flechazos de Cupido.

El amor cristiano ha de saber coexistir y permanecer, a pesar de los límites y defectos de la persona amada. Así como nos amó Cristo, no prendado por nuestras cualidades (de las que carecemos), sino limpiándonos de nuestras lacras, haciéndonos semejantes a EL: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla. El la purificó con el bautismo del agua y la palabra, porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada" (Ef 5, 26). De ahí que, un componente imprescindible del amor es la capacidad de enfrentar las deficiencias de la persona amada: "Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor" ( Ef 4, 2).

Este es el ritmo del pensamiento paulino sobre el amor, que hasta se trasluce en la disposición literaria con que engarza la joya magnífica de su himno a la caridad.

En efecto, primeramente entra de lleno en lo vivo de una de las controversias que dividían a los corintios: los carismas especiales, que infatuaban a muchos, haciéndolos creer superiores a los demás, ocasionando separaciones entre los creyentes ( "Como yo soy mano, no formo parte del cuerpo": 13,15).

Reconociendo la proveniencia divina de todos los dones, pretende, sobre todo, que se siga "un camino más perfecto todavía" ( I Cor 12, 31), que va a dar cauce común a las diferencias, que no han de disgregar, sino, al contrario integrar.

Al medio de su tratado coloca la consideración lírica del mismo amor. Para regresar finalmente a la consideración de los diferentes carismas (Cap. 14), pero ya bajo la guía estructurante del amor, que se hace presente bajo la idea de la edificación (14, 3 – 4. 12. 17. 26). Recuérdese que "el amor edifica" (8,1).

El mismo himno del cap. 13 ofrece un ritmo similar. Comienza con la diversidad (vv.1 – 3), continúa con la unidad realizada por el amor (vv. 4 – 8 a), para volver a la diversidad, pero ya jerarquizada y armonizada en el amor (vv. 8b – 13).

Si nos detenemos en el cortejo de virtudes, con que describe al amor, se verá hasta qué punto se acerca a la "Agápe" divina, que nunca busca su provecho, sino siempre beneficiar a sus criaturas, los hombres.

I Cor 13, 4 ss.: "Es paciente". Por lo tanto no sólo impetuoso, ni "amor a primera vista". "Es servicial" y, en consecuencia, en el polo opuesto al menor asomo de egoísmo. "No es envidioso", y por tanto, todo lo contrario de los que pasaba en Corinto . "No hace alarde", o sea: no se va en palabras grandilocuentes, sino que apunta a lo esencial. Diríamos: no llena el ojo, ni apabulla. "No se infla". Otra vez, encara un vicio muy propio de los corintios: "estas cosas, hermanos, las he referido a mí y a Apolo, respecto a vosotros...a fin de que nadie se hinche contra el otro con ocasión de alguno (de nosotros, los apóstoles)" (I Cor 4, 6). Ya se ha mencionado I Cor 8, 1: "La ciencia infla, la caridad edifica". Nuevamente: no es amor disertar muy bien y con "el prestigio de la elocuencia " ( I Cor 2, 1), si tales elucubraciones no van seguidas y acompañadas de realizaciones para el bien común. De ahí el refrán tan oportuno: "Obras son amores y no buenas razones".

Sin pretender ser exhaustivos, creemos que las facetas que se han puesto de relieve, indican claramente el pensamiento de Pablo sobre el amor.

Había invitado a un "camino más excelente" (I Cor 12, 31), ante la puja por los carismas más espectaculares de sus corintios, para terminar, de hecho, llamando a lo más trivial y cotidiano. No a exaltaciones místicas o ímpetus emocionales. Paciencia, disponibilidad, verdad escueta, sin aspavientos, combate contra el egoísmo ("no busca el propio interés": v. 5). Un amor que no se disponga a la humildad de lo ordinario no es cristiano.

Pero, aquí Pablo tiene en cuenta sólo el amor al prójimo. ¿Será entonces una virtud teologal?

De hecho, Pablo enseña que "el amor no pasará jamás" (v. 8) y cuando llega a describir esa perpetua subsistencia de la caridad (después de todo lo imperfecto que quedó atrás: hasta la fe y la esperanza), dirá: "Entonces conoceré como soy conocido". Donde no hay que suponer el conocimiento psicológico de mí mismo, ya que estamos ante un "pasivo divino", que supone a Dios como sujeto: "Conoceré como soy conocido por Dios", que es más íntimo que mi misma intimidad.

Esto significa llevar a cumplimiento aquella relación vital con Dios que comienza con la fe, persevera en la esperanza y se realiza plenamente en el amor. Por lo tanto, el amor es la madurez de la existencia cristiana que se expresa en las tres dimensiones de la fe, esperanza y caridad.

El mismo amor al prójimo, tal como lo describe Pablo, sólo es posible si mana de aquella fuente purísima, que es el amor divino, que, tal como se analizó, excluye toda secreta connivencia con el egoísmo y el mal.

Es, entonces, una virtud esencialmente teológica y por eso se la coloca al lado de la fe y la esperanza (13, 13). Sólo así puede tener la amplitud, la grandeza heroica, la resistencia a toda prueba y la profundidad con que la presenta el Apóstol. No entran en juego las simpatías o los intereses en orden a producir este amor, sino únicamente el amor de Dios, del que vemos reflejos en toda criatura racional, aunque esté embrutecida por el mal o sea enemiga.

V – Epílogo.

Toda la Biblia no es otra cosa que el amor de Dios, que sale en busca del hombre, pese a sus repetidas ingratitudes.

Sería demasiado pedir, entonces, pretender una visión completa de tanta riqueza.

Creemos que las pautas ofrecidas brindan una síntesis suficiente como para captar de qué modo el amor, "ágape", la caridad engloba y sintetiza el amor trinitario (el Padre, que envía a su Hijo predilecto, que, a su vez , manda al Espíritu Santo, para llevar a término, en toda la Iglesia y el mundo, el proyecto amoroso del Dios eterno). Es el punto de enlace de todas las virtudes y, por lo mismo de la moral íntegra.

Por eso, enraizado en S. Pablo, definió Sto. Tomás de Aquino tan certeramente a la caridad como la "forma de las virtudes".

Ya, comentando I Cor 13, enseñaba: "Aquí muestra (el Apóstol) que ella (la caridad) es tan útil y de fuerza tan eficaz, que por medio de ella se llevan a cabo todas las obras de la virtud".

En su sistematización moral de la Summa Theologica, dirá: "Es manifiesto que la caridad ordena los actos de todas las otras virtudes al fin último. Y por esto ella forma las virtudes, porque no se habla de virtudes sino en relación a actos formados". La misma fe, sin la caridad es una virtud "informe", como afirmó Santiago: "También los demonios creen, y sin embargo tiemblan" (2, 19). "De la misma manera que un cuerpo sin alma está muerto, así está muerta la fe sin las obras" (v. 26). De ahí que, "aquello que hay de perfección en la fe viene de la caridad; de modo que la caridad posee esta perfección esencialmente, mientras que la fe y las otras virtudes no hacen más que participar de ella"

El amor, pues, tan mentado siempre, a la vez que tan mal comprendido, encuentra en la Palabra de Dios, que "es amor" ( I Jn 4, 8), su insuperable descripción y los caminos más conducentes para vivirlo, en este mundo y el que vendrá, porque "el amor no pasará jamás" (I Cor 13, 8).


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