FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


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  TRAYECTORIA TEOLÓGICA DE BENEDICTO XVI

(Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola)

 

           Proemio

 

Preludiando a las pobres y precipitadas notas, que tendrán la paciencia de escuchar[1], quisiera comenzar con la apreciación sobre el Papa Ratzinger en cuanto teólogo, de otro eximio estudioso de la fe católica, cuyo influjo en la ciencia sagrada y en el Vaticano IIº nadie puede negar. Me estoy refiriendo a H. de Lubac quien, en 1985, nos dejó este testimonio:

              “El Doctor Ratzinger es un excelente teólogo de profesión: los mejores doctorandi acudían recientemente todavía a la facultad de Regensburg para ponerse bajo su dirección. No teme abordar directamente los asuntos fundamentales ni los problemas actuales, siempre en calma, simplicidad, mesura, gran respeto por las personas y sonrisa. Su primer preocupación, sin embargo, no es agradar: él no se sustrae a su papel, a veces ingrato...La campaña difamatoria que yo veo en estos mismos días desencadenada contra él, es también ella, retomo la palabra, «una impostura», - o al menos en alguno que otro - el producto de una ligereza lamentable”[2].

 

              Pantallazos de una trayectoria teológica

 

              Después de la azaroza Segunda Guerra mundial, Joseph Ratzinger continuó sus estudios de preparación al sacerdocio en el Seminario de Freising. De  esa época recuerda en su Aus meinem Leben, la impresión favorable, que recibió de autores como Romano Guardini y Joseph Pieper[3]. Guardini, especialmente, aparecerá constantemente en sus escritos como un faro orientador, sobre todo en cuanto al “Espíritu de la Liturgia”.

              También menciona que tuvo dificultad en su acceso al pensamiento de Tomás de Aquino, “cuya lógica cristalina me parecía demasiado cerrada en sí misma, demasiado impersonal y preconfeccionada”[4].

              Nos preguntamos cómo pudo surgir en un espíritu tan amplio, a la vez que convencido católico, un sentimiento así respecto al teólogo, que más aprobaciones ha recibido de parte del magisterio de la Iglesia.

              El mismo Ratzinger nos da alguna pista para aclarar el punto, ya que, acto seguido explica: “Pudo influir en ello también el hecho de que el filósofo de nuestra escuela Superior, Arnold Wilsem, nos presentara un rígido tomismo neoescolástico, que para mí estaba sencillamente demasiado lejano de mis interrogantes personales”[5].

              Porque, si, como hemos oído, ha rescatado a Joseph Pieper, como un autor, al que debe gratitud, es sabido hasta qué punto este gran filósofo católico estaba empapado del más genuino tomismo. De hecho, más adelante, ya encaminado en sus cursos universitarios de Münster, pondrá de relieve a Gottlieb Söhngen, al que describe así: “Pertenecía a aquella dinámica corriente tomista, que había hecho propias la pasión por la verdad y la resolución de la pregunta sobre el fundamento y el fin de todo lo real  del Aquinate, pero que se esforzaba conscientemente de hacer esto en el ámbito del debate filosófico contemporáneo”[6].

              Además, andando el tiempo, compuso un elogioso prólogo a la síntesis teológica del gran tomista de Friburgo, Jean Hervé Nicolas[7].

              En cuanto a Söhngen, es interesante rescatar este otro recuerdo. Ante las consultas sobre la definibilidad dogmática de la Asunción de María, dicho profesor se pronunció decididamente en contra. Cuando le preguntaron qué haría, si de todos modos fuera declarado solemnemente ese privilegio de la Madre de Jesucristo, respondió: “Si el dogma es proclamado, me acordaré de que la Iglesia es más sabia que yo y que tengo más confianza en ella que en mi erudición”[8]. Observa a continuación Ratzinger: “Creo que esta escena lo dice todo sobre el espíritu con que se hacía teología en Munich, de forma crítica pero creyente”[9].

 

              La tesis contrariada

 

              La inclinación de Ratzinger iba más hacia S. Agustín[10] y entre los medievales a S. Buenaventura[11]. Su estudio de este último Doctor fue muy apreciado por Söhngen, aunque no así por el correlator Michael Schmaus, quien sentenció que el estudio no correspondía a los criterios de rigor científico requeridos para las obras de tal nivel. El joven sacerdote sintió “como si un rayo lo hubiese fulminado desde el cielo sereno”[12]. El día de la Virgen de Lourdes de 1957 fue, por fin, aceptada su tesis doctoral.

              Pasó después a ser docente en Bonn, tiempo del que rescata su relación con el “indólogo” Paul Häcker, de quien se dice deudor en el campo de la historia de las religiones[13], área de la que se ocupará especialmente por medio de la Declaración: “Dominus Jesus”.

 

              Perito del Vaticano II

 

              Es trasladado a Münster, desde donde entabla relación con el Card. Joseph Frings, arzobispo de Köln, quien lo lleva consigo a la primera sesión del Vaticano II, obteniendo en Roma que fuera nombrado oficialmente “perito” teólogo. Retiene, de aquellos tiempos tan laboriosos y fecundos sus contactos con de Lubac, Daniélou, Philips, Congar, Rahner-

              Comenta las largas y extenuantes discusiones sobre el esquema “De fontibus Revelationis”, dando noticia de cómo se propuso que Rahner junto con él redactaran un nuevo esbozo, que, sin embargo, no fue aceptado.

              Confiesa al respecto: “Trabajando con él, me di cuenta de que Rahner y yo, a pesar de estar de acuerdo en muchos puntos y en múltiples aspiraciones, vivíamos desde el punto de vista teológico en dos planetas diferentes...sus motivaciones eran muy diversas a las mías. Su teología - a pesar de las lecturas patrísticas de sus primeros años – estaba totalmente caracterizada por la tradición de la escolástica de Suárez y de su versión a la luz del idealismo alemán y de Heidegger. Era una teología especulativa y filosófica en la que, al fin y a la postre, Escritura y Padres no jugaban un papel importante y en la que la dimensión histórica era de escasa importancia”[14].

 

En la turbulenta Tübingen

 

Siguió su docencia en Münster, pero pasó a Tübingen en 1966, años en que asiste a un cambio de orientaciones, que se fueron de un extremo al otro. De un “existencialismo”, tipo Heidegger- Bultmann, se pasó “casi en el espacio de una noche” al esquema marxista. Ernst Bloch enseñaba en Tübingen, denigrando a Heidegger. Jürgen Moltmann  (Teología de la esperanza), teólogo protestante, repensaba la teología a partir de Bloch.

Palpó entonces Ratzinger hasta qué punto ”la destrucción de la teología, que tenía lugar a través de su politización en dirección al mesianismo marxista era incomparablemente más radical, justamente porque se basaba en la esperanza bíblica, pero la destrozaba porque conservaba el fervor religioso eliminando sin embargo a Dios y sustituyéndolo por la acción política del hombre. Queda la esperanza, pero el puesto de Dios es reemplazado por el partido y por tanto, el totalitarismo de un culto ateo que está dispuesto a sacrificar toda la humanidad a su falso dios”[15].

La descripción de sus sufrimientos morales en tal etapa es verdaderamente dramática, hasta el punto que la situación lo llevó a tomar la decisión de alejarse de un clima tan conflictivo. En una entrevista concedida en 1985 al “New York Times”, declarará, acerca de tal época: “ Aprendí que es imposible discutir con el terror...y que una discusión se convierte en colaboración con el terror...Pienso que en aquellos años aprendí a ver dónde la discusión debe ser interrumpida, a fin de que no se transforme en mentira y dónde ha de comenzar  la resistencia, con el fin de salvaguardar la libertad”[16].

 

El postconcilio – Arzobispo de Munich – Cardenal

 

Los años de Regensburg coincidieron con una serie de acontecimientos determinantes. El primero fue la llamada a formar parte de la Pontificia Comisión Teológica Internacional.

Allí comprobó que muchos de sus colegas no veían con buenos ojos la marcha que fue tomando la interpretación y aplicación del Vaticano IIº. Ratzinger sentía lo mismo y señala a de Lubac, Philips, Delhaye y Jorge Medina (teólogo chileno y actual cardenal, que lo presentó como Papa al mundo) coincidían en esta apreciación. Sobre todo se detiene en la gran figura de Hans Urs von Balthasar. No olvidemos que por esa época Y. Congar editó su obra: Au milieu des orages.

Enseguida del Concilio, los principales teólogos que participaron en él , publicaron la revista “Concilium”, cuyos trabajos se presentaban, casi, como la quintaesencia del Vaticano IIº. El propio Ratzinger se encontraba entre sus fundadores.

Pero, muy pronto “Concilium” se convirtió en tribuna de contestación teológica. Entonces, Ratzinger, junto con v. Balthasar y otros sacaron a la luz “Communio”.

A propósito de las ansias de más de uno por que se celebrase un nuevo concilio, Ratzinger narra la siguiente anécdota del Card. Julius Döpfner. Habiéndole alguien comentado que muchos veían la necesidad de un Vaticano IIIº, respondió el arzobispo de Munich: “Not in my lifetime!”. Es que estaba convencido de que las experiencias conciliares son interesantes sólo después de transcurrido largo tiempo y cuando están muy distanciados[17].

En esos tiempos turbulentos afianza su carisma de profundización en la doctrina de la fe. “Me sentía llamado a una vida de estudio y no había tenido nunca en mente nada distinto”[18]. Pero, el hombre propone y Dios dispone.

Así fue que en marzo de 1977 el nuncio le comunicó que Pablo VIº lo nombraba Arzobispo de Munich. Le costó muchos titubeos aceptar, reeditando las situaciones interiores conflictivas, que experimentara su maestro. S. Agustín. Dejándose llevar por el gran genio de Hipona, fotografía su estado de ánimo espiritual: “Había elegido la vida del hombre de estudio y Dios lo había destinado a hacer de «animal de carga» (“ut iumentum factus sum apud te et ego semper tecum” – Sal 72 / 73m 22- 23)...Sí, es cierto, me he convertido en un animal de tiro, una bestia de carga, pero precisamente de este modo estoy contigo, te sirvo, me tienes en tus manos”[19].

Fue nombrado Cardenal el 27 de junio de 1977.

Pero no se dejó atrapar por asuntos administrativos, sino que en su episcopado muniqués de sólo cuatro años y en los 24 sucesivos de su prefectura romana, nunca dejó de indagar y publicar obras profundas y de gran alcance doctrinal. 

 

Instrucciones sobre la Teología de la liberación

 

Las intervenciones de la Congregación, presidida por Ratzinger, que más resonancia alcanzaron, sobre todo en nuestro continente latinoamericano, fueron sin lugar a dudas “Libertatis nuntius” (1984) y “Libertatis conscientia” (1986).

Muchos le han reprochado su desconocimiento de América Latina.

Suponiendo, no concediendo, que así haya sido[20], no se ha de pasar por alto que muchas veces sucede que, quienes están más sumergidos a sus propios problemas, pierden horizonte y necesitan de otra visión, que les haga descubrir aspectos defectuosos o favorables no tenidos en cuenta a causa de  la misma inmediatez de su punto de vista.

Recordemos al profeta Amós. Era oriundo de Judá, pero tuvo que profetizar en el reino de Samaría, región que no conocía en su vida anterior. Así fue cómo también fue desestimado por el sacerdote Amasías, que le conminó a que  se “gane el pan en su país de origen” (Am 7,10 – 13). Pero Amós había puesto su dedo en más de una llaga del opulento dominio de los reyes Ozías y Jeroboam.

El “Martín Fierro” de José Hernández, despreciado por los círculos literarios bonaerenses, fue descubierto por....Miguel de Unamuno y Marcelino Menéndez y Pelayo, los grandes escritores españoles[21].

Sören Kierkegaard ...burlado por toda Copenhagen, hasta por su propio hermano, fue apreciado sólo muchos años después.

                        También levantó gran revuelo el Informe sobre la fe (1985), en el que, respondiendo a la entrevista del periodista Vittorio Messori, presentó una panorámica no muy halagadora de la situación confusa, en que se encontraba la Iglesia, no “a causa del Concilio”, sino “después del mismo” (post hoc, non propter hoc).

Las interpretaciones arbitrarias, que pululaban, hacían correr el riesgo de tergiversar profundamente los textos, bajo la pretendida invocación del “espíritu del Concilio”. Porque, si es verdad que “la letra mata y el Espíritu da vida” (II Cor 3, 6), no es menos cierto que un “espíritu” desligado de la letra, se presta para cualquier desvarío, como pasaba entre los “carismáticos” de Corinto: “Ya que Uds. ambicionan tanto los dones espirituales, procuren abundar en aquellos que sirven para edificación de la comunidad” (I Cor 14, 12), lejos de todo tipo de protagonismo, que ignore al bien común y a quienes lo custodian desde el magisterio auténtico de la Iglesia.

                        El reportaje pasó revista a temas como: La Iglesia (no “nuestra” sino  “suya”, de Cristo) – Catequesis – Moral –  La mujer – Liturgia – Ecumenismo – Liberación – Uno solo es el Salvador (casi un anuncio de “Dominus Jesus”).

                        Paso por alto los datos ya mencionados por el Pbro. Jaime Fuentes, acerca de los innegables beneficios aportados por el Catecismo de la Iglesia Católica (1992), que fuera tan apriorísticamente rechazado y que, pese a todo, se constituyó en un verdadero ”best – seller”.

                       

Iglesia universal y particular

 

                        Es muy rica la producción de Ratzinger respecto a la Iglesia de Cristo. No cabría en esta exposición dar cuenta de sus alcances.     

Sólo  aludiremos a un asunto importante en que la postura de Ratzinger es   relevante y discutida[22]. Se refiere a la prioridad o no, de la Iglesia universal sobre las particulares.

                        Nuestro teólogo sostiene, en este caso, que la Iglesia universal precede a las comunidades localizables en Corinto, Roma, etc. Porque, en el tiempo apostólico es sobre todo la figura misma del apóstol lo que queda fuera del principio local. El apóstol no es obispo de una comunidad, sino misionero de la iglesia entera. La figura del apóstol es la más contundente refutación de cualquier concepción de iglesia puramente local. En su persona se expresa la Iglesia universal: a ésta representa él, sin que ninguna Iglesia local pueda pretender tenerlo por sí sola. Pablo ejerció esta función de unidad mediante sus cartas y a través de una red de enviados. Estas cartas son la realización práctica del servicio católico de la unidad, que sólo se explica en virtud de la autoridad del apóstol que se extiende a la Iglesia universal Si observamos además las listas de saludos de las cartas, podemos verificar también que la sociedad antigua era móvil; encontramos a los amigos de Pablo ora aquí ora allá. Ser cristiano quería decir para ellos pertenecer a la única asamblea de Dios en formación, que ellos encontraban unida e idéntica en todos los lugares[23].

                        La Iglesia universal, pues, no nace de una suerte de confederación de comunidades locales, sino que, al revés, éstas van concretizando el plan de Jesucristo, que concibió y realizó “su iglesia”, dotada ya del dinamismo misionero, para expandirse por doquier y hasta el fin de los siglos.

                        Algunos han querido ridiculizar esta visión, comparándola con la imposible posición de viejos filósofos, que hablaban de un “universale a parte rei”, o sea, que “lo universal” no era el producto de la mente humana, que partiendo primero de lo individual, generalizaba después por medio de la abstracción, sino que se daban en la realidad (no sólo en la mente humana) los conceptos universales.

                        Olvida esta caricatura que, en los humanos, el proceso es ciertamente abstractivo, para llegar a las ideas, que constituyen la ciencia, aplicable, después en todas las latitudes y edades. Pero en Dios, creador y salvador, sus planes abarcadores de la historia son anteriores a su lenta realización en el mundo. La analogía habría que buscarla más bien en el padre y la madre respecto a sus muchos hijos individuales. Antes de que vengan al mundo, ya se da en los progenitores la potencia “universal”, respecto a las diferentes filiaciones que producirá su amor mutuo.

                        Los “localismos” tienen su derecho a la existencia en la Iglesia católica, con tal de que respeten lo común, anterior a la propia idiosincrasia, que viene del mismo Cristo, creador de la Iglesia. Así fue cómo Pablo, ante el excesivo individualismo de los cristianos de Corinto, les preguntaba: “¿Acaso la Palabra de Dios ha salido de ustedes o ustedes son los únicos que la han recibido?” (I Cor 14, 36).

                       

                        La Iglesia en el primer milenio

 

Otra de las tesis, que muchos suelen esgrimir, casi como reprochándole una contradicción a Ratzinger, es de orden ecuménico, sobre todo en referencia a las Iglesias separadas de Oriente[24].

                        En efecto, en un trabajo de 1976[25], había previsto Ratzinger, que no se podía pedir a las Iglesias  orientales más de lo que se había vivido en común con la Iglesia de Occidente durante el primer milenio, antes del cisma. Por lo cual, no tendrían que entrar en discusión evoluciones doctrinales “romanas”, como, por ejemplo, el primado pontificio, tal cual fue definido en el Concilio Vaticano Iº.

                        Muchos siguen ateniéndose a aquel punto de vista, sin darse por enterados de las puntualizaciones posteriores, aportadas por el mismo Ratzinger[26].

                        En efecto, el prefecto de la Congregación enfrentó  a estas tergiversaciones[27], sosteniendo:

                        “Tanto más raro me pareció...que la revista católica de ecumenismo «Irénikon», opinara en un editorial, que tenía que dirigir serios reproches a la Congregación de la Fe, porque en sus análisis de los documentos de consenso[28], había incluido definiciones, que aparecieron en la Iglesia Católica después de la separación.

                        «Irénikon» habla de una penosa impresión, que ha despertado la Congregación, agregando críticamente: «Si esta actitud tiene ya sus consecuencias en el diálogo con los anglicanos, se puede uno imaginar el callejón sin salida, a donde ha de conducir, en caso de intentar la recomposición de la comunión canónica y sacramental con los ortodoxos»[29].

                        Aquí – replica Ratzinger – parece que se desarrolla una especie de dogma ecuménico, que de alguna manera tiene que ser tomado en cuenta.

                        En el punto de partida se afirma que la Iglesia Católica no puede en modo alguno acudir a los dogmas del segundo milenio para la comunión con los ortodoxos. Con ello se presupondría que las iglesias orientales permanecieron en la tradición del primer milenio, lo cual, como tal es legítimo y, bien entendido, no contiene contradicción alguna respecto al desarrollo posterior, que, por cierto, despliega aquello que también estaba ya dispuesto en el tiempo de la Iglesia indivisa. Semejantes intentos de pensamiento, en los cuales también yo he participado[30], han evolucionado, entretanto, hacia la opinión de que los Concilios y decisiones dogmáticas del 2º milenio no deban ser vistos como ecuménicos, sino como desarrollos particulares de la Iglesia Latina, que serían su «patrimonio específico» en el sentido de “our two traditions”. Pero así, el primitivo intento de pensamiento se ha cambiado en una tesis totalmente nueva y de grandes consecuencias. Porque semejante concepción significa que, de hecho, la existencia de la Iglesia universal ha sido negada y que la Tradición, en cuanto grandeza viviente que transmite la verdad, se quedó congelada al pasar al 2º milenio. Pero con ello se atenta al concepto de Iglesia y de Tradición en su núcleo, porque en último término el concepto de lo antiguo diluye la potestad apostólica de la Iglesia que, en tal caso, se queda sin voz alguna para el presente[31].

                        Además, frente a tal representación habría que preguntar, con qué derecho pueden ser obligadas por tales declaraciones las conciencias de una Iglesia parcial, como lo es la «latina». Lo que se presentó como verdad, debería ser cualificado como simple costumbre. Aquello que se tenía hasta el presente como expresión de la verdad, (según tales posturas) debería ser descalificado ahora como abuso.

                        Todo esto significa que aquí una tesis de amplios alcances, pero no reflexionada en sus fundamentaciones y sus consecuencias, se alza como axioma, que se da por supuesto y que, quien no lo tenga en cuenta, ha de ser tachado con una censura sin misericordia. Pero justamente la evidencia, con la que «Irénikon» pensó aquí, que debía dirigir su censura a la Congregación de la Fe, debe ser rechazada con toda decisión...

                        Esto incluye la pregunta, sobre hasta qué punto las decisiones del tiempo de la separación, en su forma de expresión y forma de pensamiento están signadas por cierto particularismo, que es prescindible, sin destruir lo auténtico de lo que se dice. Porque la hermenéutica no es un  truco para liberarse de pesadas autoridades, alegando su infuncionalidad (como, a la verdad,  se dice a veces abusivamente), sino hacer presente a la palabra en su comprensión, que, a la vez, descubre nuevas posibilidades de esta palabra.

                        Diálogo ecuménico no significa abandono de la viviente verdad cristiana, sino ir adelante por medio de la hermenéutica de la unidad. Abandonar, poner entre paréntesis significa, reducirse artificialmente a un pasado que no es reproducible otra vez; significa reducir la tradición a lo pasado. Pero esto quiere decir que el ecumenismo es trasladado a un mundo artificial y se avanza más en la particularización, en cuanto se da libertad sólo a lo propio. Esto viene a ser, una vez más, que mientras (el uso de decisiones del 2º milenio) es visto como no apto para el diálogo, sin embargo, por otra parte, se quiere permanecer en ese uso, fuera del ámbito de la verdad, rebajándolo de la mera costumbre, con lo cual  surge finalmente la pregunta de si se trata propiamente de la verdad o sólo de un equilibrio de costumbres y un método para su tolerabilidad .En todo caso, se debe resistir al axioma, según el cual, no se debería considerar como «el Nivel del diálogo» la inclusión de decisiones dogmáticas del tiempo posterior a las divisiones y tenerlo como una huida a lo artificial, que se ha de rechazar  decididamente”[32].

                        Se puede apreciar por esta discusión, hasta qué punto el ecumenismo, según Ratzinger y todo el que piense en lo que está en juego, ha de alejarse de un mero intercambio de cortesías, llegando hasta limar las propias posturas de otrora, a favor de la verdad, por exigente y, a veces poco simpático que ello aparezca.[33].

  

La Declaración “Dominus Jesus”

 

                        Después del trascendental pedido de perdón y purificación de la memoria, respecto a los pecados de la Iglesia, realizado por Juan Pablo IIº, a comienzos del Jubileo del 2000, muchos sintieron como una gran incoherencia la declaración “Dominus Jesus”, sobre la unicidad de Cristo en el diálogo con las religiones.

                        El propio Juan Pablo IIº tuvo que salir expresamente a explicar, que no había incompatibilidad alguna entre ambos actos.

                        Por de pronto, no se ha de perder de vista, que, por pecador que sea un individuo o comunidad, el hecho no equivale a que todas sus acciones y principios se vean afectados de pecaminosidad. El propio Pablo se reconoce gran prevaricador, lo cual no le impide presentar a Jesucristo como salvador de todos en el mundo(no sólo de un grupo selecto): “Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores y yo soy el peor de ellos. Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia, poniéndome como ejemplo de los que van a creer en él para alcanzar la Vida eterna” ( I Tim 3, 15 – 16. Ver: I Cor 15, 8 – 10; Gal 2, 13 – 16; Ef 3, 8).   

Es que muchos teólogos [34]estaban desdibujando la urgencia de la misión universal de la Iglesia, en pro de un falso ecumenismo, sincretismo e indiferentismo religioso.

                        Había que aclarar que no era por altivez o desdén respecto a seculares formas de acercamiento a lo divino, que la Iglesia Católica proclamaba ante todos, la única salvación aportada por Cristo. No fueron los cristianos quienes, por mejores méritos o mayor lucidez intelectual, descubrieron esa legítima pretensión, sino que la recibieron gratuitamente, por divina revelación. Y, si es verdad que la inmensidad de Dios no puede ser agotada, ni siquiera por la limitada humanidad de Cristo, el hecho es que el mismo Señor de la historia ha determinado que, en su Hijo encarnado, se condensaran todos los tesoros de su misericordia, como lo presenta egregiamente el prólogo de la Carta los Hebreos (1, 1 – 2).

 

                        “¡Ay de Uds. cuando todos los elogien!” (Lc 6, 26).

 

                        El teólogo Ratzinger nunca buscó el aplauso, sino servir a la verdad. En todos estos actos, a los que pasamos brevísimente revista, que levantaron encendidos reparos, aún de teólogos con mucha prensa,  cumplía él la consigna, que expresó al asumir el episcopado, al fin del año 1979:

                        “El magisterio eclesial protege la fe de los simples, de aquellos que no escriben libros, que no hablan en televisión y no pueden escribir editoriales en los diarios; ésta es su tarea democrática. El debe dar voz a quienes no la tienen”[35].

                        Así también lo sintió el Card. George Cottier, quien, sintetizando sus largos años de arduo trabajo junto a Ratzinger, en calidad de secretario de la Comisión Teológica Internacional, después de la elección de Benedicto XVI, puntualizaba lo siguiente:

                        “Cuando en su homilía para la Misa de comienzo del pontificado, dijo que su programa no será la afirmación de sus propias ideas, sino la docilidad a la inspiración de Jesús y su Evangelio, el Papa Benedicto XVI se presenta como un vir ecclesiasticus, un hombre de Iglesia. Siempre ha tenido presente que un teólogo católico hace teología no a título personal, sino como hijo de la Iglesia. Así ha vivido su actividad de teólogo. En plena humildad, sin ceder a la tentación de la soberbia que, con frecuencia, hace de la profesión del teólogo un riesgo, un oficio peligroso.

                        Pienso  también que Dios lo ha preparado a su cargo actual, porque el Papa Ratzinger no sólo ha sido el gran teólogo que es, sino que el largo período vivido como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, le ha garantizado una experiencia de la vida de la Iglesia de vasto horizonte, en el contacto continuo con tantos obispos.

                        Es un Papa que tiene una visión verdaderamente complexiva de los problemas. Los grandes problemas son ahora globales, tocan a toda la humanidad y desde su observatorio, desde su meditación, desde su oración, el cardenal Ratzinger ha sido preparado para afrontar todo esto”[36].

Por fin, no ha hecho otra cosa que seguir el ejemplo de S. Pablo, cuando escribía a sus tesalonicenses:

“Uds. saben, - y Dios es testigo de ello – que nunca hemos tenido palabras de adulación, ni hemos buscado pretexto para ganar dinero. Tampoco hemos ambicionado el reconocimiento de los hombres ni de Uds. ni de nadie, si bien como Apóstoles de Cristo, teníamos el derecho de hacernos valer” (I Tes 2, 5- 6).

 

 

 

                                    Miguel Antonio Barriola – Montevideo, 30 – XI – 05

                       

 

 

                                 


 

[1] Se aclara, que a la disertación tenida en el Municipio de Montevideo el 30 / XI / 05, se han agregado algunas consideraciones, sobre todo en materia eclesiologica.

[2] “Le Cardinal de Lubac parle”, reportaje aparecido en: La France Catholique, Nº 2013, 19 – VII – 1985- 16.

[3] J. Ratzinger, Mi Vida – Recuerdos (1927 – 1977) , Madrid (1977) 55.

[4] Ibid. , 56.

[5] Ibid.

[6] Ibid. , 67.

[7] “La opción tomista, en el punto de partida, no reposa sobre la autoridad, en cuanto tal, del Aquinate, sino sobre su pensamiento teológico, que el autor acoge, repensándolo críticamente. Lo que caracteriza a una teología así situada, es ante todo la síntesis entre conocimiento histórico y reflexión filosófica. Pero también la conjunción de la enseñanza de la Iglesia con la reflexión crítica, de la teoría y la práctica...

Quien se deje guiar por el Padre Nicolas percibirá que la eclesialidad de la teología, si es auténtica, no impide para nada el vigor y la apertura del pensamiento. Al contrario, lo pone en profundo acuerdo con los grandes pensadores de todos los siglos, sin lo cual se cae en el aislamiento individualista y finalmente en el escepticismo, la carencia de verdad” (Cardinal Joseph Ratzinger, “Préface” a: Jean – Hervé Nicolas OP , Synthése dogmatique – De la Trinité à la Trinité , Fribourg – 1986 – V –VI).

[8] Ibid.

[9] Ibid.

[10] Su tesis fue: Pueblo y Casa de Dios en la Doctrina de la Iglesia de S. Agustín (1953).

[11] Obtuvo la libre docencia con un trabajo acerca de: La Teología de la Historia en San Buenaventura (1957).

[12] Mi Vida , 883.

[13] Ibid. , 94.

[14] Ibid. , 104 – 105.

[15] Ibid. , 114.

[16] Citado por: A. Tornielli, Ratzinger – Custode della fede , Casale Monferrato (2002) 56.

    Gran coincidencia de prudencia práctica con Sto, Tomás de Aquino: “Qui errat circa principia impersuasibilis est” (Summa Theologiae I – II , 71). De donde también se sigue la recíproca: quien yerra sobre los principios jamás podrá convencer a los demás; porque, o se atiene a una regla común de conversación teológica ( y racional) o tácitamente estará ejerciendo un imperialismo intelectual, pretendiendo que todos canten a su compás.

[17] Ver: Cardenal Joseph Ratzinger, La sal de la tierra – Cristianismo e Iglesia Católica ante el nuevo milenio – Una conversación con Peter Seewald , Madrid (1996) 274.

[18] Mi Vida , 127.

[19] Ibid. , 132.

[20] Porque el puesto tan central que ocupaba, al lado de Juan Pablo IIº, lo obligaba a conferenciar con los distintos episcopados latinoamericanos (y de todo el mundo). Confírmese lo dicho con el testimonio del Card. Cottier, que cerrará esta semblanza (pp.10 - 11).

[21] “Cuando apareció (la obra de J. Hernández), ningún diario de los 30 de Buenos Aires lo recordó, excepto el periódico LA PAMPA que le dedicó una noticia paupérrima. Cuando apareció la Segunda Parte, el silencio no podía mantenerse ante los 68.000 ejemplares ya vendidos y el entusiasmo del pueblo; y entonces los periódicos se dieron por enterados, diciendo en general que era un libro «chiistoso»; o sea confundiendo a Hermández con el petimetre Estanislao del Campo; o reduciendo todo el libro al episodio de Vizcacha.

Después desto vino el vituperio del héroe, «gaucho cornudo y malevo”, como dijo Sáenz y Quesada, que contagió incluso a Calixto Oyuela... Conforme a esto la intelligentzia liberal del país lo ignoraba o despreciaba; y fue necesario el golpetazo extranjero de Unamuno y Menéndez y Pelayo para despertarla...

Hoy la gran mayoría de la crítica se ha plegado a la unanimidad de la crítica laudatoria desencadenada en 1894 por Unamuno y Menéndez y Pelayo, respecto a la excelencia poética del poema” (L. Castellani, “Martín Fierro traicionado” en su obra: Lugones / Esencia del liberalismo / Nueva crítica literaria , Buenos Aires – 1976 – 548 – 549 y 552).

[22] Nada menos que por otros dos cardenales - teólogos alemanes, W. Kasper y K. Lehmann, que también ocupan cargos en la Curia Romana.

[23] Ver: J. Ratzinger, La Iglesia – Una comunidad siempre en camino , Madrid – l992 – 50.

[24] Así, algunos (nada menos que en artículos de la célebre revista ”Irénikon” – 55 / 1982 / ) contrastaban las observaciones hechas por la Congregación para la Doctrina de la fe a la ARCIC (Anglican – Roman Catholic International Commission ) a su documento de setiembre en 1981, con posturas del prefecto de la misma por aquel entonces, que parecían más abiertas.

[25] “Allgemeine Orientierung über den ökumenischen Disput um die Formalprizipien des Glaubens” (editado en: Theologische Prinzipienlehre – Bausteine zur Fundamentaltheologie , München – 1982 – 203 - 250).

[26] Quien, fiel discípulo de S. Agustín tendrá presente, por cierto, cómo el gran doctor latino, al fin de sus días redactó sus ”Retractationes”, revisando una por una sus obras, para corregir lo que había de erróneo o poco seguro. ¿No sería aconsejable un ejercicio similar a más de un publicista hodierno, apresuradp y en busca de sensacionalismo?

[27] “Probleme und Hoffnungen des anglikanisch -  katholischen Dialogs” en su obra: Kirche, Ökumene und Politik ,Einsiedeln – 1987 – 67 – 90)

 

[28] Se refiere a los resultados de la ARCIC de setiembe de1981. Ver arriba: nota 23.

[29] Cita a:  «Irénikon» 55 (1982) 161 y nota 162.

[30] Alude aquí a su trabajo, ya mencionado en la nota 24.

[31] Más adelante, en un epílogo, a este mismo artículo, al confrontarse con algunas críticas que recibió (de parte de Tillard y otros), advierte lo siguiente: “Christopher Hill, subraya que, en verdad, sería un sin sentido, si se quisiera suponer que la Iglesia del segundo milenio ha perdido su voz; igualmente constata él que la «Tradición» no puede consistir simplemente en trozos de tradición recibidos del pasado»” (“Probleme und Hoffnungen...87).

[32] J. Ratzinger, “Probleme und Hoffnungen...” 80 – 82.

[33] Por lo cual, si bien su libro está lleno de muy buen sentido católico, creemos que no se ha  enterado del alcance de la situación el periodista A. Tornielli, cuando afirma: “Esta «fórmula Ratzinger» (refiriéndose sólo a la propuesta de no utilizar desarrollos doctrinales posteriores al año mil) ha tenido amplia resonancia y recepción y ha llegado a ser fundamental para el diálogo ecuménico” . (Ratzinger , custode della fede , 132).

No avisa Tornielli sobre las importantes matizaciones que tuvo que aporta el mismo “custodio de la fe”.

[34] Entre los cuales J. Dupuis, jesuita belga, que desarrolló su  ministerio y docencia durante décadas en la India, llegando a ser decano de la Facultad de Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana,

[35] Citado por A. Tornielli, ibid. , 72.

[36] G. Cottier, “Camminava nella strada recitando il rosario col suo berretto”en: 30 Giorni , XXII - Nº 5

– 2005 – 40.