FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


Actas y Decretos del Concilio Plenario de la América Latina

celebrado en Roma en el año del Señor 1899

 

Título I - De la Fe y de la Iglesia Católica.

Capítulo IV - De la Fe y la Razón.

  1. El perpetuo acuerdo de la Iglesia Católica ha sostenido y sostiene que hay dos clases de cognición, distintas no sólo en su principio, sino también por su objeto: en su principio porque en una conocemos por la razón natural, y en otra por la fe divina; por su objeto, porque además de aquello que a la razón natural es dado alcanzar, se proponen a nuestra creencia misterios escondidos en Dios que, si no es por revelación divina, no pueden conocerse1.
  2. La razón, ilustrada por la fe, cuando hace sus investigaciones con diligencia, piedad y moderación, logra, por favor divino, una inteligencia, por cierto preciosísima, de los misterios, ya sea por la analogía con aquellas verdades que naturalmente conoce, ya sea por la relación que tienen los misterios entre sí y con el último fin del hombre, pero nunca llega a ser capaz de percibirlos del mismo modo que las verdades que forman el objeto suyo propio. Porque los divinos misterios, por su propia naturaleza, son a tal grado superiores a la inteligencia creada, que aun después de hecha la revelación y recibida la fe, permanecen cubiertos con el velo de la misma fe y envueltos en una especie de niebla mientras dura nuestra mortal peregrinación2.
  3. Por tanto, siendo evidente que tenemos que aceptar muchas verdades del orden sobrenatural, que superan con mucho la sutileza del mejor talento, la razón humana, conocedora de su propia flaqueza, no se atreva a lo que no puede, ni a negar, o medir por su propio tamaño, o interpretar a su antojo aquellas verdades; sino antes bien, acéptelas con fe plena y humilde, y venérelas profundamente, para que le sea dado, como a sierva y esclava, prestar sus servicios a las doctrinas celestes y alcanzarlas en cierta manera por beneficio del Señor3.
  4. Con justicia, pues, el Concilio Vaticano recuerda los inmensos beneficios que confiere la fe a la razón, diciendo: "La Fe libra y defiende de errores a la razón, y la instruye con muchísimos conocimientos." Así es que el hombre, si tiene juicio, no debe acusar a la fe de ser enemiga de la razón y de las verdades naturales, sino antes bien, tributar a Dios gracias rendidas, porque en medio de tantas causas de ignorancia, y entre las fluctuaciones de tantos errores, ha resplandecido la fe santísima, que a guisa de estrella polar, le señala sin temor de que yerre, el rumbo que ha de conducirlo al puerto de salvamento. En prueba de ello, aun los más sabios entre los antiguos filósofos, que carecieron del beneficio de la fe, erraron miserablemente en mil y mil cosas4.
  5. Por lo expuesto, aun cuando la fe sea superior a la razón, nunca puede haber disentimiento real entre la fe y la razón: puesto que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, es quien ha encendido en la mente del hombre la luz de la razón, y Dios jamás puede negarse a sí mismo, ni poner en contradicción la verdad con la verdad. Una vana apariencia de contradicción proviene principalmente o de que los dogmas de fe no se entienden ni exponen conforme a la mente de la Iglesia, o de que se toman por axiomas racionales las que son puras fábulas o suposiciones5.
  6. De aquí es que, si en nuestro siglo, vemos que no pocos tienen en menos o totalmente desechan las verdades reveladas porque juzgan que no pueden avenirse con los principios de las ciencias humanas o con los descubrimientos modernos, se verá por poco que se examine, que la causa de esta lamentable aberración consiste en que en nuestros días, cuanto mayor es el entusiasmo por las ciencias naturales, tanto mayor es la decadencia que se nota en el estudio profundo y severo de las ciencias morales. Algunas se han olvidado por completo; otras se saludan apenas con inconcebible ligereza, y lo que es verdaderamente indigno, ofuscado el brillo de su primitiva dignidad, se corrompen con depravadas sentencias y monstruosas opiniones6. "Por lo cual, dice el Concilio Vaticano7, no sólo se prohíbe a los fieles defender como legítimas conclusiones científicas las opiniones contrarias a la fe, sobre todo si ya las ha condenado la Iglesia, sino que se les manda expresamente el considerarlas como errores, que de verdad sólo tienen una falaz apariencia."
  7. Como no sólo no pueden nunca disentir entre sí la fe y la razón, sino que antes bien mutuamente se prestan auxilio8; por tanto, muy lejos de que el divino magisterio de la Iglesia ponga coto al afán de aprender, o al adelanto de las ciencias, o retarde en modo alguno el progreso de la civilización, por el contrario les suministra mayores luces y les sirve de segura salvaguardia. Antes bien, a la Iglesia se debe el inmenso beneficio de haber conservado los más insignes monumentos de la antigua sabiduría; de haber ensanchado los horizontes de las ciencias y de haber dado rienda suelta al vuelo de los ingenios, fomentando con ahinco esas mismas artes de que más se envanece la civilización de nuestro siglo9.
  8. Una sola cosa nos veda la Iglesia, y contra ella está en continua guardia, a saber, el que las artes y ciencias humanas, poniéndose en pugna con la divina doctrina, se manchen con errores, o que, saliéndose de su órbita, arrebaten y trastornen lo que pertenece a la fe. La doctrina de fe, que Dios ha revelado, no se propone a los hombres para que, a guisa de sistema filosófico, la vaya perfeccionando su ingenio; sino que ha sido entregada como divino depósito a la Esposa de Jesucristo, para que la guarde con fidelidad y la explique con criterio infalible10. No puede, pues, suceder que a los dogmas propuestos por la Iglesia, se haya de atribuir alguna vez, según el progreso de la ciencia, un sentido diverso de aquél que la misma Iglesia ha entendido y entiende11.
  9. Aunque en la doctrina de Cristo y de los Apóstoles, la verdad de la fe haya sido suficientemente explicada, no obstante, porque hombres malvados pervierten la doctrina apostólica y las demás enseñanzas y escrituras para su propia perdición, por lo mismo es necesario a veces la explicación de la fe12, o la definición explícita de algún dogma ya contenido en el depósito de la fe. De aquí es que puede admitirse el progreso en el conocimiento de la revelación; pero en el objeto mismo no puede haber aumento ni mutación siendo la doctrina de Cristo perfecta e indefectible. Por lo cual dice el Concilio Vaticano: "Crezca mucho, por tanto, y adelante en alto grado la inteligencia, la ciencia, la sabiduría tanto del individuo como de la sociedad, tanto de cada uno como de toda la Iglesia, a medida que pasan los siglos y las edades: pero sólo en su género, es decir en el mismo dogma, en el mismo sentido, en la misma sentencia."13 Todos los que de palabra o por escrito defienden los derechos de la divina sabiduría, en las escuelas o fuera de ellas, pero bajo la tutela de la Iglesia y con sujeción a los legítimos Pastores, recuerden aquel dicho de S. Buenaventura14: "Disputamos, no para creer mejor, sino para conservar íntegra la fe, pues al conocerla podremos precaver los errores, y de esta suerte perseverar en la unidad."

 

Notas:

  1. Concilio Vaticano I, Constitución Dei Filius.
  2. Concilio Vaticano I, Constitución Dei Filius.
  3. Papa León XIII, Encíclica Aeterni Patris, 4/08/1879.
  4. Papa León XIII, Encíclica Aeterni Patris, 4/08/1879.
  5. Concilio Vaticano I, Constitución Dei Filius.
  6. Papa León XIII, Orat. Pergratus Nobis, 7/03/1880.
  7. Concilio Vaticano I, Constitución Dei Filius.
  8. Concilio Vaticano I, Constitución Dei Filius.
  9. Papa León XIII, Encíclica Libertas praestantissimum, 20/06/1888.
  10. Concilio Vaticano I, Constitución Dei Filius.
  11. Concilio Vaticano I, Constitución Dei Filius.
  12. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II q. 1 a. 10.
  13. Concilio Vaticano I, Constitución Dei Filius.
  14. San Buenaventura, Sententiarum lib. 4 d. 10 p. 2 a. 2 q. 1.

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